Carlos Menem se mantuvo en el poder los últimos años de su segunda presidencia con porcentajes de aceptación parecidos o inferiores a los que hoy exhibe Cristina Kirchner. Lo dramático de la situación de la actual jefa del Estado es la velocidad de su caída en los primeros cinco meses de gestión.

La imagen positiva de la primera mandataria, según los últimos datos de la consultora Poliarquía que se informan por separado, pasó del 56 por ciento en enero último al 26 por ciento en el mes en curso. Paralelamente, su imagen negativa creció desde alrededor del 15 hasta el 34 por ciento en igual período.

Si se analiza la gestión de la Presidenta, la tendencia también es negativa. La aprobación de su gobierno cayó del 64 al 38 por ciento desde principios de año y su desaprobación llega actualmente al 57 por ciento.

Los especialistas en opinión pública coinciden en que el humor social hacia el Gobierno cambió de la mano de la percepción de una mayor inflación y del conflicto con el campo.

Es obvio, entonces, que para remontar la cuesta, el gobierno de Cristina Kirchner deberá llegar a un acuerdo con los productores agropecuarios e idear un remedio eficaz contra la inflación.

Otra cuestión necesaria pasará por sincerar las estadísticas públicas. No hacen falta mayores conocimientos de economía para advertir las diferencias entre el costo de vida real y las cifras oficiales. Contradecir el sentido común, además de un rasgo de autoritarismo, termina irritando a la opinión pública y desacreditando a las autoridades.

Hubo una consecuencia igualmente grave de la acción de ocultamiento de la inflación real debajo de la alfombra oficial. El remedio de romper el termómetro para disimular la fiebre inflacionaria fue peor que la enfermedad, pues al no existir parámetros confiables sobre el verdadero incremento del costo de vida, los distintos agentes económicos han buscado cubrirse de cualquier forma. Algunos empresarios remarcaron precios en función de índices imaginarios, probablemente mayores que los reales. Y del mismo modo están actuando algunos sindicalistas frente a la negociación salarial.

El objetivo de manipular los índices era disminuir las expectativas inflacionarias, pero el Gobierno logró el efecto contrario.

No hay una erosión del poder, como le sucedió a Fernando de la Rúa. Sí, una crisis de confianza.

La recuperación de este elemento tan vital, entre otras cosas, requerirá urgentes cambios en la forma en que la Presidenta se comunica, según el diagnóstico de analistas de opinión pública. Para el sociólogo Eduardo Fidanza, director de Poliarquía, el discurso de la Presidenta es crispado y trasluce soberbia. "Siempre parece enojada y habla casi todos los días con el mismo tono", consideró. Y eso erosiona la confianza.

¿Pueden esperarse cambios en este aspecto? No serán fáciles. El temperamento de un gobernante es una de las cuestiones más difíciles de modificar. Sobre todo en quienes están acostumbrados a gobernar en posición hegemónica y que todavía recuerdan otros tiempos patagónicos en los cuales podían manejar a actores políticos y sociales, y a la propia prensa.

Una dificultad adicional pasa, justamente, por el relato de los medios de comunicación. Estamos ante un Gobierno que, aun cuando comprenda que debe hacer cambios, a veces se resiste a ello por el temor a que la prensa los presente como una señal de debilidad.

Tal vez por esta razón, en medio de un conflicto no resuelto con el campo, no haya que esperar en lo inmediato cambios de gabinete que ya se escuchan en los pasillos del poder, aunque éstos podrían llegar cuando retorne la calma.

Un último interrogante pasa por la impresión que Néstor Kirchner pueda tener de la presente crisis de confianza en el Gobierno. Especialmente, si se advierte que su propia imagen positiva personal no ha sufrido el desgaste que sí experimentó su esposa. El paso del ex presidente a un segundo plano en términos de exposición pública parece indicar que ha hecho una correcta lectura de las encuestas.