Así, el país enfrenta un futuro incierto, donde hay una suerte de argentinos "malos", que tratan de impedir el mejoramiento en las condiciones de vida y otros, "buenos", víctimas de los primeros. Como torrente de agua, el maniqueísmo se desparrama por el país sin que nos atrevamos a poner paños fríos.

Es obvio que las condiciones externas han despertado la codicia de muchos, sobre todo de las autoridades que, en este contexto, prefieren distribuir ingresos con mecanismos alejados del mercado, para elevar el nivel de recursos del fisco. Es hora de tomar distancia. De sosegar los ánimos. Y de no caer en la trampa maquiavélica que el pasado muestra reiteradamente. Quienes se saben perjudicados por las políticas económicas discrecionales deben mantener la serena firmeza de los estrategas.

Todos, absolutamente todos los agentes de la cadena agroindustrial, con criterio solidariamente estratégico, tienen que bregar para que la sociedad comprenda su importancia en el crecimiento económico. Se trata de erradicar resabios ideológicos fundados más en prejuicios que en razones válidas. La estrategia debe basarse en el buen aprendizaje de la sociedad respecto a lo que implica la cadena de valor.

Los agentes de la cadena no siempre recuerdan que vale tanto la inversión física como la virtual, es decir, aquella dedicada a concientizar a la sociedad sobre la fuerza del motor agroindustrial. Y por más que han sucedido avances, esta comunicación es una asignatura pendiente todavía. Por décadas, la falta de una perspicaz comunicación ha tapado una imagen de la realidad que conmueva a la sociedad. Una imagen que penetre por la venas del conjunto social. Quizás, hoy, aprendan cuán gravitante es esta inversión.

La Argentina presenta un cuadro de debilidad institucional que se manifiesta en un terreno, más próximo a la arena movediza que al hormigón. Edward C. Prescott y Finn E. Kydland obtuvieron un premio Nobel, en el año 2004, por sus estudios respecto de la necesidad de políticas económicas que hagan de las reglas fijas un baluarte. Estos economistas se oponen enfáticamente a las políticas discrecionales. Y ponen de manifiesto cómo las expectativas y la confianza en el Estado afectan las decisiones económicas. En particular, destacan la "fortaleza de las instituciones". Tal fortaleza está correlacionada con el respeto a los derechos de propiedad, la seguridad jurídica y la estabilidad en las reglas de juego.

El país todo sufre un duro conflicto. En este cuadro, no es cuestión de tomar al Gobierno como al enemigo. Es necesario involucrarlo, dentro de un claro ejercicio de empatía, en la interacción mutua.

Es imprescindible inducirlo a entender que éste no es un juego de suma cero. Por el contrario, es de suma positiva, en un contexto internacional de enormes posibilidades. Acá está la clave: que entendamos todos que las instituciones permanentes y afianzadas hacen a la buena convivencia de los que mueven la economía, Gobierno incluido. No se trata de arriar las banderas. Se trata de levantar las banderas comunes, las que representan auténticamente a los intereses generales.

Es probable que 2008 represente un tiempo de quiebre cultural para una sociedad más bien apática sobre el devenir de su actividad agroeconómica, que permita tomar conciencia sobre el peso de la industria agraria y de cuánto afecta la vida de la gente. La del campo como de la ciudad. Esta es una visión positiva sobre el mal momento que estamos pasando.

El autor es profesor de Sistema Agroindustrial de la UCA