Durante el mes largo de tregua que concluyó anteayer, los dirigentes agropecuarios elaboraron un programa con el propósito de evitar tres riesgos: quedar enfrentados con el resto de la sociedad, ser reprimidos por las fuerzas de seguridad y dividirse por el resquebrajamiento de su vínculo con los líderes provinciales.
El conflicto agropecuario no es sólo la disputa entre el Gobierno y una amplia franja de contribuyentes por la apropiación de los recursos de una actividad productiva. Es, además, el choque entre dos modos de discutir estrategias, comunicar ideas, tomar decisiones. En este sentido, las diferencias son tan importantes que es probable que el triunfo de un sector sobre otro -si algún día se lo pudiera percibir con nitidez- sea, también, el triunfo de un método.
Mientras la disputa se prolongaba, los dirigentes agropecuarios fortalecieron su posición con recursos intelectuales y políticos. Un objetivo importante fue su cohesión como bloque. "Puede parecer insignificante, pero hace 60 días que hombres de distintas procedencias vivimos juntos y nos hicimos amigos. Diferencias clásicas se saldan hoy con una broma: «Otra vez vos con eso »", explicó el titular de una de las entidades.
Esa camaradería es menos espontánea de lo que sugiere el testimonio. Los ruralistas han contratado el asesoramiento de varias consultoras, entre ellas una francesa, especializada en la organización de huelgas. La primera lección de estos expertos es jamás exponer en público disidencias internas. Tal vez el Gobierno deba hojear los apuntes de esa clase: el conflicto con el campo ha desnudado diferencias conceptuales cada vez más agudas en el seno del gabinete. Alberto Fernández debió soportar la desautorización burlona de su "subordinado" Guillermo Moreno durante todas las reuniones con el agro. Si lo toleró es porque el esmeril se lo aplicaba, en verdad, Néstor Kirchner.
La última orden que recibió del ex presidente fue la de desmentir su autocrítica sobre las retenciones móviles. Tuvo razón Kirchner en enojarse: no es bueno reconocer un error delante del adversario, sobre todo si no se está en condiciones de corregirlo.
Otra diferencia entre los contrincantes es la convalidación de las decisiones en el respectivo frente interno. La conducción rural adoptó la metodología de entidades conexas que, hasta este conflicto, habían sido ajenas a la actividad gremial. La más importante es Aacrea, una red de empresarios agropecuarios que, con un modus operandi inspirado en la dinámica de grupos, se asisten unos a otros para mejorar la rentabilidad de sus establecimientos.
Existen 192 Grupos CREA con 1800 socios que participan de las resoluciones colectivas con consultas permanentes entre la base y la cúpula. Su método domina hoy la relación de la comisión de enlace de las cuatro entidades con sus afiliados y con los autoconvocados. "Consultar es obligatorio. Si quisiéramos imponer un criterio, nos caeríamos", confiesa un directivo de la Sociedad Rural.
El Gobierno ensaya la estrategia contraria: su única instancia de decisión es Kirchner. Por eso cada vez más dirigentes peronistas se excusan de defender al Gobierno y arguyen la obediencia debida frente a decisiones a menudo incomprensibles. Primeros en esta fila están los líderes de provincias agropecuarias que lloran en los hoteles porteños por el deterioro político que les provocan resoluciones que los impactan pero en cuya formulación no intervienen.
Gobernadores y legisladores son la base del Gobierno que la dirigencia
agropecuaria se propone quebrar. La presión comenzará hoy en el Chaco, donde se
realizará una asamblea y se le pedirá una audiencia al gobernador para la semana
próxima. En algunos casos la movilización es innecesaria: Juan Schiaretti
recibirá al campo en Córdoba el lunes. También los legisladores, nacionales y de
las provincias del Centro, atenderán los reclamos. El acoso a los gobernadores
pretende también llevar el conflicto a las ciudades y sacarlo de las rutas. Es
decir: sustituir a la Gendarmería por las policías provinciales como agentes de
una eventual represión.
El otro cerco sobre el Esado es fiscal. En el interior se ha roto la cadena de pagos y las cuentas provinciales se deterioran. Además, los ruralistas especulan con demorar la venta de la cosecha para frenar las exportaciones e impedir que el gobierno nacional pueda cobrar las retenciones. Saben que el Tesoro necesita 3000 millones de dólares adicionales para importar combustible y evitar un colapso en la generación eléctrica. Kirchner, que no quería enfriar la economía, lo está consiguiendo de la manera menos sofisticada.
El modo de comunicar es otra diferencia relevante. Tal vez al esposo de la Presidenta no se le ocurrió la idea más inteligente al abrir frente mediático, centrado en Clarín , mientras libra la guerra agropecuaria. Pero el gremialismo rural se propone sacar otra ventaja a "la construcción del relato", como repite Cristina Kirchner. Acusado tantas veces de arcaico y cansino, ha asimilado en este conflicto la modernización que se produjo en los últimos 20 años en la actividad a la que representa, donde el salto de productividad sería inexplicable sin una formidable incorporación de conocimiento y organización.
Inspiradas en la agrupación de productores de siembra directa, se divulgarán algunas consignas como "Menos producción=menos oferta=más inflación", o la cita del premio Nobel Norman Borlaug: "Los países pobres no necesitan comida barata para comer, sino comida cara para vender". Habrá, además, publicidades con más picardía: los camioneros que se propongan romper piquetes recibirán folletos con imágenes satelitales de las estancias que se le atribuyen a Hugo Moyano en Buenos Aires, La Pampa y Santa Fe. Una forma de despertarles, si no sensibilidad ante los reclamos, solidaridad con el jefe.