La codicia se despierta cuando una persona o grupo de personas advierte que existe riqueza disponible y que, con un acto, puede apropiarse de ella, en desmedro de otros.
El poder atiza la codicia y ésta, a su vez, tienta a incrementar el poder.

Desde mediados del año pasado, los precios de los granos y de los commodities en general, en el plano internacional, comenzaron un recorrido ascendente. La riqueza empezó, así, a hacerse evidente.

Y ella despertó la codicia gubernamental. La codicia le indicaba que muchos de los problemas derivados de una ineficiente administración del gasto público podrían ser resueltos. En suma, la fácil estaba allí, a la vista.

Esta tendencia a tomar recursos de los que producen, es decir a quitar buena parte de lo que éstos facturan, es algo que viene desde hace unos años, concretamente, desde los tiempos de Duhalde.

Pero, ahora, se ha hecho carne en el gobierno y se ha acentuado hasta un punto inimaginable hasta hace poco tiempo.
Con esta forma de hacerse de fondos se profundiza el sistema reparto, ciertamente perverso, de la coparticipación federal a favor del poder central y en desmedro de las provincias, que permite al primero distribuir favores, premios y castigos.

Y al mismo tiempo, sirve para hacer creer que el gobierno es “bueno” pues pretende con esta estrategia impositiva, y en abierto desafío al artículo 75 de la Constitución, redistribuir ingresos a favor de los más necesitados, cuando en realidad ella básicamente busca satisfacer la codicia del gobernante con el fin de incrementar su poder y de financiar los problemas derivados de una administración ineficiente. Todo esto a la vista de un Congreso que, en gran parte, queda al margen al de las decisiones y, así, asiste al espectáculo de su propia denigración como si estuviese en el cine.

Mientras tanto, los gobiernos de las provincias en silencio dejan que sus recursos se extraigan y así pasan a ser tan sólo testigos del despojo.
Más altas son las retenciones, menos podrán recibir las provincias porque menor serán las ganancias y por ende más bajos serán los niveles por impuestos. Algo similar sucede con los impuestos inmobiliarios.

A su vez, los recursos que deberían estar en manos de los empresarios rurales desaparecen del circuito productivo y por ende la inversión enflaquece y se hace puramente coyuntural. Así el interior queda más débil.

En este cuadro se va advirtiendo la polarización de la sociedad. La visión es la de un “bueno” que pretende doblegar los ilimitados deseos de ganar de unos “malos”, que son los que se oponen al gobierno.

Una muestra: un ministro de la Nación acaba de culpar a los productores agropecuarios de los incendios que afectan al Delta. Sin juicio, ni meditación previa.
Es más sencillo disparar acusaciones que hacer autocrítica. Y es más útil, para la máquina de poder, polarizar la sociedad.

En tanto, el país pierde fenomenales oportunidades. Ahora, por ejemplo, Brasil está por quedar en la oscuridad.
Ahora Brasil, lógicamente, quiere aumentar la producción de trigo dada la interrupción de las importaciones provenientes la Argentina.

Brasil produce casi 4 millones de toneladas de trigo y consume más de 10 millones de toneladas anuales. Cerca del 80% de sus importaciones procedían de la Argentina.
Por ello, Brasil estudia aumentar la cuota de importación de países extra Mercosur libre de impuestos.

Así el país asiste impávido a la pérdida de mercados.