El ex presidente se ”peleó“ con el Fondo Monetario Internacional (FMI), con los bonistas defaulteados, con los militares y también con la Iglesia. Fue único, nadie había peleado con tantos y con tan buenos resultados.
El Fondo es el organismo internacional que sólo en Brasil tiene ”más enemigos públicos“ que en la Argentina. Por eso, ”pelearse con el FMI“, fue políticamente correcto.
Los bonistas defaulteados y que luego no entraron al canje fueron preso, en su mayoría, de una típica reacción argentina. Es decir, si compraron bonos a tasas altísimas, si no cobran que no se quejen, y menos si no quieren aceptar una quita de lo adeudado.
Ese tipo de lógica tiene también un argumento científico: la base es el
famoso riesgo país, que no es otra cosa que un indicador de riesgo soberano que
mide la posibilidad o no que tiene un Estado de hacer frente a los pagos de su
deuda. La otra lógica, la que también figura en los manuales de economía, es la
de pagar lo que se debe. De todos modos, para Kirchner ”pelearse con los
bonistas“ también fue políticamente correcto. De hecho, para la sociedad
argentina era entendible que antes de pagarle a los ahorristas de Primer Mundo
se privilegie, entre otros, al 50% de los argentinos que estaban bajo la línea
de pobreza y a los miles de desocupados que tenía el país por aquellos años.
Con los militares pasó algo parecido. Nadie, más o menos racional, puede defender que desde el Estado se dirijan centros clandestinos de detención, se torture, se mate o se robe. Es decir, también en este caso, ”pelearse con los militares en el año 2.000 con todo lo que eso implica“, estuvo bien visto por la gran mayoría de la población.
Con la Iglesia la puja no pasó a mayores. Es cierto que si bien la Argentina es un país católico, la sociedad no desconoce ni perdona el papel de un sector de la Iglesia durante la última dictadura. Por eso, ”pelearse con esa parte de la Iglesia“ tampoco hizo decaer la imagen de Kirchner.
Pero Kirchner aunque tenga poder, no está en el Gobierno. Ahora es el turno de Cristina, presidenta que los votos legitimaron con una amplia mayoría. Sin embargo, Cristina no tiene la suerte de Néstor. A ella no le tocó pelear con el FMI, ni con los bonistas, tampoco con los militares o la Iglesia. Cristina eligió, porque al fin y al cabo hizo eso, pelearse con el campo.
Y la lógica chacarera es distinta a la de todos los con los que se peleó
Kirchner También es distinta a la del burgués previsible de clase media, o clase
media alta, que puede golpear una cacerola disgustado por el corralito o por un
discurso presidencial que considera soberbio, pero que se asusta si aparecen los
piqueteros de D’Elía.
Los chacareros, que no piensan en dólares sino en quintales, se pueden ”bancar“ climas adversos que le hagan perder la cosecha; valores internacionales bajos de los cereales; o rindes mínimos. Todo eso entra en la lógica de los hombres de campo. Pero son los mismos hombres, que en su gran mayoría, están dispuestos a matar si algún intruso se atreve a pasar la tranquera para ”robarse unos choclos“. No cuesta imaginar, entonces, la furia en contra de un Gobierno, que decide con un solo impuesto quietarle la mitad de la renta.
Para colmo, la gran mayoría de los chacareros está muy lejos de ser un oligarca, no tiene doble apellido o se llama Grobocopatel. El chacarero común ya casi no vive en el campo, pero está muy alejado de vivir en Barrio Norte. No piensa en comprar ”ropa de marca“, y tampoco en pasar unos días en Miami. A lo sumo viajará a Europa una vez en su vida con el único objetivo de volver a pisar la tierra de sus ancestros. El chacarero quiere la plata para cambiar la ”chata“, comprarse un tractor o ahorrar para comprar más campo.
La universidad y los libros indican lo que se debe hacer, pero la calle tiene otros códigos, y conocerlos es imprescindible para saber cual es el rival y anticipar el resultado de la pelea. Es que lo que no entendió el Gobierno es que en el campo no le temen a Cristina, ni a Hugo Moyano, pero menos al ministro Martín Lousteau, el mismo que dio la cara para dar marcha atrás con las retenciones.