El paro agropecuario puso en debate público y a consideración de la sociedad
mucho más de lo que pretendía. Instalada como una disputa que arrancó por la
oposición a una medida de política fiscal, la protesta abrió el juego al
análisis sobre la rentabilidad del sector, la diversidad de su estructura
interna y los actores económicos que participan de la actividad. Pero además,
puso una lupa sobre el Estado y el manejo de los fondos públicos en una sociedad
que sigue fragmentada. Así, los argentinos durante dos semanas se animaron a
opinar e indagar sobre temas que hasta hace poco estaban escondidos detrás de
los verdes campos de soja o del abultado superávit.
Al calor de consignas radicales como “este es un paro de la abundancia” o “la
expresión de la oligarquía”, también surgieron otras que hablaban de “voracidad
fiscal” o “confiscación” , que expresaron el duro enfrentamiento entre el
gobierno y el campo. Pero en el medio, la sociedad se animó a cuestionar cuánto
gana un productor o qué hace el gobierno con la plata de las retenciones e
incluso desempolvó viejas demandas como la discusión de un nuevo régimen de
coparticipación.
Por eso, ya nada va a ser lo mismo para los que subieron al cuadrilátero, porque
la pelea fue muy dura, dejó muchas heridas y esencialmente porque los
espectadores —todos los argentinos— ya no se van a conformar con un espectáculo
mediocre. Así, el Estado no podrá tan fácilmente recaudar sin dejar clara su
política de asignación de fondos y los productores obtener rentabilidades
desmedidas sin ser objeto de críticas por parte de los asalariados que sufren el
impacto inflacionario que provocan sus ganancias.
“El el núcleo del problema en la ecuación agraria actual es la incorporación del
capital financiero como nuevo protagonista de la producción agropecuaria, lo
cual provoca un número considerable de distorsiones que influyen de manera
negativa y que deben ser corregidas”, dijo Enrique Martínez, titular del
Instituto Nacional de Tecnología Industrial (Inti) en un documento de trabajo
sobre el sector denominado.
El funcionario defendió la política de retenciones móviles con argumentos que
superan su condición de integrante del gobierno, aunque consideró
“imprescindible un gran esfuerzo para corregir la distorsión y concentración de
la estructura productiva, recuperando un rol activo para los productores
asentados en cada territorio” (ver página 6).
La diferencia de escala
La diferenciación por escala productiva con la consigna de “no todo es lo
mismo en el campo” fue una lucha que encaró la Federación Agraria Argentina
(FAA) hace algunos años cuando disparó la discusión sobre el uso y tenencia de
la tierra en el país. Sin embargo, estos argumentos de política sectorial
terminaron licuados en una protesta que tomó como bandera el tema de las
retenciones. Por caso, la entidad que históricamente viene discutiendo aspectos
cruciales como la ley de arrendamiento o la diversificación de la producción
para lograr sustentabilidad, no supo diferenciarse en el paro imponiendo su
propia agenda, más vinculada con la necesidad del pequeño y mediano productor
que con los pooles de siembra o arrendatarios de grandes superficies
cultivables.
Y así, el gobierno se dio el lujo de “correrlos” con argumentos como el
desendeudamiento del sector y la propia presidenta Cristina Fernández en su
primer discurso crítico al sector recordó la licuación de deudas y la
reestructuración de pasivos de los productores con el Banco Nación. “Cuando las
vacas vienen gordas son para ellos y las penitas para los demás”, dijo la
mandataria.
En las rutas, en tanto, los productores se ocuparon de desmitificar el discurso
oficial y en panfletos que distribuían a los automovilistas retrucaban los
argumentos del ministro de Economía. “Es mentira que gracias a las retenciones
el gasoil es más barato”, expresaban. “El gasoil para el transporte en
colectivos vale 1 peso, en los surtidores de las estaciones de servicio (precio
al público) 1,70 a 2 pesos y para el campo (mayorista) vale 2,20 a 2,30 pesos. Y
en los momentos de mayor consumo, siembra/cosecha, muchas veces no se consigue”,
argumentaban los productores.
Además, explicaban que “el campo vende con un dólar entre 1,75 y 2,05 (tipo de
cambio menos retenciones) según los productos y compra los insumos con un dólar
de 3,15”.
Finalmente cuestionaban la efectividad de la medida para frenar la inflación de
los precios internos. “El trigo en 2002 (año en el que se reimplantaron las
retenciones) valía 380 peso por tonelada ($/tn), ahora vale 580 $/tn, es decir
que aumentó el 52%. El precio del pan ese mismo año era 2 pesos por kilo y hoy
cuesta 4 pesos el kilo, es decir, aumentó el 100%. Con lo cual, el principal
objetivo de las retenciones es recaudatorio”, indicaban.
El modelo cuestionado
Pero más allá de los números finos, que permiten diferenciar la realidad de
un productor de 50 hectáreas de la de los pooles de siembra o los grandes
arrendatarios que trabajan miles de hectáreas productivas en el país, el paro
también abrió el debate sobre el propio modelo económico e incluso trazó
profundas diferencias políticas y viejos antagonismos de clase.
“Es hora de analizar el modelo de país que queremos, y sobre la forma en que
deben manejarse nuestros recursos”, expresó la Cámara Argentina de Semilleros
Multiplicadores (Casem), un sector proveedor clave del campo y llamó a que “los
mismos sean distribuidos en forma lógica, racional y de acuerdo a los criterios
que dicta nuestra Constitución Nacional, es decir, considerando el modelo
federal que la inspira y no a criterio de un grupo político que
circunstancialmente maneje los destinos del país”, agregó en un comunicado.
En tanto, el miembro honorario y ex presidente de la Asociación de Productores
de Siembra Directa, Víctor Trucco, dijo que “el intento de distribuir la renta
es propio de una discusión en el café de la facultad de los años 70, pero no de
la economía del siglo XXI”. A su juicio, no se trata de “discutir ideología,
sino derechos”. Para el dirigente “no se puede discutir en la Argentina de
Alberdi, de quién es el resultado del bien que producimos”.
“No se puede permitir que el gobierno, porque entiende que una actividad tiene
ganancias y las considera extraordinarias, pueda confiscarle parte de sus
ingresos, esto no es constitucional, más allá de los argumentos que se usen”,
argumentó el dirigente contrarrestando el argumento de Cristina cuando le dijo a
los productores que “nadie critica que se compren una 4x4, que vivan bien. Lo
que no me parece bien es que quieran hacerlo a costa de que otros argentinos no
puedan acceder a las cuestiones más elementales”.
Para la Fundación para la Integracion Federal (Funif) la clave está en cómo el
Estado legitima su política fiscal y considera que “sería socialmente positivo
destinar parte de los recursos adicionales generados por las subas de las
retenciones a moderar el impacto de la inflación en los sectores de menores
ingresos (descuentos y/o cupones alimenticios)”.
“Si los fondos captados del campo no se utilizan correctamente, las quejas del
sector van a ser cada día más justificadas”, aseguran y quizás encuentren el
consenso que en una forma muy sui generis, lograron con las cacerolas.