Ahora las perspectivas sobre el clima en el Medio Oeste norteamericano son relativamente buenas.

Ello debería haber presionado muy fuerte hacia la baja de los precios.

Sin embargo, aunque se han registrado tiempos de bajas, ellas no han sido tan pronunciadas como debieran de acuerdo al cambio de expectativa climática.

¿Por qué razón? Va una respuesta: los pronósticos climáticos no están tan claros y por ende, los precios tampoco se desmoronan.

Además está la demanda que no cede fácilmente. Es obvio que la demanda está actuando a favor. Está más activa para el aceite de soja que para el poroto y la harina.

Agreguemos más a favor de los precios: hay un hecho que es tangible y claro. EE.UU. -el primero del mundo- ha sufrido una disminución en su área sembrada de alrededor de 4 millones de hectáreas. Es un "toco", como se dice vulgarmente.

Para la producción de EEUU, el USDA calcula una producción de tan sólo 71,4 millones de toneladas. Es una flor de baja respecto al año anterior.

El mundo necesita que haya más soja para lo cual se deberían sembrar unas tres millones de hectáreas adicionales a lo usual. Cosa que no está pasando.

A menos que uno crea que este crecimiento puede venir del hemisferio sur. Cosa que también es difícil. Brasil no puede en lo inmediato aportar una superficie sustancialmente más elevada. Y menos con la cuestión ambiental dando vueltas por todo el mundo.

Se juntan dos cosas a favor de los precios y en contra de la oferta: la baja en EE.UU. y la dificultad en aumentar la superficie en el mundo. Todo ello en un esquema de demanda creciente.

Las estimaciones del USDA, sobre el balance mundial de soja 2007/08, revelan un cuadro muy ajustado. Según este organismo, la producción mundial para el período 2007/08 bajaría por primera vez en 11 años.

El stock mundial, a su vez, caería a 51,9 millones de toneladas. Y ahora, la relación stock/uso sería de 22,4%, cuando el año pasado fue de 28,5%

En tanto así está el mundo… ¿qué pasa en la Argentina?

Esta vez, hay una característica muy especial y está referida exclusivamente al mercado cambiario de nuestro país. Desde que subió el dólar, los operadores y los productores cayeron en la cuenta de que el dólar no está tan fijo y que, por lo tanto, puede subir, tal como lo hizo hace pocos días.

De ser así, pasa a ser conveniente, otra vez, ahorrar en soja. En otras palabras, muchos productores en lugar de vender, lo irán haciendo sólo en la medida de sus necesidades financieras y, de esta forma, acentuarán el movimiento de los precios hacia la suba. Esto sería lo lógico dada la historia argentina.

Es sabido y de hecho las épocas con dólares flotantes lo muestran: cuando el dólar empieza a subir, las ventas de granos se retraen y los operadores tienden a ser racionalmente pacientes.

Se estima que todavía hay sin vender alrededor de 12 millones de toneladas; así que habrá mercadería, pero con dosis muy aletargadas.

De esta forma, el futuro presenta un mercado más o menos sostenido y con una brecha respecto a los precios de Chicago en disminución, al menos para los meses inmediatos.

Así las cosas, lo más probable es que los precios en el mercado local se muevan en una banda cuyo límite inferior sería de $590 y superior de $650. Pero en algún momento dado, podría superar tal límite considerando posibles problemas climáticos en el norte y cuellos de botella por demanda creciente.

Claro que en esto, nadie puede poner la mano en el fuego. Salvo algún discípulo de Tusam.