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Tras algunas medidas previas, el Gobierno y los productores agropecuarios empezaron 2006 enfrentados.

Y, con las preocupaciones oficiales por controlar la inflación y dado el alto peso relativo de la carne en la canasta del INDEC, la situación no hizo más que empeorar.

Ya en enero, el Ejecutivo creó un registro de exportadores de carne para reducir las ventas al exterior y aumentar la oferta interna. La medida no logró bajar los precios.

En marzo, llegó la primera exhortación presidencial a no comer carne y se decidió una suspensión de las exportaciones pecuarias que luego fue lenta, gradual y parcialmente levantada.

En medio de otras medidas que enojaron al agro, también se lanzó el Plan Ganadero, un reclamo de los productores, y, cerca de fin de año, se comenzó a dar marcha atrás con algunas de las decisiones más cuestionadas, aunque eso llevó al campo a quejarse de las marchas y contramarchas oficiales.

Las primeras protestas habían comenzado a sentirse en el otoño. Pero las posturas cada vez más encontradas entre un sector rural que defiende sus márgenes de ganancia y un Gobierno que acusa a los ruralistas de querer lucrar a costa del pueblo llevaron, en diciembre, a un paro agrario de nueve días, el primero desde los tiempos alfonsinistas.

Aunque la huelga no impactó en los precios, sí se dejó sentir en Liniers, que funcionó con ganado del Ejército.

En 2006, la leve baja que experimentó el ganado en pie no llegó al mercado minorista.

Y el Gobierno y el campo terminaron con diferencias mucho más profundas que aquellas con las que habían empezado.