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Más por cábala que por comodidad, para repetir los mismos pasos que precedieron a su triunfo de 2002, el presidente Lula da Silva decidió quedarse hoy en San Pablo para acompañar desde su residencia los resultados de los comicios. Con sentimientos anticipados de victoria, que a duras penas conseguía disimular, el Partido de los Trabajadores ya preparó la fiesta en la avenida Paulista para conmemorar lo que suponen será la ida de Lula al segundo mandato. Es que las últimas encuestas de Data Folha e Ibope, difundidas ayer, mostraron un cuadro casi irreversible: le lleva a su oponente Geraldo Alckmin una distancia de 23 millones de votos (22 puntos) sobre 126 millones de votantes. El nuevo presidente asumirá el cargo el 1º de enero para un mandato de cuatro años.

Era tanta la intensidad "fetichista" de ayer entre los miembros de la campaña electoral del presidente brasileño que decidieron seguir prolijamente el ritual de 2002. Convocaron para hoy una conferencia de prensa a la misma hora, 20.30, y en el mismo lugar, el Hotel Continental, que hace cuatro años. Todo indica que Lula regresará a Brasilia recién mañana.

Mientras del lado presidencial había caras de fiesta, del lado opositor, el socialdemócrata Geraldo Alckmin veía como sus aliados de hace unos días se borraban del mapa. Ayer a la mañana, había quedado en encontrarse en Río de Janeiro con el intendente carioca, César Maia, y la candidata opositora a la gobernación del estado fluminense, Dense Frossard. Los dos dirigentes políticos pegaron el faltazo y dejaron a Alckmin en soledad.

El candidato opositor debió pasar sin compañía su último día de contacto con los electores de esa ciudad. Lo seguía para su suerte una nube de periodistas. A ellos les trató de mostrar una confianza que faltaba entre sus adeptos. Dijo que había percibido "una onda de cambio" basada en "el pueblo, en la calle". Después de 20 minutos en que saludó a los paseantes, el ex gobernador paulista se apresuró a dirigirse raudo al aeropuerto y embarcar para la capital paulista.

El adversario de Lula había soñado con producir algún hecho en el debate que mantuvieron el viernes hasta pasada la medianoche en los espectaculares estudios de la TV Globo. Localizada en Yacarepaguá, en el lejano oeste de Río —más cerca de las favelas que de los barrios ricos—, la sede de la emisora emerge como símbolo del poder de los medios brasileños. No se puede decir que en la discusión hubo un ganador y un perdedor. Después de todo, la suerte estaba echada y no iba a ser ese show el que cambiara el horizonte electoral. Pero en varios momentos, Lula se paró con enojo y, visto de afuera, pareció que en cualquier momento podía escapársele un sopapo. Como sea, el caso impactó en Geraldo Alckmin a quien se le escapó una comparación bíblica: dijo que él era "David contra Goliat".

A pesar de un asesoramiento impecable, a Alckmin no se le pudo borrar la imagen de "candidato de plástico" que le endilgó con una alta dosis de veneno la ex intendente de San Pablo, Marta Suplicy. Pasado ese último examen en Globo, sin que hubiera ocurrido nada extraordinario capaz de reducir la popularidad presidencial, la dirección del Partido de los Trabajadores y los propios ministros del gobierno empezaron a conversar sobre el día después.

En la danza política algunos hijos pródigos anunciaron que vuelven al hogar. Es el caso del Partido Democrático Laborista (PDT) que llevó candidato propio en la primera vuelta. Ahora decidió pasarse con cuerpo y alma a la nueva coalición oficialista que habrá de nacer después de los comicios de hoy. Ya se sabe que el gran socio de la izquierda oficialista será el centrista Partido del Movimiento Democrático Brasileño. Una mayoría de sus dirigentes estuvo con Lula desde la primera hora. Sin embargo, hubo una parcela de líderes que se plegaron a la socialdemocracia. Se supone que ahora estarán todos juntos del lado oficialista.

También habrá una intensa discusión entre los socialdemócratas: dicen aquí que quedan muy fracturados. Algunos columnistas especializados en esa agrupación advertían que ésta no podrá soportar la existencia de tres candidatos con chances presidenciales para 2010. Son el propio Alckmin, el gobernador paulista José Serra, y el de Minas Gerais, Aecio Neves.

Hay una lección que parecerían dejar estos comicios brasileños. Lula lo verbalizó así: "El pueblo brasileño dijo en voz alta: soy dueño de mi propia nariz, consigo pensar y entender lo que está ocurriendo en Brasil". También dijo: "No voy a creer en las mentiras que me quieren contar". Algo de eso es cierto si se juzga que Lula sobrevivió a una intensa campaña de denuncias canalizadas a través de la prensa.