¿Subyace tal idea, aún hoy, en la sociedad y en la dirigencia?
La pregunta es importante por sus nefastas consecuencias en el desarrollo argentino.
Merced a la visión de los agronegocios, hoy conocemos cómo se interrelacionan los sectores primario, secundario y terciario en la economía argentina. Y cómo un sector depende de otro.
La experiencia vivida, desde comienzos de la década pasada, confirma que la adecuada utilización de las ventajas comparativas, ligadas al factor tierra, no sólo no limitan a los otros dos sectores, sino que potencian los eslabonamientos de empleo generados por las cadenas agroindustriales.
Así, resulta una falacia justificar políticas públicas discriminatorias hacia las agroindustrias sobre la base de su insuficiencia en la generación de empleos. En definitiva, cerca del 36% del total de gente que trabaja lo hace dentro de la cadena agroindustrial.
Cuando la cantidad de empleados en las cadenas agroindustriales llega a 5,5 millones de personas, no tomar en cuenta a la agroindustria, a la hora de elaborar políticas públicas, resulta una contradicción dentro de la teoría de la política económica.
Ahora bien: ¿cómo se institucionaliza la oposición campo-industria? ¿Cuándo surge tal falacia?
Busquemos respuestas en alguien que esté fuera de los intereses locales. Mauricio Rojas, un historiador económico chileno, escribe: "La crisis de 1930 y la Segunda Guerra Mundial fueron golpes muy duros para la habilidad del sector agrícola para profundizar su modernización productiva, situación que se tornaría aun mucho más grave durante la segunda mitad de la década del 40".
Caja fuerte del país
Luego, el historiador agrega: "Cuando más se necesitaban grandes inversiones, el sector agrícola fue utilizado como la caja fuerte del país y de esa manera fue drenado de su excedente económico en el mismo momento en que los sectores agrícolas de países rivales se modernizaban rápidamente. El retraso que esto generó tendría un papel muy importante en la creciente marginación de la Argentina en la economía mundial después de la Segunda Guerra..."
De ser correcta la afirmación de Rojas, habría que preguntarse: ¿por qué razón este fenómeno sigue vigente tantos años después?
Una buena explicación se basa en la propia estructura de ciertas democracias como la nuestra. Dentro del proceso económico-político aparecen incentivos para que grupos pequeños, bien articulados, puedan presionar y, así, lograr determinados privilegios.
Así el cuadro, las prebendas son alcanzadas por éstos, merced a los fuertes incentivos que tienen para afrontar los costos que su concreción exige. Por el contrario, los atomizados consumidores-contribuyentes no poseen suficientes incentivos para incurrir en costos de organizarse, con objeto de impedir la sanción de un determinado privilegio, porque los beneficios para cada uno de ellos resultan menores que dichos costos.
El quid de la cuestión, quizás, está en la propia atomización y en la ausencia de un Estado regido fundamentalmente por instituciones que buscan el bien común.
Una de las grandes paradojas de la historia económica argentina de las últimas décadas es la capacidad que ellos muestran en el tiempo para permanecer sobre el tapete.
Patrón redistributivo
La eficiencia de estos grupos está en originar y alimentar un patrón redistributivo, de forma tal que los atomizados consumidores-contribuyentes no caigan en la cuenta del perjuicio que, individualmente, reciben por parte de estos grupos prebendarios.
Esta falsa oposición, sustentada en trabajos de investigación, probablemente sesgados por intereses particulares, se basa en que el desarrollo de las economías proviene del valor agregado, que por definición no puede brindar un sector que sólo produce y exporta materias primas. La falacia es clara.
Por el contrario, el desarrollo tecnológico se verifica primero donde preexisten ventajas comparativas. Cuando los mercados pueden funcionar, sin distorsiones, mandan señales muy claras, a través del mecanismo de precios, para que se produzcan inversiones que habrán de permitir un crecimiento de la productividad.
No es verdad que la industrialización conlleva un decreciente peso relativo del sector agropecuario.
Con mercados adecuados, los agentes económicos pueden asignar eficientemente sus recursos y, en consecuencia, el proceso de industrialización es empujado y dirigido, justamente, por aquellos sectores que tienen ventajas comparativas para hacerlo.
Por Manuel Alvarado Ledesma
Para LA NACION
El autor es economista