En esta ocasión nos negamos a tratar temas específicos. ¿Acaso es oportuno tratar qué pasa con la soja o el maíz o el trigo? Nos negamos a escribir como si no hubieran sucedidos hechos gravísimos.
Los granos como las carnes son commodities. En mayor o menor grado éstos se mueven en mercados de competencia. ¿Con imperfecciones? Ciertamente que sí, pero en un marco de cierto nivel de competencia; un nivel más bien alto.
Los hechos vividos el viernes 21 de julio en el mercado de Liniers marcarían el inicio de una nueva etapa de convulsión en los mercados. El viernes se hirió una institución básica de la economía. Una espada clavada en el mercado dejó un estela de temor e incertidumbre.
Liniers ha representado, por muchísimos años, el mercado de competencia. Siempre ha sido un ejemplo. Pero... sucedieron cosas graves. Arreglos que nada tienen que ver con la competencia leal y cristalina se realizaron en las sombras. Le tocó a Liniers... ¿puede pasarle algo similar a Rosario o cualquier otro mercado local? Una pregunta atinada ¿no?
Muchos interrogantes aparecen ahora; y eso no es nada bueno para nadie. ¿Se encamina Argentina hacia un nuevo sistema económico? Pareciera que estamos dejando atrás el sistema de capitalista o de economía de mercado, que ha mostrado muchos defectos pero que, ciertamente, es el de los países con éxito.
De ser así... ¿a dónde nos dirigimos?
Parece que nos encaminamos hacia otro destino. Todo indica que vamos hacia un capitalismo más o menos planeado centralmente, algo así como un capitalismo monopólico. Se trataría de un sistema económico donde si bien los recursos de la producción pertenecen a la actividad privada, básicamente se asignan por mando o, al menos, por coacción o influencias; desde un gobierno central. Y en tal caso, el mercado de competencia cuasi-perfecta o de competencia imperfecta desaparecería; aquél que engrandeció a la cadena agroindustrial y, por ende, permitió salir de tantas crisis económicas a la Argentina y la hizo crecer.
El entorno institucional débil y poco confiable que vivimos permitió, el
viernes pasado, que en el ámbito de Liniers se conforme una suerte de oligopolio
de compra, sobre la base del temor sembrado desde el poder político. Lo que
decimos acá no es producto de una investigación sino que resulta de la simple
lectura de los diarios.
Y sobre estos datos, reflexionamos.
Los gobiernos en general deben cumplir un importante papel: jugar como facilitadores de negociaciones y acuerdos de coordinación vertical, primordialmente orientado hacia la remoción de las imperfecciones de mercado y la reducción de los costos de transacción. Lo debe hacer incentivando la organización, mejorando la leyes que rigen los contratos y reforzando las instituciones que velan por su cumplimiento; mejorando los sistemas de información sobre mercados y precios así como su difusión; fomentando el establecimiento de estándares de calidad, entre otros.
Hoy el gobierno no cumple con ello. Peor aún, es un enemigo del buen funcionamiento de la cadena agroindustrial. Promoviendo acciones oligopólicas, no sólo ataca una institución básica, como es el mercado, sino que abre un abanico de conflictos intra-cadena.
Lo acabamos de ver en la actividad cárnica. ¿Cuándo lo veremos en la actividad granaria? Pareciera que sólo es cuestión de tiempo. Ya hay ejemplos que indican ello, como es el caso del trigo.
Los eslabones de una cadena interactúan entre sí bajo una relación donde unos son proveedores y otros son clientes. Intercambian entre ellos productos y servicios, recursos y dinero, e información. Esta relación entre eslabones acarrea costos de transacción específicos que se reducen en tanto y en cuanto mayor sea el capital social.
El capital social permite generar una visión compartida y consensuar metas comunes. Se construye sobre la base de la confianza. La confianza constituye la base de toda relación humana libre y es un elemento central del capital social. Sólo sobre la confianza es posible construir un vínculo entre partes en el marco de la libertad.
Tal capital es fundamental para el desarrollo de nuevos conocimientos generados colectivamente, para la innovación organizacional y tecnológica, para la construcción de ventajas competitivas y, por último, para la adaptación a los cambios permanentes.
Cuando hay confianza se siente mayor seguridad. Con ella, el hombre y las empresas se hallan más protegidos, menos vulnerables. Cuando no hay confianza las amenazas se hacen mayores; la sensación de peligro y de riesgos mayores es percibida con mayor crudeza. Y el conflicto está siempre latente.
La falta de confianza incrementa el temor. Quien no siente confianza suele habitar en el miedo. Los acontecimientos y acciones de otras personas adquieren visos amenazantes.
Si la confianza tiene el efecto de disolver el miedo, de permitir mirar hacia el futuro con una dosis mayor de optimismo, de reducir la incertidumbre y disminuir la complejidad bien puede afirmarse que se transforma en un requisito necesario y fundamental para actuar en la producción y en toda la cadena agroindustrial.
El miedo y la desconfianza inhiben, congelan, paralizan, inmovilizan. Como resultado de los últimos acontecimientos en el mercado de carnes, de claro corte oportunistas, se ha abierto una herida en los mercados y ahora los agentes que intervienen en la cadena agroindustrial comienzan a sufrir miedo y desconfianza.
El eslabón primario pasa a desconfiar en el sistema y se siente defraudado. El mercado de competencia ha sido burlado. Y por contagio ha sido dañado el mercado granario también. Eso lo iremos comprobando, según se vayan dando los hechos venideros.
Así, la cadena cárnica, la cadena granaria y el país pierden. Ojalá que estos hechos sirvan para tomar conciencia, y para tomar la senda de producción para bien de todos.