Italia se consagró tetracampeona mundial al conquistar el título en Alemania derrotando a Francia por 5-3 en los penales tras un empate a uno en 120 minutos. Fabio Grosso fue el hombre que marcó a las 17.42 (22.42 de Berlín) el penal que llevó a la azzurra a su cuarto título, el primero en 24 años, en una jornada que vio a Zinedine Zidane elevarse a los altares del fútbol y descender más tarde a los infiernos.
Apenas 30 segundos de juego y todo se paró: Henry chocó con Cannavaro y quedó inmóvil en el piso. Tras tres minutos de atención volvió a entrar al que ya se perfilaba como un choque de pierna fuerte: a los 5’ Horacio Elizondo sacó la primera amarilla, a Zambrotta, por falta a Vieira.
A los 6’ llegó el penal de Materazzi a Malouda. Un toque del italiano fue suficiente para que el francés del Lyon cayera en el área. Entonces surgió el genio de Zidane, el genio que tan mal terminaría la noche. Zizou tocó con la punta de su botín derecho hacia arriba y suave. El balón pegó en el travesaño y cayó tras la línea. Magistral Zidane.
Adiós al récord de imbatibilidad en mundiales que Buffon quería quitarle a su compatriota Zenga, pero bienvenida a un nuevo partido: Italia, al igual que en la semifinal ante Alemania, se jugó al ataque, se amigó con la pelota y comenzó a buscar el empate.
¡Qué comienzo! El gol de Zidane fue doblemente beneficioso para el partido: por extraordinario, sí, pero también porque destrabó parte del duro entramado táctico que amenazaba a la final.
Pirlo puso en marcha su mágico botín. Envió un córner para que Materazzi elevara sus 193 centímetros y cabeceara al gol ante la desesperación de Barthez y Ribery. 1 a 1. Una jugada calcada fue salvada por el pie de Thuram a los 27’. Llegó luego una gran combinación por la derecha de Gattuso, pared incluida con Totti, que llevó para que cabeceara Toni al travesaño a los 36’ tras otro córner desde la derecha de Pirlo.
Italia era más que Francia, sobre todo porque quería más a la pelota que sus rivales. Sonó en las gradas la Marsellesa como aliento, pero tardó en surtir efecto, porque Italia se fue mucho más entera al vestuario.
Ese vestuario del que Francia volvió rejuvenecida, con un Henry brillante y todo el equipo con una marcha más que 15 minutos antes. Pero no hubo caso. Ningún arco cayó, y la prórroga fue un hecho. Allí Francia mostró caños y veloces incursiones. ¿Dónde estaba Italia? Esperando los penales. Pero antes Zidane enloqueció y decidió arruinar su despedida: agachó la cabeza como un toro enceguecido y embistió contra el pecho de Materazzi. Elizondo le mostró la roja. Nunca un grande se había despedido con tan poco honor. El abucheo cubrió el estadio. Nadie entendía lo que sucedía, seguro porque no recordaban que Zidane es reincidente: ya había perdido el juicio ocho años antes en Francia 98, cuando pisó a un saudí, y lo mismo le pasó en otros partidos de clubes.
Llegaron los penales, los mismos que en Estados Unidos 94 le quitaron a Italia el título ante Brasil. Segunda vez en la historia que el Mundial se definía por penales, pero esta vez Italia fue el campeón. El tetracampeón.