La pregunta que más importa ahora es si podremos mantener este alto rendimiento en el largo plazo. Apoyándose en la famosa frase de Keynes según la cual "en el largo plazo estaremos todos muertos", a los "cortoplacistas" no les quita el sueño esta pregunta. Pero si el desafío económico de la Argentina es atravesar la larga distancia que aún la separa del desarrollo económico y social, nuestra principal preocupación no debería ser tener éxito en el corto sino en el largo plazo.
La cuenta que justifica esta afirmación es sencilla. Para alinearse por lo menos en el nivel que hoy caracteriza a las naciones más modestas del mundo desarrollado -por ejemplo, España-, la Argentina tendría que multiplicar por 4 su producto anual por habitante. Si mantuviera sin desmayos el 9 por ciento de crecimiento anual, se acercaría decisivamente a la cifra indicadora de un nivel "español" de desarrollo de aquí a 16 años. En 2022, la Argentina se instalaría de este modo entre los países desarrollados. Su porcentaje de pobres descendería a un dígito, con todo lo que esto implica. Naturalmente, en la medida en que la Argentina se alejase del 9 por ciento de crecimiento anual, los años que necesitaría para llegar a la cifra "española" en la que estamos pensando aumentarían proporcionalmente.
Hacia 1943, cuando todavía figuraba entre los países más ricos de la Tierra, la Argentina adhería al modelo de las economías "abiertas". Exportaba e importaba sin trabas significativas, inclinándose más por el modelo "liberal" que por el modelo "proteccionista". Era también un país agropecuario antes que un país industrial. Pero los países agropecuarios no pueden sostener indefinidamente el crecimiento del empleo como los países industriales. A partir de 1943, Perón procuró entonces convertir a la Argentina en un país industrial, profundizando decisivamente los tímidos intentos en el mismo sentido que habían ensayado sus antecesores conservadores.
Lo hizo a su manera. De un lado, erigió altas barreras de protección para reservarle a la incipiente industria argentina un mercado interno a salvo de la competencia internacional. Como ni la nueva industria privada ni el creciente empleo de origen estatal podían asegurar los altos salarios de los países industriales, el recurso al que echó mano Perón fue cambiar el papel del sector agropecuario, cuya misión dejó de ser la de volcar grandes excedentes en el mercado mundial y pasó a ser la de asegurar alimentos baratos al consumo popular. De esta manera, el campo argentino pasó a subsidiar en forma permanente al salario industrial y estatal.
Modelos en zigzag
El giro económico de Perón trajo consigo el florecimiento de la industria y la promoción del bienestar popular, pero su modelo resultó, a la larga, insostenible. Lo que ha caracterizado a la economía argentina desde entonces fue una marcha en zigzag entre una economía industrialista cerrada e inflacionaria y una economía abierta al mundo, que tampoco probó ser sustentable por falta de respaldo popular.
Sería engorroso recorrer puntualmente las fases de bruscas aperturas y de bruscas clausuras que se sucedieron por sesenta años a lo largo del zigzag argentino. Basta recordar los nombres de ministros de Economía de inclinación aperturista, como Alsogaray, Pinedo, Alemann, Martínez de Hoz y Cavallo, y los nombres de ministros de inclinación proteccionista, como Miranda, Gómez Morales, Ferrer, Pugliese y Lavagna, para ilustrarlo.
A partir de 1989, cuando la economía cerrada de Alfonsín desembocó en la hiperinflación que le costó el poder, Menem buscó y encontró en Cavallo un nuevo ministro aperturista. Gracias al renovado flujo de los artículos importados, la inflación cayó a cero. El producto bruto aumentó a un ritmo del 6 por ciento anual de 1991 a 1998, confirmando así que la Argentina crece vigorosamente cuando pasa de un modelo económico al opuesto, pero probando también, a partir de 1998, que no puede sostener un alto crecimiento después de varios años sin cambiar otra vez de modelo. Fue sólo a partir del nuevo giro de Lavagna en 2002, esta vez en dirección de la clausura, que la Argentina volvió a crecer.
El intenso crecimiento que el país ha encontrado otra vez en estos últimos años con ese cambio de modelo, de la apertura de los años noventa a una nueva clausura a la manera de los años ochenta -Lavagna, no olvidemos, fue secretario de Industria de Alfonsín-, ¿es, sin embargo, sustentable? ¿O sólo estaríamos recorriendo ahora los tramos iniciales de un nuevo zigzag?
Una política de Estado
Si por política de Estado entendemos aquella que un Estado persigue más allá de sus cambios periódicos de gobierno, lo primero que resulta de este análisis es que la Argentina ha carecido por sesenta años de una política de Estado en materia económica. Sin ella, sin embargo, será imposible que nuestro país pase del subdesarrollo al desarrollo a través del período que necesita para hacerlo, de un mínimo de 16 años que pueden ser más, si no consigue mantener el ritmo del 9 por ciento anual.
La Argentina no ha logrado enhebrar una política económica "de Estado" como logró hacerlo España por dos razones. Una es política, porque cada partido, una vez en el poder, pretendió monopolizarlo sin convocar a un pacto de largo plazo a los demás. Pero esta razón "política" se vio apuntalada por otra estrictamente económica: que tanto el modelo agropecuario abierto como el modelo industrial cerrado se agotaron una y otra vez porque son incompletos.
Esta insuficiencia de los dos modelos responde a la extraordinaria asimetría de la economía argentina. En el plano agropecuario, la economía argentina es, probablemente, la más competitiva de la Tierra. En el plano industrial, el nuestro es un país tan no competitivo que debió ponerle un freno al Mercosur por no poder soportar el impacto competitivo de la industria brasileña.
Aun así, ni podemos prescindir de una industria en expansión si queremos aumentar el empleo, ni podríamos pedirle al campo la extensión indefinida de sus subsidios a la industria sin desalentarlo hasta el día en que ya no pueda asegurar los setenta kilos anuales de carne por habitante que consumen los argentinos -el consumo más alto del mundo- y que ya ha empezado a bajar.
¿Cuál es la solución, entonces? Si se observa que el paso de la economía abierta a la cerrada y viceversa ha sido siempre brusco entre nosotros, lo que habría que instrumentar ahora sería un paso muy gradual de una industria no competitiva a una industria competitiva, dándoles a nuestros industriales el tiempo que sea necesario para que se adapten, pero haciéndoles saber al mismo tiempo que, una vez fijado, ese largo plazo será inexorable.
Para asegurar esta marcha sin prisa y sin pausa hacia la plenitud económica, todos los partidos políticos que aspiran razonablemente al poder deberían firmar un pacto con la promesa de que, fuera quien fuere el que gobierne en los próximos veinte años, cumplirá con la política de Estado que entre todos habrán consensuado.
Por Mariano Grondona