El hecho de que algunos festejen que la inflación fue del 1,3% en vez del 1,5%, mientras otros descorchan champagne porque el PBI alcanzó el mismo nivel que en 1998, demuestra la capacidad que tenemos para encerrarnos en nosotros mismos, aislándonos de lo que ocurre en el resto del mundo. Nunca entendí el porqué de esa desesperación en comparar el nivel de actividad con el que tuvimos en 1998, si según la opinión predominante en amplios sectores políticos, los 90 fueron tan nefastos. De todas maneras, parecería ser que compararnos con nosotros mismos es una forma de evadir la realidad que impera en el resto del mundo. Países que estaban sumergidos en la pobreza y que tenían niveles de vida sustancialmente más bajos que nosotros, hoy disfrutan de un ingreso per cápita 5 veces mayor que el nuestro.
Por ejemplo, en vez de compararnos con nosotros mismos podemos compararnos con España. Entre 1900 y fines de la década del 50, nuestro ingreso per cápita fue, como mínimo, un 50% más alto que el de los españoles, llegando en varios años a duplicarlo. Hoy, el ingreso per cápita de España es 5 veces mayor que el nuestro. A principios del siglo XX, el ingreso per cápita de Estados Unidos era entre un 30 y un 40 por ciento más alto que el nuestro. Hoy en día la diferencia es de 7 veces o un 600% a favor de EE.UU.. Si nos comparamos con Australia, a principios del siglo XX, los australianos tenía un ingreso per cápita que oscilaba entre un 30 y un 40 por ciento más arriba que el de los argentinos. Hoy la diferencia a favor de los australianos es de 7,7 veces. Con los canadienses la diferencia era mínima, entre un 10 o 20 por ciento a favor de ellos a principios del sigo XX. Ahora la diferencia es de 6,7 veces en contra nuestra.
Pero aún comparándonos con nosotros mismos salimos perdiendo. En efecto, nuestro ingreso per cápita hoy en día es menor que el que teníamos en las décadas del 60, 70, 80 y 90. En los números, retrocedimos hasta principios de los 40, pero con una distribución del ingreso que tiende a empeorar. Cuando uno mira la evolución de la economía argentina desde fines del siglo XIX hasta la actualidad y nos comparamos con el resto del mundo, puede identificarse claramente que el punto de quiebre está en la década del 40. Algunos historiadores señalan la década del 30 como el punto de quiebre, es decir, el punto a partir del cual comienza la decadencia argentina. Sin embargo, la década del 30 se caracteriza, a nivel mundial, por políticas que tendían al cierre de la economía, el aumento del gasto público, las regulaciones estatales y el aumento de los subsidios debido a la gran depresión.
La mayoría de los países adoptaron esas medidas para responder a la crisis, pero no las adoptaron como políticas públicas de largo plazo. Ya en la posguerra iniciaron un camino de apertura económica que fue creciendo a lo largo del tiempo. En cambio, la Argentina sí las adoptó como políticas de largo plazo, profundizándolas bajo el primer gobierno de Perón. El proteccionismo, el aumento del gasto público, las regulaciones estatales y la creciente redistribución compulsiva del ingreso fueron, y son, el ABC de la política económica de los sucesivos gobiernos, civiles y militares, existiendo algunos breves períodos en que se intentó cambiar el rumbo, para luego caer nuevamente en la tentación del populismo. A estas alturas del partido ya no cabe más el argumento de que somos una democracia joven y tenemos que aprender a votar. Chile volvió a la democracia después que nosotros y hoy tiene una de las economías más estables y prometedoras de la región. España ingresó al sistema democrático recién en 1975, después de la muerte de Franco, es decir, unos 8 años antes que nosotros. Y varios países de Europa Central, que padecieron el comunismo, hoy tienen economías pujantes a sólo 15 años de la caída del muro. Así que las interrupciones militares ya no son argumento para justificar o explicar nuestra falta de capacidad para elegir gobernantes con visión de estadistas.
Seguir comparándonos con 2002 para mostrar cómo salimos del pozo, o contra 1998 para tratar de demostrar que se superó lo conseguido en los años de la convertibilidad, es una forma de tratar de ocultar la forma en que nos retrasamos con relación al resto del mundo. Si se acepta que la década del 40 es el punto de partida de nuestra decadencia, uno puede hacer el ejercicio de ver qué podríamos ser si hubiésemos crecido a las tasas que crecieron Australia y Canadá. El gráfico que acompaña esta nota empalma la tasa de crecimiento del PBI per cápita de la Argentina hasta 1945 y a partir de ese año se le agregan las tasas de crecimiento que tuvo Australia. Desde 1945 se ven dos curvas. La de abajo muestra cómo creció nuestro PBI per cápita. La curva de arriba simula cómo deberíamos estar ahora si la racionalidad económica hubiese imperado en las últimas 6 décadas. Las curvas tienden a separarse, pero desde 1974 nos estancamos, generándose una diferencia abismal entre el ingreso per cápita de Australia y el de la Argentina.
Este mismo ejercicio da los resultados similares cuando nos comparamos con Canadá, España e Irlanda. Si hubiésemos crecido a tasa australiana, hoy nuestro ingreso per cápita debería ser de U$S 20.700 anuales y a tasa canadiense deberíamos disponer de U$S 17.500 anuales.
El estancamiento que se ve marcadamente a partir de los 70 coincide con la sistemática destrucción de nuestra moneda. Recordemos que en 1970 comenzó a regir el peso ley 18.188, luego el peso argentino, más tarde el austral y, finalmente, el peso convertible y el actual inconvertible. Estas destrucciones monetarias tuvieron que ver con el uso de la inflación como mecanismo de crecimiento económico. Aumentar el gasto, financiar ese aumento con emisión monetaria y endeudamiento, etcétera, consolidaron un modelo bajo el cual el Estado argentino no está al servicio del hombre, sino que los argentinos estamos al servicio del Estado.
Cálculos imposibles
El Estado ha anulado la capacidad de innovación de los habitantes. Por otro lado, el uso de la política monetaria para drogar la economía por un tiempo terminó destruyendo los ahorros de la gente, anulando el mercado de capitales, que es un factor fundamental para poder tener financiamiento de largo plazo para las inversiones y distorsionó los precios relativos permanentemente haciendo imposible el cálculo económico.
Hoy estamos festejando el aumento del PBI durante el año último. La pregunta que tenemos que formularnos es si la suba del PBI de los últimos tres años responde a un nuevo modelo económico o bien no es otra cosa que una reedición de lo hecho en los últimos 60 años. Los controles de precios, la emisión monetaria, el proteccionismo, la elevada carga impositiva y la inestabilidad en las reglas de juego fueron la fórmula que nos hizo perder el tren del mundo. Hoy, aplicando esa misma fórmula, creemos haber cambiado el país.
¿No será oportuno guardar las botellas de champagne hasta que entremos en la edad de la madurez?
El autor es economista