Una de cada dos hectáreas agrícolas en la Argentina se siembra con soja
cada año y no es casual. Por mayor valor, sencillez de manejo, menores costos
de producción y dinamismo del mercado, al empresario agropecuario argentino, en
la medida que puede, le cierra mejor hacer soja que otro cultivo de verano.
Es más, gracias a la soja, la situación de los productores que tienen al trigo
como principal cultivo -en el sur bonaerense- no llega a ser tan desesperante
como en el pasado, porque los productores saben que si no pueden sembrar la
fina, por el serio déficit hídrico que soportan, tienen una segunda
oportunidad con la soja.
Decía Enrique Erize, director de la consultora Nóvitas, que esta es la
percepción que tuvo en una reunión reciente con productores de la zona de Tres
Arroyos. "Muy cerca de allí, en Cascallares, se llegaron a trillar 4.000
kg/ha de soja en la última campaña", comentó el consultor en una
reciente presentación.
Sin embargo, y a pesar de que esta leguminosa significa una inyección de
dólares en la economía argentina, es denostada desde diversos ángulos, en
particular por su monocultivo. De la soja se ha dicho de todo, desde que es la
responsable de la degradación de los suelos hasta que es la punta de lanza de
una conjura internacional para convertir a este próspero país en una
"republiqueta sojera".
Pero la historia agropecuaria argentina es rica en "monocultivos" de
los más diversos: desde las ovejas que desplazaban a las vacas, hasta las vacas
que desplazaban a la agricultura. En la versión Siglo XXI, es esta leguminosa
la que desplaza todo lo demás.
Ahora bien: ¿cuál es el papel de la ciencia agronómica en este contexto?
¿Limitarse a describir los aspectos negativos del monocultivo de la soja o
proponer soluciones para que se lo pueda hacer una manera sustentable, es decir
sin comprometer la producción futura?
Una de las presentaciones realizadas en el reciente congreso de Mundo Soja
planteaba -con gran impacto entre el público ya que rompía con el paradigma de
la producción agrícola actual- que no hay todavía en la Argentina suficientes
años de experiencia como para afirmar que el monocultivo produce merma de
rendimiento y en ese caso de qué magnitud, aunque la percepción general sea
que una soja hecha después de un maíz rinde unos cuantos quintales más que
realizada sobre soja y existan trabajos en esta línea.
Sucede que no está claro cuáles son los mecanismos que estarían provocando
esos quintales de diferencia y si es posible implementar alguna corrección en
el manejo que estreche o minimice esa diferencia aún haciendo soja sobre soja.
Por ejemplo, si una merma de rinde estuviera asociada a plagas o enfermedades
que se potencian cuando no hay alternancia de cultivos, entonces cabría la
posibilidad de utilizar insumos que protejan al cultivo de esas pérdidas.
La evidencia proveniente de los Estados Unidos, presentada por el Dr. Martín
Díaz Zorita, indica que el cultivo continuo de soja lleva a una caída de unos
400 kg/ha en los primeros cuatro años, para después estabilizarse y que
periodos breves (dos o tres años) de monocultivo no tendrían impacto negativo
en el rinde.
Este profesional tuvo la gentileza de conversar con el Journal de Agronegocios,
donde entre otras cosas, dijo que en un cultivo de soja apuntado a altos
rendimientos (arriba de 4.000/4.500 kg/ha), las diferencias de rendimiento
respecto de una soja en rotación podrían acotarse a no más del 5%.
También explicó que hay modelos que predicen que sojas de alto rendimiento
aportarían una cantidad suficiente de rastrojos como para neutralizar el
balance de carbono en el suelo. "(El modelo) nos muestra que la producción
de carbono es independiente del tipo de cultivo (que la genere)", sostuvo.
La cantidad de correos electrónicos que recibimos luego de la entrevista es un
claro indicio de que se trata de un tema relevante para el productor agrícola
argentino.
A partir de esto surgen preguntas como si los cultivos de cobertura no podrían
jugar un papel central como generadores de materia orgánica para el suelo y
actividad biológica durante los meses en que los lotes no se encuentran
ocupados por la oleaginosa y qué recaudos de manejo habría que tener. También
qué sucede en regiones próximas a la Argentina, como el sur del Brasil, con
dilatada historia sojera y buscar allí antecedentes respecto de los efectos del
monocultivo.
"Se están haciendo varios avances, algunos un poco desordenados pero otros
bastante bien integrados", sostuvo Díaz Zorita, quien agregó que se trata
de un trabajo de largo plazo, donde lo primero que hay que tener es paciencia.
Pero la buena noticia es que los profesionales del agro ya están sobre el tema,
buscando "ingeniar" las soluciones que el productor necesita.
Por Javier Preciado Patiño - Ingeniero Agrónomo, director de RIA Consultores