Simplemente, las comparaciones que han hecho otros (algunos innominados funcionarios, sobre todo) han resultado incomparables.

La escala china en Buenos Aires ha sido positiva. El presidente Hu Jintao definió ayer el futuro de la relación chino-argentina como "estratégica"; las palabras tienen su significado preciso en un líder con su trayectoria.

Esa sola definición valió la pena de los esfuerzos que se hicieron en los últimos meses para acercar posiciones entre China y la Argentina. Luego están las cifras. Néstor Kirchner y Hu Jintao -y empresarios privados de ambos países- firmaron acuerdos marcos que, bien llevados, podrían concluir en una inversión próxima a los famosos 20 mil millones de dólares en un plazo no menor de 10 años. Pero las "ideas fuerza", según describió el ministro Julio De Vido, requieren ahora la letra chica, que será siempre un trámite lento y azaroso, según las costumbres y los intereses del coloso asiático.

Nada se sabe sobre las condiciones colocadas por los chinos. ¿Serán inversionistas o sólo financistas de algunos emprendimientos? ¿Qué precio tendrá cada vivienda popular para que se hable de una cifra global de más de 5 mil millones de dólares en ese rubro? ¿Dónde y cómo podría plasmarse la asociación con la estatal Enarsa para la explotación energética?

Será inevitable un choque de dos realidades en algún momento del proceso. Por un lado, influirá la escasa agilidad en la gestión de la administración argentina. Ese déficit de gestión se respalda en la indiferencia burocrática de algunos funcionarios y también en la centralización excesiva en el poder de decisión. Por otro lado, intervendrá la tradición negociadora de China, célebre por su sosiego, memorable por su precepto de no dejar nada sin llevarse algo en contrapartida.

La Cancillería argentina pueda dar fe de esa suave tenacidad. Las luces de sus principales oficinas estuvieron encendidas hasta pasadas las tres de la madrugada de ayer. Los diplomáticos argentinos querían redactar con sus homólogos chinos un "acta de entendimiento", que incluyera tanto los acuerdos privados como los estatales firmados en la tarde del martes.

La delegación china no aceptaba ningún acta si no estaba en el documento el reconocimiento de la Argentina a China como "economía de mercado". Se trata de un interés estratégico de Pekín, que debe conquistar ese reconocimiento país por país. Hu Jintao ya se lo había arrancado al presidente Lula, en Brasil, y lo dejó a éste inmerso en una batahola empresarial de antología.

Resulta que tal reconocimiento significa, al mismo tiempo, la apertura automática del mercado argentino a muchos productos de origen chino. Los diplomáticos argentinos condicionaron ese reconocimiento al ingreso automático también en el mercado chino de los productos tradicionales argentinos y de una larga lista de no tradicionales, que sólo se empezó a confeccionar cuando los presidentes Kirchner y Hu Jintao daban los primeros bocados en la cena de honor al mandatario de Pekín.

El paso del tiempo les mordía los talones, porque la delegación china abandonaría Buenos Aires pocas horas después. Ostensible ausencia del ministro de Economía, Roberto Lavagna, sólo presente en los actos protocolares y en una reunión con Hu Jintao con empresarios argentinos. No participó de los anuncios de probables inversiones ni se metió en la negociación de la Cancillería con la delegación de Pekín por el reconocimiento a China como "economía de mercado". Un subordinado directo de él, el secretario de Agricultura y Ganadería, Campos, sólo aclaró algunas consultas por vía telefónica, pero no estuvo en la sede desde donde se dirigen las relaciones internacionales.

Lavagna confió siempre en la potencialidad de un acuerdo con China, pero tiene una paciencia más grande que la de los chinos. No se trata sólo de la relación con el Asia. Al ministro de Economía no le molestó la postergación del acuerdo de libre comercio con la Unión Europea ni se escandaliza por una negociación lenta y larga con Brasil por la complementación industrial.

En el fondo, y a pesar de su mutismo a prueba de cualquier filtración, se sabe que Lavagna sostiene que la industria argentina viene muy agredida por las políticas aperturistas de la década del noventa. Aconseja darle tiempo hasta que se recupere. No ha hecho nada en dirección al proteccionismo, salvo la conservación de un tipo de cambio alto, pero no confía en que haya llegado la oportunidad de una nueva marea de apertura comercial.

A su vez, el canciller Rafael Bielsa no comparte una fórmula según la cual se intentaría, por un lado, ganar el mercado chino para productos argentinos y, por el otro, cerrarles el mercado argentino a los productos chinos. "Pueden perder algunas ramas de la producción argentina, sobre todo los textiles, pero se ganaría en las exportaciones de muchos otros sectores. Hay que mirar el probable intercambio global", ha dicho un diplomático argentino.

Kirchner optó, hasta donde se sabe, por esta última línea, y no perdió la oportunidad de seguir sembrando el misterio. ¿Para qué pidió una entrevista a solas, sin nadie más que los traductores, con Hu Jintao? La reunión duró poco más de 20 minutos.

Traducciones mediante, incluyendo además las inevitables frases de la cortesía oriental, la conversación no debió superar más de 10 minutos. Si las "ideas fuerza" sobre inversiones ya estaban concluidas, y si la negociación comercial estaba desarrollándose en la Cancillería, el único tema que merecía una reunión secreta en la cumbre era el referido a la idea de Kirchner sobre un préstamo de China para cancelar la deuda con el Fondo Monetario Internacional.

Las pocas voces cercanas al Presidente que admitieron abordar ese tema fueron concluyentes: no hubo progresos y se trata, en todo caso, de una idea que irá y vendrá incansablemente. Regresemos al principio: lo importante no son los resultados palpables de los últimos dos días, sino que haya comenzado un proceso de acercamiento con la economía más vistosa del mundo actual. Sólo eso era suficiente.

Por Joaquín Morales Solá
Para LA NACION