El primero es una situación favorable en el escenario mundial. El segundo es
una constelación de fuerzas capaces de aprovechar esa oportunidad.
La Argentina tiene un horizonte internacional extraordinariamente promisorio.
Está en marcha una nueva onda larga de expansión de la economía mundial, que
tiene tres componentes fundamentales orgánicamente vinculados. El primero es el
salto fenomenal de productividad de la economía estadounidense, basada en la
sociedad de la información. El segundo es la irrupción de los países del
Asia-Pacífico, encabezados por China, erigida en la gran fábrica mundial. Y el
tercero es la demanda creciente de commodities agrícolas, energéticos y
minerales, y de todos al mismo tiempo.
Los tres factores están relacionados mediante un lazo de necesidad. La
transformación de la economía estadounidense en una economía de la información
está asociada con la revolución industrial por la que atraviesa China, erigida
en la principal proveedora de manufacturas a los Estados Unidos, y en su
conversión, por eso mismo, en una economía de dimensión semejante a la
norteamericana en lo que se refiere al consumo de commodities .
El sistema económico mundial se asemeja hoy a una tijera con dos filos. Uno es
la economía norteamericana, volcada hacia los servicios de alta tecnología. El
otro es China, especializada en la producción masiva de manufacturas
industriales. Será cada vez más difícil para las demás naciones competir
exitosamente en esas dos franjas. Cada país tendrá que encarar la búsqueda de
nichos propios en el mercado mundial, que le permitan participar activamente de
las corrientes de inversión y de comercio internacionales, so pena de una
acelerada marginación e irrelevancia.
Una consecuencia de esta situación es un fenomenal aumento de la demanda china
de commodities agrícolas, energéticos y minerales. En 2003, China dio cuenta del
27 % del consumo mundial de acero, el 30% del hierro, el 31% del carbón y el 40
% del cemento. El aumento extraordinario del precio internacional del petróleo
es consecuencia directa de la demanda china de combustibles. El año último,
China desplazó a Japón como segundo consumidor mundial de petróleo, luego de los
Estados Unidos.
En este cuadro, existe un aspecto crucial para la Argentina. El principal
problema social de China es alimentar a un número de personas equivalente al 23%
de la población mundial, con sólo el 7% de los recursos hídricos y de las
tierras agrícolas del planeta.
Los datos indican, inequívocamente, la irrupción de una tendencia estructural a
la revalorización de los recursos naturales. No es un fenómeno circunstancial.
Goldman Sachs estima que, aun disminuyendo a la mitad su ritmo de crecimiento,
alrededor de 2040 China superará el producto bruto de los Estados Unidos.
Lo que sucede en China ha contribuido a dinamizar a todas las economías del
Asia-Pacífico, incluido Japón. Pero este cambio histórico incluye otro fenómeno
de singular trascendencia: la irrupción de India, una nación de más de mil
millones de habitantes, que inició hace diez años un proceso de apertura
económica que le permitió alcanzar un crecimiento del 6% anual promedio. Goldman
Sachs consigna que, en cincuenta años, India será la tercera economía del mundo.
Todo esto afecta directamente a la Argentina. Una estrategia que privilegie su
especialización en la producción agroalimentaria no implica la reprimarización
de la economía. Al contrario: en las nuevas condiciones mundiales es la vía más
apropiada para una reindustrialización internacionalmente competitiva de la
Argentina.
En la nueva economía mundial globalizada, resulta cada vez más dificultoso
desarrollar industrias que no sean inmediatamente competitivas a escala
internacional. En la Argentina, esa regla exige el aprovechamiento de su
extraordinaria dotación de recursos naturales, lo que implica el empleo
intensivo de sus ventajas energéticas (particularmente gas), industria forestal,
minería y también turismo, actividad derivada del aprovechamiento de los
recursos naturales.
Esto supone una oportunidad estratégica para la Argentina. La creación de las
condiciones políticas apropiadas para aprovecharla implica encarar la
construcción de un bloque histórico, basado en una convergencia estratégica
entre un poder político capaz de garantizar la gobernabilidad y las nuevas
fuerzas sociales, económicas y culturales de avanzada.
La experiencia de la década del 90 reveló la insuficiencia política de un
proceso de reformas estructurales centrado en la alianza entre el Estado y los
grandes actores económicos transnacionales. Esta realidad, surgida mucho más de
los hechos que de un modelo ideológico determinado, presentó dos serias
limitaciones. En primer término, por su propia naturaleza, esos actores no
estaban representados en la Argentina por empresarios, sino por ejecutivos. En
segundo lugar, por las características de la globalización, esos actores, frente
a una crisis política como la que estalló en diciembre de 2001, tendieron a
reducir sus niveles de exposición en el país o, incluso, salieron del escenario.
Con un efecto adicional: al desatarse la crisis, su preeminencia incentivó en la
opinión pública una actitud de rechazo a la apertura económica.
Previamente, la historia de la Argentina de la década del 80 ya había exhibido
el fracaso de todo proyecto económico basado en el predominio de los sectores
empresarios internacionalmente no competitivos, que sólo podían sobrevivir
merced a la protección del Estado.
Hoy las circunstancias han cambiado. Por primera vez, como una consecuencia
combinada del vacío creado a partir del default por la virtual retirada política
de los actores transnacionales y de la maduración de las reformas de los 90, el
país visualiza la presencia de una nueva burguesía nacional, que ya no es hija
del proteccionismo estatal, sino de un arduo proceso de reconversión que la
convirtió en un sector internacionalmente competitivo.
Esta burguesía nacional internacionalmente competitiva, que emerge en la
Argentina desde la década del 90, tiene su eje en el sector agroalimentario,
pero lo excede. Incluye a los grupos empresarios que, durante ese período,
concretaron una reconversión de sus negocios acorde con los cambios mundiales.
.
No se trata, por supuesto, de prescindir de los actores económicos
transnacionales. Lo que importa es que esta nueva burguesía nacional, que no le
tiene miedo al mundo porque es internacionalmente competitiva, asociada a un
poder político capaz de asegurar la gobernabilidad y dotado de una adecuada
visión estratégica, asuma la responsabilidad de motorizar la inserción
productiva de la Argentina en este nuevo escenario mundial.
Se trata, en suma, de formular un proyecto nacional. De allí que la tarea de
conformar este bloque histórico no demanda sólo la articulación entre el poder
político y esta nueva burguesía internacionalmente competitiva. Requiere la
participación activa del mundo cultural, científico y tecnológico, base de la
sociedad del conocimiento, en particular aquello que Antonio Gramsci
caracterizara como "intelectualidad orgánica".
En todo esto, sobresale para la Argentina la necesidad de cumplir un presupuesto
básico: su plena reintegración en el sistema mundial. Antes que nada, salir del
default .
Otras dos precisiones adquieren importancia en el momento actual. La primera es
que nada de esto se logrará mirando por el espejo retrovisor, sino a partir de
la definición de un proyecto común, anclado en el presente y orientado hacia el
porvenir. La segunda, es que lo contrario de una estrategia de confrontación
basada en un jacobinismo ideológico, no es un jacobinismo de signo
ideológicamente contrario, sino una política de pacificación, de unidad y de
integración nacional, volcada al mundo.
El autor es presidente del Instituto de Planeamiento Estratégico.