Entre 1983 y 1987 fuimos de menor a mayor gracias a las esperanzas que despertaron el advenimiento democrático de Alfonsín y, en 1985, de su Plan Austral. En 1987 la primera derrota electoral de Alfonsín, en 1989 la hiperinflación, el anticipado alejamiento del presidente y los primeros pasos vacilantes de Menem marcaron un ciclo descendente hasta que, en 1991, con el plan de convertibilidad, la derrota de la inflación y el regreso del crecimiento económico, el país volvió a ascender hasta 1997, cuando Menem perdió su primera elección, y 1998, cuando empezó la recesión. Con la débil gestión de De la Rúa este segundo ciclo regresivo se acentuó hasta convertir a 2001, con el corralito, los cacerolazos y la violenta caída del presidente, en el peor año de la democracia.

Pero a fines de 2002 descubrimos con sorpresa que, contra todos los pronósticos, seguíamos vivos. En la agitada vida de los argentinos había comenzado un nuevo ciclo ascendente. En 2003, al prolongarse el "veranito" más allá de su precaria denominación y al reinstitucionalizarse el país con elecciones en todos los niveles, la flecha del Estado siguió ascendiendo.

En sus veinte años de vida, nuestra democracia ha experimentado dos ciclos ascendentes (1983-1987 y 1991-1997) y dos ciclos descendentes (1987-1991 y 1997-2002). Ahora se halla en los comienzos de su tercer ciclo ascendente. ¿Cuánto durará?

¿Peor o mejor?

Es altamente improbable que 2004 resulte peor que 2003. Si las estadísticas muestran que nuestros ciclos han durado entre cuatro y seis años, sería contradictorio que, resultando 2004 peor que 2003, el nuevo ciclo ascendente dentro del cual nos hallamos durara sólo dos años.
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Pero otra poderosa razón refuerza esta mirada estadística: que, según lo que vamos aprendiendo de su carácter, el presidente Kirchner es temerario pero no suicida. Bajo el impulso de su temeridad, varias veces colocó al país al borde del precipicio. En ninguna de esas ocasiones, empero, saltó. Al poco tiempo de iniciar su mandato, el nuevo presidente estuvo a punto de romper con el Fondo Monetario Internacional pero a sólo veinticuatro horas del nuevo default , esta vez con los organismos internacionales, Kirchner firmó.
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Quizás un nuevo default hubiera convertido a 2003 en un año peor que 2002 pero esta calamidad, en todo caso, no ocurrió. También Kirchner pudo haber creado con los Estados Unidos un clima tan poco propicio como el que generó su primera gira por los principales países europeos. Durante su visita al presidente Bush en Washington pasó, empero, lo contrario. Las relaciones con los Estados Unidos siguen tensas por la suspensión de los ejercicios militares conjuntos y el acercamiento a Cuba, pero el precipicio de una ruptura con los Estados Unidos, hasta ahora, se ha evitado.

Si el Presidente supo evitar en situaciones límite que el año 2003 fuera peor que 2002, parece razonable suponer que su instinto de conservación lo preservará y nos preservará en 2004 de una reversión negativa del ciclo que hemos iniciado. Lo primero que deberíamos suponer por ello es que en 2004 el ciclo ascendente de 2002-2003 continuará y que el país seguirá avanzando de menor a mayor.

¿Cuánto mejor?

Si parece razonable predecir que 2004 será mejor que 2003, lo que falta determinar es si será algo o mucho mejor. Por "algo mejor" entendemos que la economía seguiría creciendo durante el año próximo a un ritmo igual o ligeramente inferior al rotundo 8 por ciento de 2003 pero que, al no resolver el país sus problemas estructurales, ese crecimiento sería solamente inercial y podría empezar a languidecer en 2005. Por "mucho mejor" entendemos, en cambio, que en 2004 el país, al resolver sus problemas estructurales, pondría las bases de un vigoroso crecimiento de largo plazo, el único que, superando el techo de los ciclos ascendentes de cuatro o seis años que hasta ahora hemos tenido, podría llevarnos al desarrollo económico.

Uno de esos problemas estructurales que la Argentina debería resolver en 2004 es la renegociación de su deuda externa para salir del default . Otro, la creación de un clima favorable a las inversiones privadas de largo plazo, las únicas capaces de liberarnos del estigma del desempleo.

El Gobierno cree que levantar el superávit fiscal más allá del 3 por ciento, como lo esperan el Fondo Monetario y los titulares de los bonos argentinos en default , equivaldría a transferir fondos fuera del circuito económico argentino en detrimento del crecimiento que estamos teniendo.

Según otra visión que por ahora no comparte el Gobierno, si aumentamos el superávit actual, digamos del 3 al 4 o al 4,5 por ciento, llegando en consecuencia a un acuerdo pleno con el Fondo y los acreedores, ese ajuste al parecer contrario al crecimiento sería rápidamente compensado por el descenso vertical del riesgo país, la restauración de la confianza de los inversores y el regreso impetuoso del empleo.

En 2003, el gobierno argentino consideró un éxito pactar un superávit de 3 por ciento con el Fondo, contra el superávit más alto que había prometido Lula. Pero esa cifra relativamente baja obligó al ministro Lavagna a ofrecer una quita del 75 por ciento de nuestra deuda externa, algo que los acreedores juzgaron inadmisible, como consecuencia de lo cual el riesgo país de la Argentina, que sigue en default , todavía oscila entre los 5500 y los 6000 puntos mientras el de Brasil no se cuenta por miles sino por cientos, convirtiéndolo en un país que, si bien soporta aún un crecimiento más lento que el nuestro, está a la espera de una vigorosa corriente de inversiones en 2004.

El Brasil de Lula y la Argentina de Kirchner recorren por ahora dos caminos diferentes, no sólo en lo económico, sino también en lo político. Tanto Lula como Kirchner comenzaron su gestión con un alto índice de popularidad. Lula aceptó que ese índice bajara ligeramente a cambio del alza popular cuyo retorno espera cuando las inversiones vuelvan. Kirchner mantuvo sin cambios su índice de popularidad inicial. ¿Debería seguir "ahorrándolo" a toda costa, o tendría que asomarse alguna vez, en el curso de 2004, a cambios importantes en el rumbo económico para quedar a la espera, después de una ligera baja, de un repunte vigoroso y perdurable cuando esos cambios produzcan sus efectos?

Esta es la alternativa de 2004. Que, por mantener sin cambios el rumbo de 2003, sea "un poco mejor" que este año, pero con una lánguida perspectiva en el largo plazo o que, por girar a tiempo el Gobierno, aun a costa de un ligero retroceso en la popularidad (que nunca debería descender del 77 por ciento actual a menos del 50 por ciento, frontera por debajo de la cual se volvería difícil gobernar), pueda recuperar a partir de ahí altas cifras de popularidad coincidentes con el alza impetuosa de las inversiones y el fuerte descenso del desempleo. Esta segunda perspectiva podría colocar al Presidente en una posición envidiable de 2005 en adelante, cuando el horizonte de la elección presidencial de 2007 empiece a asomar.

Por Mariano Grondona