Mientras que Sudamérica tendría más del 44% de la producción mundial, la otrora indiscutible potencia mostraría de vuelta un retroceso, al participar con tan sólo poco más de 65 millones de toneladas y aportaría, apenas, el 38% del total mundial.
El tema es motivo más que de orgullo. Y debe ser presentado a la comunidad como lo que es: un logro importante de los productores y de los demás eslabones de la cadena sojera de la Argentina. Pero la realidad es que, pese a ello, poco hacemos para difundir la realidad.
La decisión estratégica del vecino país de sustituir, implementada en los 80, la tecnología proveniente desde EE.UU., hizo que la producción brasileña de soja se adaptara a las condiciones del país. Y ello trajo aparejado el fenomenal incremento de la producción en Brasil.
El Centro de Investigación de la Soja, como una de las unidades de la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa), permitió la generación de tecnologías ajustadas a los requerimientos del suelo y del clima de Brasil. Por ello, la producción concentrada en los estados del sur fue pasando, en poco tiempo, hacia el centro oeste. Allí las variedades tropicales caminan, hoy por hoy, a toda marcha.
Ahora bien, si hemos de trazar un futuro comparativo entre Argentina y Brasil, es seguro que este último se lleva las de ganar. Porque hay una realidad lamentable: la falta de un plan estratégico para el sector, en Argentina, impide un desarrollo más pronunciado.
Mientras que el financiamiento para la industria le permite al fabricante brasileño sacar ventaja sobre cualquier otro proveedor, con tasas de interés y plazos más convenientes, en Argentina el cuadro es poco alentador desde la perspectiva de la política macroeconómica.
La magnitud del mercado brasileño llama a la inversión de las empresas multinacionales. Y por otra parte, las filiales brasileñas de las multinacionales tienen el manejo del resto de las subsidiarias en Sudamérica.
¿Somos socios de Brasil? Efectivamente, lo somos. Pero también formamos parte de su competencia. Y en tal sentido, falta mucho por hacer, sobre todo que debemos pelear en el campo internacional con la pesada mochila de las retenciones.
Pero así y todo, la Argentina va a dar otro batacazo en esta campaña. Los cálculos que hacemos desde la Consultoría Económica para el Agro establecen un volumen de cosecha de 37 millones de toneladas. Este valor se ha fijado en vista de las lluvias registradas en buena parte de la zona sojera a lo largo de los cruciales últimos 30 días y el acentuado retroceso que tuvo la siembra del maíz por falta de agua.
El efecto de la sequía contrajo la superficie de maíz, con una pérdida de 550.000 hectáreas respecto de 2002. Ello se dio así pese a que al comenzar la campaña la intención de siembra tenía un aumento del 7%.
En cambio, al momento de sembrar la soja tanto de primera como de segunda, la situación climática mejoró sustancialmente.
Por ello, sostenemos el cálculo de 37 millones de toneladas. En tal caso, señores productores, un negocio bueno será ir previendo dónde guardar la cosecha.