La desertificación es un desafío ambiental y socioeconómico de primer orden: amenaza al 24% de la superficie terrestre en 126 países y afecta al 35% de la población mundial. Los esfuerzos internacionales para combatirla se han centrado tradicionalmente en medidas de reverdecimiento a corto plazo, como la reforestación y la exclusión del pastoreo, dejando en un segundo plano las limitaciones de recursos y los medios de vida locales que suponen.

Este enfoque genera problemas: crea barreras ocultas para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) a largo plazo de la ONU, según ha concluido una investigación liderada por el Instituto de Ciencias Geográficas e Investigación de Recursos Naturales de la Academia de Ciencias de China, publicada en ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’ (PNAS). Sus autores proponen una reorientación estratégica.

El estudio evalúa las consecuencias socioeconómicas de las estrategias de reversión de la desertificación y explora los beneficios potenciales de prácticas agrícolas innovadoras, utilizando modelos de alta resolución para cultivos y pastos. China, donde el 44% del territorio es propenso a la desertificación, sirve como caso de estudio crítico y representativo a escala global.

Costes socioeconómicos

Los hallazgos de los investigadores revelan que las estrategias convencionales, como el programa denominado ‘Grano por verde’ (pago por servicios ecosistémicos aplicado en China, basado en la retirada temporal de tierras de cultivo susceptibles a la erosión del suelo) y la exclusión del pastoreo, aunque han logrado avances en la cobertura vegetal, provocan importantes costes socioeconómicos.

La investigación proyecta que, bajo las tendencias de calentamiento y humectación esperadas para el período 2023-2050, continuar con estas políticas provocaría reducciones de hasta el 54-55% en la producción de grano, el 81% en la producción ganadera y el 61% en los ingresos agrícolas, en comparación con un escenario sin intervención.

Frente a este panorama, la investigación aboga por un marco estratégico ‘reimaginado’. Los resultados indican que estrategias que enfaticen el cultivo de pastos y el cambio de cultivos, según las condiciones locales, pueden generar beneficios simultáneos.

Aprendizaje estadístico

"Convertir tierras de cultivo marginales en pastos y adaptar la selección de cultivos a las condiciones ambientales locales puede aumentar simultáneamente la cobertura vegetal regional entre un 0,2 y un 0,6%, elevar la producción ganadera entre un 5,1 y un 35,2%, y aumentar los ingresos agrícolas entre un 20,5 y un 22,2%, al tiempo que reduce los déficits hídricos ecológicos entre un 0,1 y un 3,7%", señala el estudio.

Los investigadores desarrollaron un marco escalable de toma de decisiones que integra múltiples algoritmos de aprendizaje estadístico con datos empíricos de alta resolución y extensos conjuntos de datos ambientales. Este modelo, que incorpora 95 variables biofísicas, permite cuantificar los ‘co-beneficios’ de una asignación optimizada de recursos entre la lucha contra la desertificación, el desarrollo socioeconómico y la eficiencia en el uso de recursos.

Impacto significativo

Al alinear estos resultados con el marco de los ODS, el impacto potencial es significativo. El enfoque propuesto "podría ayudar a asegurar suministros adecuados de proteínas para más de 70 millones de personas, sacar a casi ocho millones de personas de la pobreza extrema y aliviar la escasez de agua para más de 130 millones de personas".

A escala global, estos resultados se estima que contribuyen un 0,7% al ODS 1 (Fin de la pobreza), un 9,8% al ODS 2 (Hambre Cero) y un 3,8% al ODS 6 (Agua limpia y saneamiento). No obstante, el estudio también advierte sobre las inevitables compensaciones (trade-offs) entre distintos objetivos.

Maximizar la productividad agrícola y ganadera para garantizar la seguridad alimentaria puede agravar la escasez de agua, mientras que priorizar la conservación del agua podría reducir la rentabilidad agrícola. Asimismo, la restauración máxima de la vegetación puede desplazar a hogares dependientes de la tierra.

Lograr resultados óptimos en una de estas dimensiones requiere reasignar entre 26,3 y 31,2 millones de hectáreas, una tarea que requiere inversiones sustanciales de mano de obra y capital.

Hoja de ruta práctica

Los investigadores concluyen que abordar estos desafíos exige esfuerzos coordinados entre comunidades, instituciones, gobiernos y socios internacionales, respaldados por datos ambientales de alta resolución, proyecciones climáticas fiables y evaluaciones socioeconómicas específicas por región.

"Al combinar las realidades ambientales locales con las prioridades globales de los ODS, el estudio proporciona a los responsables políticos, las agencias de desarrollo y las convenciones internacionales una hoja de ruta práctica para hacer que el control de la desertificación sea más eficaz, inclusivo y resiliente", destacan los autores.

Fuente: Informacion.es