Respecto de la coyuntura, tanto los stocks como los tipos de cambio son parte
fundamental de ella. Según sea el valor de la moneda de un país, éste tendrá
mayor o menor capacidad de compra en alimentos. La experiencia de los años
1996/97 es reveladora. Los altos precios de ese período se debieron no sólo a
la baja en los stocks mundiales; también tuvieron una fuerte connotación con
la demanda. Es que la mayor parte de Asia vivía un ciclo de auge económico.
¿Por qué? Pues porque sus economías recibían un elevado ingreso de
capitales; ello le permitía mantener tipos de cambio -dólar bajo- favorables a
las importaciones.
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Una elevada proporción de la producción mundial de cereales y oleaginosos se
origina en el hemisferio norte. De allí que los sorpresivos y significativos
ajustes en la estimaciones del Departamento de Agricultura de Estados Unidos
(USDA, en sus siglas en inglés) para la producción sojera en EE.UU. actuaron,
a partir de agosto, como disparadores sobre los precios. El cuadro de oferta no
sólo es preocupante en este país sino que se extiende a buena parte del
hemisferio.
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Así las cosas, los precios de la soja de hoy son el resultado de las
proyecciones de cosecha en el Norte. Pero no sólo de ello. El actual
debilitamiento del dólar con relación al yen, al euro y otras monedas
"aceita" el engranaje de demanda de los mercados fuera del área
dólar. Por ello, la UE se presenta como un alto demandante de soja.
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Claro que la cosa puede cambiar. Si lo hace, seguramente, no será por el tipo
de cambio. El grave problema de los EE.UU. en materia de déficit tanto en el
plano fiscal como en la cuenta corriente (los llamados déficit gemelos) pone
cierto horizonte sobre el mantenimiento de un dólar desvalorizado, al menos en
el muy corto plazo.
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Distinto es el tema en materia de stocks. A medida que pasen los meses, mayor
será el peso sobre la formación de precios por parte de la oferta potencial y
real de Brasil y la Argentina. El USDA estima la producción norteamericana de
soja en 67 millones de toneladas, y una proyección en Brasil de 60 y en
Argentina de 37 millones. América del Sur alcanzaría, así, una producción
superior a la de EE.UU. de más o menos 60 por ciento.
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En la campaña 1993/94, la producción argentina era de 12,4 millones de
toneladas. En la actual campaña se multiplicará por tres, en tan sólo 10
años. Sólo Brasil le hace sombra, pero la sustentabilidad de los sistemas
tropicales es muy endeble, al revés de lo que sucede en áreas templadas como
las de la Argentina y EE. UU.
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En donde no se vislumbran grandes cambios, por cierto, es en el plano
estructural. Existen fuertes tendencias al aumento de la demanda mundial. En la
actualidad, Europa es una importante locomotora de la demanda. La sigue China,
que, con años de crecimiento sostenido y un inmenso número de habitantes que
empieza a agregar a su dieta, basada en los cereales, carne de ave y de cerdo.
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Otro puntal estructural en la demanda mundial se encuentra en la industria
manufacturera, en la que se están desarrollando diferentes segmentos de
consumo.
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Impacto en la Argentina
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¿Qué nos depara la soja en la Argentina? Las exportaciones totales argentinas
alcanzarían, este año, una cifra superior a 29.500 millones de dólares (4000
millones por encima de lo exportado el año pasado). Casi el 60% de las
exportaciones argentinas proviene del agro y la agroindustria. Pero hay algo
sorprendente: la cadena de valor de la soja representa alrededor del 28% del
total por exportar. No hay cadena con mayor peso en toda la estructura
exportadora argentina. Es cierto que la mejora de precios explica buena parte de
ello, pero la razón central está en su alto grado de producción y
competitividad.
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Lamentablemente, el cuadro institucional deja mucho que desear. Y opera en
contra. La caída de volumen e importancia del mercado de futuros de granos, con
la consecuente pérdida de transparencia en la formación de precios agrícolas,
es grave. Muy grave. Así también lo es la falta de un marco normativo, en
materia de biotecnología, imprescindible para el buen fluir de inversiones,
investigación y descubrimientos. Tampoco contribuye este ambiente institucional
al avance de inversiones para lograr que los eslabones más ligados al consumo
final se establezcan en nuestro país.
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Lo cierto es que los precios son muy buenos y que la falta de instituciones
válidas dificulta la captura actual de aquéllos. El menor valor de la moneda
norteamericana, sin duda, juega en favor de la mejora de los precios. Habrá que
ver qué pasa con la cosecha de América del Sur.
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El autor es economista y autor del libro "La Argentina agrícola: un país
que niega su destino".