Aunque resulte increíble, todavía no hay consenso sobre cuán gravitante es
y debe ser la actividad agraria dentro de la economía de nuestro país. Por las
ideologías surgidas luego de la gran crisis del año 30, aún hoy subyace una
predisposición negativa hacia ella.
Por décadas, la visión dominante sostuvo la necesidad de industrializar el
país aun a expensas de la producción agraria porque, se decía, esta actividad
no podría ser sustentable a lo largo del tiempo debido al presunto deterioro de
los términos de intercambio.
Lo más curioso de este comportamiento es su germen, tan contradictorio como
destructivo. La Argentina ha mantenido una tendencia a transitar tiempos de
euforia, con una tasa de consumo interno superior a sus posibilidades, mientras
tuviera financiamiento. Esta actitud dilapidadora estuvo asentada, en buena
parte, en la creencia de que la actividad agropecuaria podía aportar los
recursos necesarios para cubrir los frecuentes desvíos fiscales.
Pero al quitar el sesgo ideológico del análisis, fácil resulta entender que
no se trata de relegar la industria manufacturera, sino de favorecer también su
crecimiento a partir de la extracción de los múltiples recursos naturales
existentes. La actividad agraria no es un escollo para la industria sino que,
por el contrario, es una nueva forma de industria.
La visión de la cadena de valor claramente lo demuestra: a medida que cada
eslabón se va acercando al consumidor, mayor es el grado de industrialización
y diferenciación existente. Además, la producción primaria origina la
necesidad de industrias tan complejas como las de bienes de capital, insumos y
biotecnología.
No hay dos bandos
No hay duda de que la nuestra debe ser una nación industrializada. Pero por
ello, no es lógico contraponer una visión industrial a otra agraria. Sobre
todo en la actualidad, en que el agro resulta claro generador de industrias. Al
contar con nuevas tecnologías, la actividad agraria posibilita un gran
crecimiento tanto en la producción primaria como en la de servicios, con
inmediata repercusión en las tan necesarias exportaciones y en el aumento del
producto bruto interno.
Actualmente, al creciente grado de apertura de las economías se le suma el
fenómeno de la globalización e instantaneidad de las comunicaciones. Ello ha
logrado establecer un altísimo nivel de competencia imperfecta. Así, entre las
empresas de diferentes naciones, en un medio en el que el mercado es más bien
único, de modo que todos los agentes pueden comprar y vender en cualquier país
casi como si se tratara de uno solo, la actividad agraria y agroindustrial
argentina compite con envidiable éxito.
Reasignar recursos
En otros tiempos la competitividad provenía, en su mayor parte, de las ventajas
comparativas. Pero ahora, tales ventajas han sido desplazadas hacia un plano
inferior por las ventajas añadidas determinadas por la tecnología, el
conocimiento y la innovación.
De hecho, actualmente, hay muchas naciones con escasos recursos naturales, que
sin embargo son grandes exportadoras de alimentos merced a su alto nivel
tecnológico (y al apoyo del Estado).
En el actual cuadro de globalización, la economía argentina exige un salto en
la productividad. Este salto sólo podrá lograrse aspirando a niveles de
productividad y calidad internacionales. Y ese nivel sólo podrá alcanzarse si
se llega a recrear las instituciones, de manera que se puedan reducir los costos
de transacción y adoptar las políticas económicas y sociales adecuadas, con
una elevada inversión en capital humano. En tal contexto, es la actividad
agraria y toda su cadena de valor la que se constituye en disparador de
progreso. El salto vendrá si se produce una inteligente reasignación de
recursos en aquellas actividades con mayores ventajas naturales o con mayor
capacidad para desarrollar ventajas competitivas. Ello exige la reconsideración
por parte de los dirigentes sobre el papel decisivo de la actividad agraria en
la economía argentina. Es hora de que los intelectuales y los gobernantes se
reconcilien con ella.
El autor es economista. Escribió La Argentina agrícola: un país que niega su
destino , editorial Temas, Fundación K. Adenauer