En este texto nos vamos a enfocar exclusivamente al crecimiento vegetativo que puede tener cada tambo. Ese crecimiento paulatino del rodeo que se va dando con el correr del tiempo, que no es inmediato, sino que tiene sus tiempos biológicos, que son inamovibles, pero que una vez consolidado, se hace sentir. El crecimiento descansa fundamentalmente en dos aspectos: por un lado, la medida de entradas al tambo (vaquillonas que entran a ordeñe), y por otro, el nivel de bajas, constituido por muertes y descartes.

Si el ritmo de salidas hace que se deban destinar anualmente una mayor cantidad de vaquillonas para compensarlo, ello afecta la medida de crecimiento. Es en definitiva una cuenta matemática de sumas y restas, y el crecimiento (si lo hay), es la resultante. Es importante entonces poder cuantificar todos los beneficios que conlleva el poder crecer.

Un largo camino a recorrer

Es un largo camino que comienza allá lejos, cuando una vaquillona entra en servicio, preparándose para su futuro ingreso al tambo. O incluso antes, en el tiempo que le ha llevado a esa vaquillona estar lista para tomar servicio y eso depende de la alimentación que haya recibido durante la recría.

Aunque puede parecer obvio y archiconocido, no está demás ir detallando cómo sigue el camino: esa vaquillona parirá luego, entrará al tambo, luego volverá a preñarse para su segundo parto, y así sucesivamente a lo largo de su vida productiva.

Ahora bien, en el camino muchos factores estarán incidiendo en el ritmo de crecimiento vegetativo de ese rodeo. Porque una deficiente detección de celo, problemas luego en la inseminación, ocurrencia de abortos, etc. van conspirando contra el posible crecimiento. Y falta tener en cuenta que la mortandad perinatal, como la de la guachera, o en la recría y en el tambo, como así también la tasa de descartes, son otras causas que condicionan el nivel de crecimiento.

El costo para crecer

Siempre que se postula un objetivo o una alternativa surge invariablemente la pregunta de cuál es el costo que implica llevarla a cabo, no sea cosa que el remedio sea peor que la enfermedad. En este caso, en realidad, si nos ponemos a analizar los pasos enumerados anteriormente y los posibles obstáculos que pueden ir surgiendo para afectar el crecimiento, vemos que todos pueden ser superados, en algunos casos con un reducido costo, y en otros directamente con costo cero. Mejorar la detección de celo, realizar una adecuada inseminación y reducir la mortandad en general, ¿implica entrar en mayores costos o simplemente ajustar las tecnologías de procesos, contar con personal capacitado e incentivado, monitorear constantemente la marcha y el seguimiento de todo lo que se está llevando a cabo en el tambo? La excepción es el uso de semen sexado para la inseminación, por ejemplo. Pero tampoco es una estrategia infalible, sino que debe estar acompañada de todo un seguimiento. Alguien puede aducir que reducir los descartes en el tambo puede implicar más gastos de alimentación en el rodeo de menor productividad. Y es entendible el argumento. Pero es mejor ver todo el sistema que fijar la lupa puntualmente en el costo de alimentación de ese rodeo.

Como vemos, crecer o mejorar dicho crecimiento no implica, por lo menos en la mayoría de los casos, entrar en mayores costos sino “simplemente” estar detrás de todos los procesos implicados. Pero el simplemente entre comillas quiere decir que no es una tarea fácil, sino que requiere mucha dedicación diaria, constante, a toda hora, hasta en los menores detalles, pero que sin dudas tiene sus recompensas luego.

Los beneficios de crecer

Aquí aparecen las preguntas: ¿cuál es la tasa promedio de crecimiento de los tambos en nuestro país?, ¿qué porcentaje de los tambos viene creciendo a ritmo sostenido año tras año?, ¿son la excepción o la regla?, ¿cuál será el umbral de la tasa de crecimiento para considerar que se está en la buena senda? No soy veterinario de modo que todas esas respuestas se las dejo a los que saben del asunto. Pero me animaría a decir que los tambos que vienen creciendo a ritmo sostenido año tras año son más la excepción que la regla.

Si resulta un proceso tan largo y complejo, es mejor que las recompensas lo justifiquen. Recordemos que estamos hablando del capital hacienda, que no es un rubro más dentro del activo de las empresas tamberas, sino que es el segundo en importancia, luego del capital tierra. De modo que en aquellas que trabajan en forma parcial o total sobre tierra de terceros, es decir que arriendan toda o determinada parte de las superficies en producción, pasa a ser el principal capital, nada más ni nada menos, y que puede crecer en forma vegetativa, sin necesidad de compra cuando se ha logrado consolidar todo el sistema mencionado. Es decir que la empresa se va capitalizando en su principal rubro del activo, simplemente logrando que el rodeo vaya creciendo a una tasa sostenida.
¿Cómo medir entonces los beneficios del crecimiento? Quizás sea un rubro que en pocas empresas se mida, pero que puede cuantificarse de diversas maneras, según el destino que cada una le dé a ese crecimiento.

Qué hacer luego con el crecimiento

Convengamos que no hay un solo nivel al cual se le pueda considerar el crecimiento, sino que están todos los matices: desde el tambo que apenas lo puede hacer, hasta aquel que se ha consolidado en un crecimiento sostenido a lo largo de los ejercicios. Sea como fuere, el beneficio estará en todos, por supuesto con mayor énfasis en aquellos con mayores tasas, y eso se traducirá luego, indefectiblemente, en resultados económicos, como todo lo que ocurre con los parámetros del tambo, sean tangibles y medibles como aquellos intangibles también.

El síntoma inequívoco de que se está creciendo es cuando en un tambo llega la hora de la reposición, es decir de ir incorporando vaquillonas para reponer las vacas que han muerto o han sido descartadas. Si la cantidad de vaquillonas preñadas o a inseminar supera la reposición requerida, entonces es el síntoma más evidente de que ese tambo está creciendo.

Y el término creciendo abarca todo el abanico de posibilidades: desde aquella empresa que decide agregar más vaquillonas que las requeridas para la reposición, es decir que considera que aún no ha llegado al techo de vacas en ordeñe, como el que haya decidido renovar su plantel de tambo, es decir, incorporar más vaquillonas a cambio de sacar de producción las vacas con mayor número de lactancias y producción en descenso.

Cuando mejor se puede medir en términos económicos el resultado de poder crecer es cuando, gracias al excedente de vaquillonas de reposición, se toma la decisión de venderlas como vaquillonas preñadas, la categoría de mayor valor dentro de todas las que componen el tambo.

Hay que reconocer que el mercado de venta de hacienda de tambo, y especialmente de vaquillonas, no es un mercado estable, sino que tiene sus altibajos, siempre relacionados con el momento por el que esté pasando la actividad, y eso a su vez condicionado en gran medida por el precio de la leche y los costos, especialmente los referidos a la alimentación. En los buenos momentos del tambo se activa el mercado con mejores precios mientras que, en los momentos de crisis, eso se ve reflejado inexorablemente en la actividad del mercado de compra venta de hacienda para producción.

Conclusión

Las empresas que están creciendo en su capital hacienda, el más importante luego de la tierra, cuentan con una ventaja muy importante, que si se puede sostener en el tiempo, pasa a ser un componente vital en sus posibilidades, un diferencial a su favor, al que se llegó en forma paulatina con muy pocos costos agregados, pero que retribuye importantes beneficios. El desafío entonces es comenzar o continuar con todo lo que hace falta para llegar al crecimiento sostenido, esa ansiada meta de muchos.

Por Ing. Agr. Félix Fares
Fuente: Caprolecoba