Estas crisis han hecho aún más relevante la urgencia de repensar y actuar frente a las consecuencias negativas de las actividades humanas sobre los ecosistemas, la salud, el sobreconsumo, las desvinculaciones entre los seres humanos, así como con lo que comemos y sus modos de producción.
Frente a la insostenibilidad del modelo de producción y consumo en masa, extractivista y dañino tanto para la fauna y la flora como para la sociedad en general. Se han construido diversos modelos alternativos, casi siempre conformados desde la sociedad civil, esto con el propósito de intentar responder a los retos de la autosuficiencia y soberanía alimentaria.
En ese sentido, se han consolidado iniciativas ciudadanas en forma de colectivos, mercados de productores alternativos, cooperativas y redes. Estas iniciativas buscan restablecer los vínculos entre campo y ciudad, conectar a personas productoras con personas consumidoras a través de relaciones de proximidad social, principios comunitarios y de solidaridad así como acompañar el proceso de reflexión y transición hacia formas de producir y consumir de manera sustentable, local y bajo los principios del comercio justo.
A partir de ello se puede observar desde hace algunos años la multiplicación de esas iniciativas organizadas en lo que llamamos Cadenas Cortas Agroalimentarias (CCA) donde participan una gran diversidad de actores desde la persona productora hasta la consumidora final, para restablecer las relaciones entre los que comen y los que producen. Estas organizaciones ciudadanas participan en la relocalización de la economía, es decir se centran en poner en el centro de la economía a la vida y no a los intereses económicos. Estas iniciativas buscan la promoción de intercambios que permitan vincular los diferentes actores de la cadena, desde la producción primaria hasta el consumo final en un mismo territorio. Las cuales se han ampliado principalmente en las ciudades, principales centros de actividad económica y consumo, pero al mismo tiempo de contaminación y generación de gases de efecto invernadero (GEI).
Las cadenas cortas agroalimentarias son ejemplos de respuestas frente a los diferentes desafíos que plantea la necesidad de crear un sistema alimentario más sustentable y justo, por lo que su desarrollo permite empoderar a las comunidades para construir economías más locales y resilientes. Claramente, existe la necesidad de aumentar el acceso de la gente a alimentos producidos localmente y ecológicamente (libres de plaguicidas químicos y transgénicos), preferiblemente vendidos en envases reutilizables para evitar los desechos generados por plásticos de un solo uso; por eso, es necesario reproducir estos modelos para que cada vez más personas tengan acceso a ellos.
Es momento de reconstruir y transformar el modelo agroalimentario, de crear mercados diferenciados que permitan a las productoras y productores de pequeña y mediana escala, agroecológicos o en transición, comercializar sus productos, que nos permita fortalecernos como sociedad gozar de alimentos nutritivos e inocuos,especialmente durante la pandemia de Covid-19 para fortalecer nuestra capacidad de resistencia a futuras pandemias y otras crisis, incluida la emergencia climática.