Tres características se resaltan en la mayoría: 1) tristeza en sus ojos, quizás por la realidad familiar, casi siempre marcada por las precarias condiciones de vida; 2) la desesperanza en el futuro, quizás por falta de perspectiva para el cambio; y 3) una baja autoestima provocada por una autoimagen negativa.

Destaco las historias de Luan y Rosana (nombres ficticios), adolescentes de 13 y 14 años, que ya habían perdido tres años escolares, como consecuencia de las dificultades enfrentadas en sus familias. Sus realidades eran el hambre y el desempleo, sumado a problemas de salud de familiares y condiciones insalubres de sus hogares. La comida no llegaba a sus casas con regularidad.

Después de darme cuenta de este escenario, empecé a solicitar suplementos alimenticios para ambos al comienzo de la clase, porque veía en sus ojos que les faltaba ánimo por la ausencia de alimentos. Con eso, fui observando una mejora en sus actividades. Aun así, ese año no logramos alfabetizarlos. Los vimos ser parte de las estadísticas y de las predicciones que llevaban a muchos escolares: el abandono escolar, la informalidad en el trabajo o, incluso, la marginalidad social.

Durante muchos años, asumí el fracaso de algunos estudiantes como una derrota personal. Pero con madurez y experiencia comprendí que era un problema producido por la suma de varias ausencias, una de ellas, la alimentación saludable desde la niñez y, posteriormente, en la escuela, que podría suplir mínimamente las deficiencias nutricionales.

Las imágenes de Luan y Rosana volvieron a mi memoria cuando escuché al Secretario General de la ONU, porque tenemos en el mundo 388 millones de estudiantes y uno de cada dos de ellos no comerá nada durante su permanencia en la escuela. Y más allá por saber que más de 10 millones de estudiantes en América Latina y el Caribe tienen y tendrán en la alimentación escolar su única comida del día.
Sabiendo que la escuela pública es el Estado ejerciendo su función de garantizar una educación de calidad, ¿Cómo hemos permitido el hambre en la escuela? ¿Cómo erradicar el hambre que sigue persiguiendo a nuestros estudiantes?

La pandemia ha llevado a millones a la pobreza extrema, ha cerrado miles de puestos de trabajo, ha provocado el cierre de escuelas, ha reducido las condiciones de aprendizaje para muchos y ha quitado alimentos de calidad a quienes los tenían. Son, paradójicamente, retos globales para todos y cada uno.

Los programas de alimentación escolar, bien estructurados o no, ya existen en casi todos los países. Hay que potenciarlos y sabemos que hay suficiente producción para hacerlo. Muchos países de América Latina ya han demostrado que se trata de un esfuerzo colectivo e interinstitucional que combina los esfuerzos de los administradores, parlamentarios y la sociedad civil, pública y privada, estudiantes y la comunidad. Es un tema capaz de unir a políticos de diferentes partidos.

Por medio de la Red de Alimentación Escolar Sostenible (RAES), impulsada por el Gobierno de Brasil, con el apoyo de la FAO, hemos trabajado, junto a 21 países de la región, para dialogar, intercambiar experiencias y buscar soluciones a los desafíos durante y post pandemia, donde, además reforzamos la importancia de estos programas para el incremento de ingresos a la agricultura familiar local por medio de las compras públicas y como contribución a la erradicación de la pobreza y del hambre.

En el marco de este trabajo constante, el 10 de noviembre estamos lanzando una plataforma virtual de la RAES (www.redraes.org), que facilita y permite incrementar el intercambio que iniciamos hace años para fortalecer la alimentación escolar a nivel regional. Para ello, las autoridades de los países miembros se reunirán en un seminario sobre este tema, donde reafirmarán su compromiso con esta política.Como dijo el Secretario General, António Guterres, “Los problemas que creamos son problemas que podemos solucionar. La humanidad ya nos ha demostrado que somos capaces de grandes cosas, cuando trabajamos juntos”.

Por Najla Veloso, maestra y coordinadora del programa de alimentación escolar de la Cooperación Brasil-FAO