Las conferencias cada dos o tres semanas del presidente Fernández, el gobernador Kicillof y el jefe de gobierno Rodríguez Larreta se han convertido en un clásico de la pandemia. Cuando todo esto quede por fin atrás, seguramente permanecerá en nuestras mentes la imagen de los tres dirigentes sentados en esa larga mesa de la quinta de Olivos anunciando la extensión del aislamiento obligatorio, una y otra vez. Recordaremos también cómo Alberto Fernández se encargaba personalmente de mostrar mapas, gráficos y datos en cada una de sus alocuciones. Y puede que algún pícaro recuerde incluso que el “gobierno de científicos” siempre metía la pata, ya sea con una comparación mal formulada que disparaba un incidente diplomático o, como el pasado viernes, con el mal manejo del software (no podían ponerle pausa a la auto reproducción de las diapositivas). Errar es humano. Si lo sabremos los argentinos.

De todas formas, en el último tiempo, los anuncios del presidente fueron perdiendo coherencia y los mensajes que bajan desde el gobierno se han tornado difusos y hasta contradictorios, al punto tal de que ya no se comprende muy bien cuáles son los límites de circulación impuestos o qué cree el propio Fernández sobre la cuarentena. El 31 de julio, hace apenas dos semanas, cuando desde Olivos se anunció la extensión del aislamiento obligatorio hasta el 16 de agosto, el presidente lanzó una advertencia taxativa para que se respete y emitió un duro DNU en el cual prohibía cualquier tipo de encuentro social, sosteniendo que quienes los lleven adelante podrían incurrir en una responsabilidad penal. En efecto, uno podría ir preso por visitar a sus padres, hijos y amigos. De hecho, en los juzgados federales de Comodoro Py se acumulan literalmente miles de casos por violaciones de la disposición aún vigente.

Sin embargo, tan solo dos semanas después, nos enteramos de que al presidente le asombra que le hablen de “cuarentena” porque muchos argentinos evidentemente desconocieron sus directivas y salieron a la calle con relativa normalidad. Así, el gobierno parece darse cuenta de que la forma que adquiere el aislamiento para prevenir el Covid-19 depende mucho más de la conducta social (de la responsabilidad de los ciudadanos) que de las medidas que se fijen sin debate parlamentario en el Boletín Oficial.

En este contexto, los anuncios de flexibilización son más reactivos que proactivos por parte del gobierno. La insólita polémica que se desató la semana pasada entre el remero Ariel Suárez y Ginés González García da cuenta de esto. El miércoles pasado, el Ministro de Salud afirmó en el programa "A dos voces" que los deportes olímpicos están todos habilitados, cuando dos días antes a Suárez (finalista de los JJOO de Londres 2012), la Prefectura le había labrado un acta por entrenar solo en el Río Reconquista. Entonces, ¿los deportes olímpicos estaban habilitados como dijo Ginés o como Suárez salió a remar de todas formas, desafiando las disposiciones oficiales y mostrando que la prohibición era absurda, se dio paso a la flexibilización? Quizás el propio Ginés no tuviese muy claro qué se encontraba permitido y qué no, o quizás Prefectura (que debe hacer cumplir la norma) no lo sabía. La insistencia de algunos deportistas ha logrado finalmente que el Ministerio de Salud nacional aprobase protocolos que estarán vigentes a partir de hoy para la realización de deportes individuales como el remo, el tenis, el golf, el atletismo y el ciclismo, entre otros. Sin embargo, vale la pena resaltar que la determinación final será facultad de los respectivos gobernadores.

Las dudas y contradicciones respecto de cuál es el rumbo y la velocidad de la flexibilización se hace cada vez evidente. Pues mientras el gobierno nacional intenta olvidar el concepto de cuarentena, describe cómo el 90% de la industria ya se encuentra funcionando y admite que muchísimos comercios han desafiado sus propias disposiciones para atender al escaso público que demuestra interés en comprar algo, algunos funcionarios, principalmente de la provincia de Buenos Aires, siguen pronosticando desastres sanitarios, hablan de detener la flexibilización o incluso volver hacia atrás.

La semana pasada el Ministro de Salud bonaerense Daniel Gollan advirtió que si la progresión de casos se mantiene hay que pensar en hacer un cierre más estricto, aunque admitió que “hay que ver si la gente luego lo acompaña”. Es la gente la que decide, pero como buen kirchnerista los medios siempre tienen parte de la culpa, ya que para Gollan "hay periodistas que no ayudan a crear conciencia con la cuarentena". Como si el ciudadano promedio necesitara escuchar a un comunicador determinado para definir su vida.

Mientras, el mismo gobierno que tanto insistió con la cuarentena como único mecanismo para contener el avance del virus, ahora parece ignorarla. “Hace rato que no hay cuarentena, sólo alcanza con salir a la calle para comprobarlo” afirmó el presidente el viernes al anunciar la extensión del asilamiento (prohibido decir cuarentena) hasta el 30 de agosto. Algunos aseguran que este cambio discursivo tiene que ver con la caída de la imagen de Alberto Fernández. Entre marzo y abril, la sociedad argentina le había reconocido la adopción temprana de las medidas para mitigar el impacto de la pandemia y valoró sobre todo la cooperación y coordinación con las otras jurisdicciones, incluyendo gobernadores pertenecientes a la oposición. Así, su imagen positiva creció 10 puntos porcentuales (20% en términos relativos). Sin embargo, a medida que las consecuencias económicas y sociales de las restricciones se fueron haciendo cada vez más evidentes, su imagen se fue deteriorando, al punto tal de que en julio regresó a los niveles pre pandemia (51% de imagen positiva, 44% de imagen negativa).

Si la caída de la imagen de Alberto Fernández fue en efecto un elemento determinante en el cambio registrado en el discurso del gobierno, nadie puede en principio suponer que eso solo contribuirá a mejorarla. Es cierto que el comité de expertos que asesora al presidente (que por fin adquirió una perspectiva interdisciplinaria, al incorporar al psiquiatra Santiago Levin, a la psicóloga Alicia Stolkiner y al cientista social Juan Piovani), le recomendó no hablar más de cuarentena, ya que la recepción por parte de la sociedad es negativa. También, le advirtieron por los efectos psicológicos de la pandemia, que desde el comienzo habían sido mencionados por otros especialistas, como Facundo Manes. Además, en todos los países civilizados los gobiernos habían conformado grupos de asesores con perfiles diversos, no sólo infectólogos, para tener en cuenta la multiplicidad de aspectos involucrados tanto en la pandemia como en las cuarentenas.

De repente, “cuarentena” se convirtió en una palabra políticamente incorrecta. La mejor síntesis de esta sorprendente modificación de los ejes discursivos del gobierno la hizo el valiente remero Ariel Suarez: al escuchar al Ministro de Salud afirmar que su deporte no había estado prohibido, respondió, lacónico, “me hubieras avisado antes”. Una humilde sugerencia: si hacen lo mismo con el cepo al dólar, por favor chiflen.

Por Sergio Berensztein
Fuente: TN