Tienen, la administración y el propio Mauricio Macri, demasiados frentes abiertos, con partidos a mitad de jugar y cuyos resultados aparecen inciertos. Tomemos, por caso, tres asuntos rutilantes y de alta sensibilidad pública: la marcha de la economía, la guerra con Hugo Moyano, y el debate abierto por la acción del suboficial de Policía Luis Chocobar.

Es una mala noticia, para el Gobierno, la discusión dialéctica alrededor de la inquietante suba del valor del dólar. El presidente del Banco Nación, Javier González Fraga, por ejemplo, sostiene que, pese a las apariencias, se trata de un buen dato, porque da impulso a las economías regionales. Pero la mayoría de los economistas de la oposición afirman que, más temprano que tarde, el aumento de la moneda norteamericana se trasladará a los precios. Incluso algunos se animan a pronosticar que, con el dólar a 20 pesos, la inflación anual crecerá por lo menos dos puntos extra.

En cualquier caso, en los sectores de la economía que trabajan con insumos importados, como la construcción, ciertos proveedores ya se empezaron a cubrir y trasladaron al consumidor final el aumento de los insumos que habían comprado a un dólar más barato. Algo parecido podría suceder con las discusiones paritarias: la mayoría secretarios generales de los gremios que forman parte de la discusión pública se van a cubrir. Entonces no aceptarán firmar por menos del 20%, porque los economistas que los asesoran ya les anticiparon que ese será el porcentaje de la inflación durante 2018.

En este contexto, la protesta social irá in crescendo por lo menos hasta que empiece el Mundial de Fútbol, cuando una buena parte del planeta se transforme en hincha-fanático de Leonel Messi y los asuntos de la economía pasen a segundo plano, o sean ignorados olímpicamente.

El enfrentamiento con Moyano, en cambio, debe ser analizado desde una doble perspectiva. La primera, el impacto en la opinión pública. En ese terreno, para el Gobierno y también para Macri, debería ser pura ganancia. El líder de los camioneros es uno de los dirigentes con más imagen negativa. Reúne, para dos tercios de los consultados, los peores atributos que uno pueda imaginar.

En los focus groups que encargan funcionarios, el Negro representa el pasado. Además, es considerado un símbolo de la corrupción y la prepotencia. Cuando a los encuestados se les pide una definición sobre lo que es responden: "un sindicalista-empresario-millonario". Por supuesto: presuponen que su riqueza no es producto del esfuerzo personal ni del trabajo, sino de los negociados que, descuentan, protagonizó, aprovechándose de los trabajadores de su gremio. "Para los resultados de las encuestas de imagen, Moyano es el enemigo perfecto, porque tiene más poder real que Cristina Fernández, ahora de capa caída. Entonces Mauricio, solo con pararse en el cuadrilátero y enfrentarlo, ya demuestra que tiene coraje político y al mismo tiempo que su promesa de luchar contra las mafias va en serio", interpretó un incondicional de Cambiemos sin responsabilidades de gestión.

El otro ángulo de análisis es qué costo real podría terminar pagando el Gobierno y el titular del Poder Ejecutivo si la pelea se hace larga y descarnada. Si se transforma, por su extensión, en algo parecido a la guerra de los Kirchner contra el campo. Si se convierte en un conflicto de consecuencia nefastas para la vida cotidiana. Con un paro de camiones por tiempo indeterminado que vacíe cajeros automáticos, genere desabastecimiento de hipermercados y otros centros de venta de alimentos y que incluya, por ejemplo, a los vehículos que distribuyen el combustible a las estaciones de servicio.

Altos funcionarios sostienen que no se llegará a ese extremo. Pero dos fuentes que expresan al ala política de Cambiemos opinaron que frente al el caso Moyano el oficialismo se debería parar del mismo modo en que debería enfrentar la escalada del precio del dólar. "Tanto al tipo de cambio como a la pelea con Moyano habría que ponerle un freno, o un punto final ahora mismo, porque si la escalada continúa y la dinámica se empieza a acelerar, un buen día apareceremos corriendo a los dos problemas de atrás, y ese sería el peor de los escenarios", interpretó.

También debería ser estudiada desde una doble perspectiva la discusión abierta sobre la actuación de Chocobar. No hay dudas de que el Presidente se apresuró al recibir al policía en la Casa Rosada. Exageró, además, al calificarlo como un héroe. También ejerció una fuerte presión política no solo sobre el juez de primera instancia que imputó a Chocobar aduciendo uso excesivo de la fuerza sino sobre todo el fuero que entiende sobre ese tipo de casos. Pero lo hizo con un doble objetivo: transformar la doctrina no escrita según la cual el policía que dispara siempre es sospechoso de pulsar el gatillo fácil y disuadir a los presuntos delincuentes que salen a la calle a robar a mano armada, porque Macri piensa que lo hacen sabiendo que no tendrán el debido y proporcional castigo.

Esta semana el Presidente negó una y otra vez, en conversaciones privadas, que su gesto de recibir a Chocobar haya sido premeditado, oportunista o un fulbito para la tribuna, ya que, en las encuestas, la mayoría de los argentinos apareció apoyando al policía que mató al ladrón en La Boca. Ahora, en el Ministerio de Seguridad de la ministra Patricia Bullrich trabajan para qué tanto en el protocolo de las fuerzas de seguridad nacionales como en una futura ley, quede claro qué puede hacer y que no un agente en circunstancias parecidas a las que se enfrentó Chocobar. Es material radioactivo. Aunque la razón haya estado del lado del Gobierno en el caso de Santiago Maldonado y, aparentemente, también lo estaría en el suceso que terminó con la vida de Rafael Nahuel. Sería tan peligroso no restaurar el principio de autoridad como enviar un mensaje de presunta impunidad para que los funcionarios armados pueden hacer lo que quieran.