Todos hemos sido chicos. ¿ Recuerdan cuando en la calesita, uno pensaba que había recorrido un largo camino, montado sobre un brioso tordillo? Pero, sólo bastaba mirar para afuera para darse cuenta de que el camino era circular, y así caer en la cuenta de que la vida es fantasía y realidad.

Desde principios del año pasado, la calesita comenzó a andar. Y nos vendieron que ese brioso tordillo, el más alto y más ligero, era para nosotros. Y cuántos de nosotros nos subimos al corcel de madera, pensando en llegar lejos. Pensando en el milagro de la devaluación.

Cuántos de nosotros creímos que ahora sobre la monta adecuada, nuestro destino comenzaba a ser realidad. Pero, poco a poco, empezamos a mirar para afuera; y vimos pobreza; mucha pobreza, en crecimiento. Y una realidad inestable, que llegaba con retenciones o derechos de exportación a la hora de vender y sin premios a la hora de comprar. Los cálculos sobre el futuro inmediato se hicieron imposibles.

Hace poco más de un mes, denunciamos en esta página que la devaluación nos había hecho girar unos 320 grados. Por tal motivo, en realidad, como productores agrarios, estábamos a tan sólo unos 40 grados del punto de arranque, de enero de 2002.

Pues bien, ahora que el dólar ha perforado el piso de los $2,80 y habida cuenta de que existe un derecho de exportación, que va desde un mínimo de 20% a un máximo de 23,5%, el tipo de cambio efectivo real es en este momento exactamente igual al existente en los últimos tiempos de la convertibilidad, antes de la megadevaluación.

Al mejor estilo maquiavélico, lo que se ha cambiado pareciera ser todo, pero finalmente nada se ha cambiado. O mejor dicho, nada se ha cambiado en materia de ingresos a juzgar por el tipo de cambio. Pero mucho se ha cambiado en materia de egresos, por importaciones de insumos, a juzgar por el tipo de cambio. Pues ahora además de inestable, es más caro cualquier insumo.

Además el efecto inflacionario, a consecuencia de la devaluación, según los hipócritas sistemas de evaluación de ganancias, permite demostrar ganancias en buena parte ficticias.

No se trata, en este momento, de quejarse al momento de haber tanto hambre en derredor. Pues es cierto, muchos más están peor. Pero se trata de saber cuál es la realidad y cuál es la fantasía.

Pues, cuando éramos chicos, el boleto costaba unos centavos. En cambio, esta fantasía cuesta fortunas.

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