¿Por qué nos pasa algo así?
Es claro que nuestro sistema democrático es débil. Le falta calidad, porque hay ausencia de participación. Elegimos entre algunos candidatos, pero no elegimos entre varios precandidatos. Y así los que llegan a la opción final son los mismos.
Cuando la Argentina cayó en la destrucción de los contratos públicos y privados y el incumplimiento de la deuda ante el mundo, se hizo evidente que la democracia no era suficiente.
Con el nuevo cuadro se perdería un millón de empleos, la desocupación llegaría al 22 por ciento y el producto bruto del país se desplomaría a un increíble 11,5 por ciento en el año 2002, la peor caída en la historia argentina.
El traumático cambio de gobierno, devenido luego de la renuncia del Presidente de la Rúa estuvo fundado -frente a la opinión pública- en la necesidad de realinear el esquema político imperante con el espíritu perdido de la Constitución Nacional de 1853. Cosa que no se hizo.
El vacío de poder -con el gobierno de la Alianza quebrado y desconcertado, previo a la dimisión del Presidente de la Rúa- fue el resultado de un prolongado manejo de la cosa pública. Esta involución negativa de la democracia se hizo evidente a partir de la reforma de la Constitución del año 1994.
La posibilidad de reelección presidencial (luego contagiada a las provincias) y el aumento tanto del tamaño como del poder del senado, así como la autonomía de las provincias para realizar gastos por encima de sus posibilidades, mediante endeudamiento, sin necesidad de asegurar la adecuada recaudación impositiva, constituyen la raíz del problema político.
A partir de ese año, comenzó de forma escandalosa el aumento de las estructuras clientelistas, tanto en los municipios como en los estados provinciales.
Pero, si bien ello es muy cierto, también es una realidad indiscutida, la aparición de una fuerte corriente desde todos los estamentos sociales para intervenir, bajo otras formas de acción, en el devenir social. Ello explica por qué, en los últimos cinco años, han crecido tanto las organizaciones no gubernamentales.
El fenómeno observado en la ONGs abre una expectativa favorable sobre el desarrollo argentino. Y permite albergar una fundamentada esperanza sobre la posibilidad de un rápido aumento en el capital social, como forma de alcanzar mayor calidad democrática y racionalidad económica en la sociedad toda.
La "milagrosa" estrategia devaluacionista, como en décadas anteriores, pero, ahora, de forma más brutal, hicieron caer sobre las clases más humildes y sobre los ahorristas -mayormente pequeños y medianos- el golpe de sus excesos.
Si no se vuelve al espíritu de la Constitución, tal como fuera concebida por Alberdi, la Argentina no tiene un camino de desarrollo sustentable. De no ser así, el sistema democrático corre un serio peligro de disolución que, como por efecto dominó, puede extenderse a buena parte de América Latina.
Pero, la buena noticia es que resulta factible el crecimiento de una corriente de oposición, capacitada para gobernar, lista para despegar.
Las propuestas para el cambio han de venir desde nuevos equipos de análisis y ejecución, sustentados en un nuevo capital social. Para ello, sólo la educación cívica, incrementará este capital y con ello crecerá la calidad democrática.
El nivel de confianza entre los ciudadanos y de compromiso, el sentido de pertenencia a una nación organizada, las reglas de comportamiento cívico y el grado de cooperación en función a determinados objetivos de la sociedad, consensuados a través de un sistema democrático conforman el capital social.
La competitividad no surge de milagrosas devaluaciones. Lo hace desde el
trabajo fecundo, en una adecuado marco institucional, donde el capital social
alcanza un elevado nivel en términos comparativos.
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