Desde hace unos años, el país sufre un proceso de aislamiento internacional.
Este se ha agravado a niveles inéditos en los últimos días a consecuencia de la cruenta y cruel muerte de un fiscal federal que investigaba quizás uno de los delitos más preocupantes de la historia argentina.
Las instituciones y la República misma están heridas.
Con la cancha embarrada y la sórdida falta de respuesta clara y contundente del Gobierno, sorprende cómo los mercados, financieros y de productos, siguen su camino sin expresar el temor que corre por la venas de la ciudadanía.
Se preguntará el lector qué tiene que ver esto con los granos. Vamos a ver…
De a poco, las voces de alarma de los principales países del mundo han comenzado a sonar con un gélido eco que llega a todos los rincones del mundo.
Por este camino, el país ha comenzado a arrastrarse por el lodo del aislamiento. Urge que las autoridades tomen acción y que la sociedad toda reclame el imperio institucional.
Es difícil predecir o prever el futuro en estas circunstancias. Pero lo que cualquier analista diría es que cuando las instituciones se encuentran en una extrema debilidad, una de las primeras actividades en sufrir tal cuestión es el comercio. Sobre todo el que se realiza con el exterior.
Así las cosas, no resulta descabellado incluir en el análisis como escenario -remoto por ahora pero posible- que la economía argentina termine sufriendo las consecuencias de la herida perpetrada al propio corazón de la República a través de su comercio con el mundo.
No se trata de alarmar. Simplemente se trata de entender la realidad tal cual es, por más cruda que resulte. En todos los ciudadanos está la responsabilidad de contribuir al restablecimiento pleno de las instituciones.