La versión ha recrudecido en los últimos días, en consonancia con el escalamiento, en todos los frentes de batalla, del kirchnerismo. Un año atrás, cuando quedó definitivamente sepultado el sueño de la re-reelección de la presidente —luego del categórico triunfo de Sergio Massa en las elecciones parlamentarias de la provincia de Buenos Aires— las usinas gubernamentales echaron a correr la especie de que su jefa podría encabezar la lista de diputados del Mercosur en unos comicios que se solaparían con los de octubre de 2015.

De esa manera el nombre de la viuda de Néstor Kirchner figuraría en la boleta del FPV e impulsaría así al candidato que el oficialismo consagrase en las PASO.

Desaparecida la idea por espacio de unos meses, ahora ha vuelto a escena de la mano de algunos de los colaboradores íntimos de la Señora, que se animan a pensar que no debería descartarse que ella optase por una de estas tres posibilidades: la mencionada antes; la candidatura a gobernador bonaerense; o, en su defecto, ocupar el primer lugar en la lista de diputados nacionales de esa misma provincia.

A esta altura de las circunstancias —faltando ocho meses, poco más o menos, para oficializar las listas de los partidos— nadie podría decir que es una maniobra de distracción, pura y exclusivamente. Tampoco que es simple globo de ensayo. Resulta enteramente lógico que se baraje la estrategia en atención a que nada le impediría a la presidente aspirar a una banca en la cámara baja —la gobernación supone riesgos de otro calado— y votos con seguridad no le faltarían para terciar en esas disputas.

En un escenario en donde al FPV no le sobran candidatos sería absurdo no considerar una posibilidad tal. Que requeriría un armado electoral hecho a medida. Dicho de manera diferente: la boleta del oficialismo debería ser competitiva. Tendría que encabezarla Daniel Scioli, con Florencio Randazzo como candidato a ocupar el sillón de Dardo Rocha y Cristina Fernández al tope del listado de diputados. Los K deberían conformar, pues, una boleta ganadora o capaz de asegurarle retener una cantidad importante de diputados.

Recuérdese que el principal desafío que enfrenta el FPV el año próximo es conservar un bloque de envergadura en la cámara baja del Congreso Nacional.

Actualmente le responden, en cuerpo y alma, 117 diputados y pone en juego 77. Con esta particularidad: renueva los electos en los mejores comicios de la historia kirchnerista —los de 2011— en tanto que no sería de extrañar que los por venir sean los peores de la serie.

La cuestión, por supuesto, carece hoy de respuesta. Cabe especular en torno de la misma del derecho y del revés. Cualquier curso de acción que se tomase tendría —cual no podría ser menos— pros y contras. La incógnita no se despejará en el curso del presente año, como ninguno de los demás dilemas que actualmente pueblan la política argentina. Nadie sabe cuál será el derrotero de UNEN y la decisión que finalmente adopte el radicalismo respecto de trazar una alianza con el Pro o —en su defecto— de forjar un acuerdo con el socialismo a escala nacional; ni tampoco sabemos que rumbo tomará el peronismo aliado a la presidente si se da cuenta que lleva las de perder. Hay además, dando vueltas al lado de los mencionados, otros dos dilemas: la suerte que correrán los hold–outs y el camino que tomará la economía y, por lo tanto, lo que pasará con las cuentas públicas. No es exagerado decir que, en buena medida, el futuro político dependerá de los números.

La noticia de lejos más importante de la semana pasada fue el anticipo de Alejandro Vanoli de que, a partir de enero, volverían a sentarse a negociar con los hold–outs. Si bien esto no lo voceó urbi et orbe e incluso el presidente del Banco Central negó cualquier consideración acerca del asunto, son varios los indicios que indican la decisión del kirchnerismo de volver a poner las piezas del tablero en orden, las misma que con tanto estruendo patearon meses atrás. Antes de enero y mientras se desarrollan las negociaciones el discurso antiimperialista estará a la orden del día; pero —si las cuentas no cierran y los dólares desaparecen— no hay más remedio que hacer, de la necesidad, virtud.

Nada es seguro. Sin embargo, más allá de los planteos de Kicillof y del relato oficial sobre la marcha de la economía, todos los kirchneristas de peso saben, a esta altura, que es imposible tapar el cielo con un harnero. Salvo un milagro, el país requerirá a principios de 2015 una cantidad de dólares que la Argentina sólo podrá conseguir si vuelve a los mercados internacionales. Arreglar, entonces, con los hold–outs parece obligado en la medida que ello le permitiría al oficialismo llegar sin mayores tropiezos a octubre y, si así fuese —algo que estaría en duda si, de resultas de mantener el actual curso, en enero le volviesen a hacer pito catalán al juez Griesa— pensar en la candidatura de Cristina Fernández tendría entonces otro color.