El calor sigue cayendo como un azote sobre la agricultura de nuestro país.
A medida que pasan los días, el perfil de humedad de los suelos disminuye, acercándose a una situación de peligro para el futuro rendimiento del maíz y de la soja.
En este cuadro, las plagas se propagan con mayor facilidad. Las malezas tienden a desarrollarse sobre todo las más resistentes al glifosato.
La superficie sembrada de soja será extraordinariamente significativa: seguramente se llegue a 21 millones de hectáreas. Los costos invitan a dejar de lado parte de la siembra de maíz y, en consecuencia, a incrementar el área de soja.
Obviamente, la soja de primera se está defendiendo mejor. Las plantas logran generar sombra sobre la tierra y de esta forma amortiguar la fuerza del sol. También las soja de segunda que han sido sembradas en forma temprana, como es el caso de aquéllas que se implantaron luego de la cebada (este cereal se cosecha antes que el trigo) están en mejores condiciones.
El maíz es el que la está pasando mal, sobre todo aquél que se encuentra en floración.
El temor a otro 2008 subyace en el ambiente.
Este sentimiento no es infundado. Los pronósticos hablan de temperaturas máximas extremadamente elevadas, próximas a 40°. Respecto a las mínimas, también se refieren a registros muy por arriba de lo normal. Y en cuanto a las lluvias, las predicciones no son alentadoras.
La incertidumbre sobre el clima es un elemento más que se agrega en la actitud del productor a desprenderse de la mercadería acopiada. Se calcula que poco más del 80% de la soja 2012/13 se ha vendido. Es decir que, todavía, casi un 20% permanece sin comercializar.
Respecto a la mercadería 2013/14, sólo 2,7 millones de toneladas se habrían comercializado. Acá el número es notablemente más bajo que en las campañas previas. El promedio del último quinquenio ha sido de 7,2 millones.
Estos números también muestran el temor al futuro.
Quien sostenga que tal temor es irracional, poco conoce de agricultura. No sólo desde el lado de la producción sino también del lado de los mercados, sujetos en buena parte al desenvolvimiento, hoy por hoy, de la cosecha sudamericana.
Además, el productor prevé –como es lógico- un período de alta inflación, acompañado de un proceso de depreciación de nuestra moneda, no menor a un 30% anual.
Ello lo impulsa a mantenerse en el terreno de lo que conoce mejor. Por ello, prefiere no desprenderse de esta suerte de capital líquido.
Es cierto que corre otro riesgo: la oferta mundial puede crecer de forma notable, sobre todo si a América del Sur le va bien y, consecuentemente, los precios caer. Pero, también se sabe que la demanda sigue firme; y, por lo tanto, la posibilidad de una baja pronunciada en el precio internacional está acotada.
Nada asegura que la región logre una cosecha muy destacable.
Vale recordar que los operadores y analistas, hasta la fecha, han realizado sus cálculos sobre la base de una supercosecha.
En tal esquema, la realidad es que los valores se han establecido en los niveles actuales.
La pregunta es… ¿qué pasaría si no se logra la supercosecha sino tan sólo una aceptable?
En definitiva no sólo la Argentina enfrenta dificultades.
Nuestro gigante vecino no la está pasando del todo bien. En Brasil el problema es inverso. El presente ciclo estaría caracterizado por fuertes lluvias. Así, la humedad excesiva promueve el desarrollo de roya asiática, de forma más grave que en otras campañas. Para peor, las precipitaciones impiden un adecuado tratamiento de pulverización.
El interrogante plantea un escenario realista. Muy posible… sin dudas.
Así el cuadro, vale pensar con detenimiento antes de tomar cualquier decisión.