Es cierto que los precios agrícolas han caído drásticamente respecto de los niveles del año pasado. El maíz bajó un 35%. La soja un 10%. Los advenedizos corean que “se terminó el viento de cola”, y que vuelve el “deterioro secular de los términos de intercambio”.
Pero pongamos las cosas en su lugar.
El maíz vale ahora 170 dólares en Chicago, pero sube a 185 para mediados del año que viene. Lejos del exabrupto del 2013, cuando la severísima sequía en el corn belt produjo una pérdida de 80 millones de toneladas, equivalente a tres cosechas argentinas completas. Este año el clima ayudó, los stocks se recuperaron y los precios aplicaron el manual.
La soja no bajó tanto porque fue castigada por la falta de lluvias en el final de la campaña. Está ahora en 470/480 dólares por tonelada aunque se descuenta una gran cosecha sudamericana y por eso para mediados del 2013 baja a 430 dólares.
Pero estos precios están un 50% por encima de los promedios de hace diez años, aun considerando la depreciación del dólar. Definitivamente, asistimos a una onda larga de altos precios de los básicos alimenticios. En términos llanos, sigue habiendo más compradores que vendedores. Veamos.
China, la gran aspiradora de granos, ya había abandonado la posibilidad de autoabastecerse de soja. Empezó a importar hace quince años. Desde entonces, fue subiendo a un ritmo de 5 millones de toneladas por año. Ahora parece que les falló la cosecha y van a tener que importar 70 millones de toneladas.
Recordemos que en el mismo período la Argentina creció de 15 a 50 millones de toneladas. En otras palabras: la demanda china crece al doble que la producción argentina. Pero esto es apenas la punta del iceberg.
La semana pasada, el congreso de los Estados Unidos aceptó finalmente la venta del gigante Smithfield, líder mundial en cerdos, a una empresa china. Por un monto de 7.000 millones de dólares, es la mayor compra de una empresa estadounidense por parte de una china, considerando todos los rubros. Lo que están comprando los chinos es maíz y soja “puestos”.
Y esta semana se informó que el conglomerado chino Shanghai Pengxin está listo para comprar Synlait, la segunda láctea de Nueva Zelanda. Esto sucede después de comprar un grupo de tambos en la isla del norte del país por U$S 170.000.000 en 2012.
Synlait posee un total de 4.000 hectáreas de tierra, y alrededor de 13.000 vacas lecheras. Elaboran leche en polvo incluyendo fórmulas infantiles para la exportación a China y otros países.
Otra empresa de productos lácteos de China, Bright Dairy & Food Co, ya tenía una participación del 39 % en Synlait, que fabrica la marca de leche de fórmula Pure Canterbury, muy vendida en China.
Mientras tanto, otras empresas de lácteos de China, Inner Mongolia Yili Industrial Group y Yashili, de China Mengniu Dairy Co, están construyendo plantas de procesamiento en Gran Bretaña.
Hace un mes, en plena campaña electoral, la presidenta CFK inauguró una planta de SanCor en Chivilcoy. Allí exaltó la importancia del mercado chino para la leche maternizada que produce la cooperativa. Esa leche es maíz y soja con valor agregado en la extraña alquimia que transcurre en la ubre de una vaca.
China es sólo la metáfora de un proceso mucho más amplio. La transición dietética implica pasar de comer féculas, como arroz, maíz y otros granos de consumo humano directo, a comer proteínas animales. Sigue vigente entonces la oportunidad.
La presidenta dijo también que nuestro drama es no poder imprimir dólares. Ahora que la presidencia está en manos de un experto en imprimir billetes, sería bueno que se comprenda que la agroindustria es una fórmula más complicada, pero mucho más genuina para hacerlo.