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Perón decía que la organización es lo único que vence al tiempo. Pero ni él se lo creía. Es cierto que el PJ es el más eficaz aparato electoral de las últimas décadas. Pero ni sus líderes máximos -Perón, Menem, Néstor y Cristina Kirchner- lograron controlarlo del todo cuando el poder comenzó a escurrírseles por culpa de la fatalidad, la mala gestión o las urnas.

Es tan traumático ese momento que aun un reemplazo circunstancial -como el que ahora lleva adelante el vicepresidente Amado Boudou hasta tanto Cristina Kirchner se recupere de la operación que tuvo de su hematoma craneal- conlleva, de mínima, constantes tropezones de comunicación oficial.

El problema no es que el "movimiento" -inquietante palabra con la que el General se sentía más a gusto que con "partido"- sea naturalmente indómito, sino que la esencia autocrática del líder, que se siente investido con un poder definitivo, no concibe nunca una sucesión ordenada, por más temporal que sea, como en este caso.

Así, los barquinazos se vuelven paradójicos: el sábado 5 -el día de la primera internación-, el Gobierno se empeñó todo el día en un cerrojo informativo total al que sólo le concedió una mínima hendija hacia el fin de esa noche con un escueto comunicado médico seguido del inmediato retiro de la paciente de la Fundación Favaloro en donde se le habían realizado los chequeos pertinentes. Los especialistas consultados ya hablaban entonces de las altas chances de que un diagnóstico como el que se le había hecho a CFK exigiese una intervención quirúrgica.

La Presidenta quiso dar la impresión de que "no pasaba nada" al volverse a Olivos. La cefalea volvió con más fuerzas. La negación que impone el "relato" a la realidad hizo que los militantes virtuales se encolerizaran cuando se recordó cómo ese mirar para otro lado y restar importancia precipitaron la muerte de Néstor Kirchner en otro octubre, de hace tres años.

¿Se quería bajar el tono a la intensidad informativa del tema? Pues bien, el hecho de tener que volver de urgencia el lunes a la mañana al mismo nosocomio, en vez de haberse quedado como parecía recomendable, repotenció la voracidad noticiosa y alimentó todo tipo de versiones. Con tanta ida y venida, el Gobierno había logrado exactamente lo contrario de lo que quería evitar y el efecto se agravó por las omisiones informativas que fogoneaban mejor las sospechas que las certidumbres.

Más tortuoso todavía resulta entender los reales alcances que se le quiere dar al interinato de Boudou desde el círculo íntimo de Cristina Kirchner. Antes del problema de salud de la jefa del Estado, se había sometido al vicepresidente a un perfil intrascendente para que su mala imagen no repercutiera negativamente en la campaña del oficialismo para las elecciones del próximo 27.

Se demoró en confirmar que, efectivamente, como lo indica la Constitución, Boudou se hacía cargo, y con qué alcance, del PEN. Había dos razones: la que se explicó en el párrafo anterior y la necesidad de demostrar que la Presidenta seguía reteniendo el poder más allá de su ausencia.

Pero como los medios críticos salieron con los tapones de punta contra el vice, al machacar otra vez sobre sus graves temas pendientes con la Justicia, y el Gobierno se obsesiona siempre en contradecirlos, comenzó un ballet equívoco de actos y presentaciones que tan pronto se confirmaban como se cancelaban. Boudou tampoco las tuvo todas consigo: su foto posando con su clásica sonrisa montado en una poderosa moto en Brasilia no fue una buena carta de presentación. Luego la chingó cuando dijo que la Presidenta estaba descansando, en el mismo momento en que entraba en la segunda internación.

Probablemente, Boudou se sintió autorizado por las circunstancias a precipitarse demasiado eufórico sobre el atril presidencial y mostrarse por demás estridente en su alocución en Córdoba.

Se implementaron entonces dos acciones contrapuestas: de puertas para adentro (propia tropa política, comunicacional y militante) se salió a defender con vehemencia el pasajero rol institucional del vice ahora a cargo del país, pero, de puertas para afuera, se acotó la amplificación de sus movimientos: se suspendieron anuncios por "problemas técnicos" y se frustró la videoconferencia con el ministro de Economía. En una palabra: lo bajaron del atril de un hondazo, aunque el viernes recuperó terreno al evocar fervoroso el cuarto aniversario de la ley de medios.

Molestó al oficialismo que circulara una foto del rostro brotado y sin maquillaje de la Presidenta cuando llegaba a su segunda internación y hasta la tapa de una revista amigable con el poder la mostró photoshopeada para que luciera como en sus mejores días.

El maquillaje, en sentido literal y metafórico, es esencial al "relato". A Perón le decían "superpibe" pocos meses antes de morir y a Néstor Kirchner lo llevaron al Luna Park horas después de su última intervención quirúrgica. Es que los populismos (todavía está fresco el caso de Hugo Chávez), antes de dar el brazo a torcer, prefieren devorar a sus propios líderes.

Ojalá que no se apure la recuperación de CFK para que no se la exponga a ser una nueva víctima de esa nefasta maldición..