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Rivadavia es un departamento de Salta que representa cómo la civilización fue imponiendo miseria. De región plena de agua, hoy va camino a ser un desierto. Y con este proceso, la población se empobrece.

Antonito es un chico mataco.

Aunque su mundo abunda en pobreza, parece feliz. Pero, como toda su familia y el silencioso entorno que lo rodea, sufre estoicamente la vida que le toca tener.

Sus 11 años están tajados por una profunda amargura, encallecida y abnegada.

Son 9 hermanos. Uno de ellos es "opita". Y así le llaman todos. No tuvo la suerte de nacer como sus hermanos, así que es el que se queda siempre en la casa para ayudar en los sencillos quehaceres domésticos.

Sólo su hermano mayor va a la escuela. Pues debe recorrer más de 30 kilómetros. Así que de lunes a viernes, en un caballo con más hueso que carne, llega a la escuela para aprender a leer. Y así poder ayuda al resto de la familia.

Antonito vive en un ranchito.

De paredes de barro y techos de cañas. No tiene puertas. Las dos habitaciones son grandes. Y la vida familiar transcurre en una suerte de galería adosada a la casa. Allí su madre cocina en una enorme cacerola, directamente sobre el fuego que sólo se apaga hacia la madrugada de cada día.

El humo suele rodear la casa y, cuando el viento pega contra ella, entra como suave visitante, impregnando los pocos trapos y la humilde ropa con su olor.

Pero a la hora de matear, cuando el fresco de la tardecita reposa sobre el campo, toda la familia se reúne bajo la sombra de un gran "mistol".

El medio donde se halla la casa no tiene árboles de gran porte.

Hay desparramada una masa boscosa de escasa altura compuesta por arbustos achaparrados. Lo que más se aprecia es una diversa gama de cactáceas.

Cuentan los viejos de la zona que, hace unos setenta años, se veían árboles gigantes como ser el quebracho blanco y el colorado, el algarrobo blanco y el negro. Y el exquisito palo santo, que perfumaba los anocheceres bajo el canto de los grillos.

También había elegantes guayacanes. Pero sin duda el quebrachal era la comunidad dominante.

Luego vino el hombre más blanco y empezó a talarlos.

Buena parte de los quebrachos fueron a dar a las vías del ferrocarril. Como durmientes, sufridos y fuertes, hoy siguen sosteniendo las cintas de hierro para que pase muy de vez en cuando algún tren de carga. Se trata del ramal Embarcación-Formosa que une Salta con Formosa.

En aquellos tiempos, cuando el bosque estaba repleto de quebrachos y algarrobos, llovía cerca de 700 mm al año. En los últimos años, el régimen de lluvia es de tan sólo unos 300 mm al año.

Las precipitaciones comienzan en diciembre y terminan en marzo. Y luego no llueve más.

Con la llegada del Ferrocarril aparecieron otros hombres. Más occidentales. Ellos cambiaron la cultura reinante. Y así de adorar a la tierra y al agua, la gente comenzó a "dominar" la naturaleza, tratando de hacer máxima la ganancia en la explotación del suelo.

Los matacos, por cientos de años, vivieron la cultura venida de los incas. Era una cultura de amor y convivencia con la naturaleza, donde se tomaba de ella sólo lo necesario para el día. Y, en cada encuentro con la naturaleza, el mataco aprendía disfrutar de ella, como quien goza de su madre.

Hoy es 1 de diciembre de 2002.

El campo no tiene pasto. La tierra se ve vacía.

Este es el paisaje que Antonito ha visto siempre. Y también sus padres.

Abundan, eso sí, cactus y todo tipo de plantas espinosas. La falta de pastos es consecuencia del sobre pastoreo a que se ve obligada la familia para mantener sus cabras. Es que no alcanza lo que hay para sus cabras.

La falta de conocimiento sobre un manejo más racional acentúa este problema.

Antonito, como todas las mañanas debe partir para el madrejón. Es una laguna natural de agua permanente formada por la lluvia de verano. El agua se renueva en el verano. Pero en el resto del año permanece allí estacionada, turbia y tibia.

Debe caminar dos kilómetros sólo. Pero hoy lo acompaña el "opita". Porque van a venir invitados unos amigos del padre. Entonces deberá llevar, en lugar de uno, dos baldes de agua.

Camina "pata pila" (descalzo) porque como dice su madre, "las alpargatas no duran; y cuestan mucha platita".

Al volver, la madre comienza a prepara el guiso de cabra. Mientras tanto el agua reposa en el balde para que buena parte de los sedimentos vayan cayendo, bajo la sombra del mistol.

Los matacos saben que las aguas traen bichos. Y entonces comen semillas de zapallo y con eso "limpian sus estómagos".

Sin embargo, los parásitos no terminan de desaparecer y con el tiempo corroen su salud. Y cuando alcanzan la edad de 40 años, parecen de 70.

Se sabe que el agua está apenas a unos 20 o 30 metros de profundidad. Sin embargo, no hay molinos de viento. Como los de Australia o los de la pampa argentina.

Los matacos no los conocen. Con el viento podrían obtener agua fresca y cristalina. Con esto sólo, cuánto cambiaría sus vidas.

La ignorancia, les ayuda a sobrevivir su dura vida. Pero al mismo tiempo perpetúa su indefensión. Perpetúa la dura vida rasgada por la pobreza. Y así, están dentro de un círculo vicioso que se alimenta a si mismo.

Y los que saben. No hacen nada.

El hermano mayor de Antonito aprende a leer. Pero no a recuperar sus antiguos valores sobre la naturaleza, que son la fuente de una mejor vida.

Perdura la educación de la dominación sobre la naturaleza y su raza ha perdido los milenarios valores que le permitieron vivir con dignidad.

Y Antonito sabe que mañana deberá ir otra vez por su balde de agua. Marrón. Opaca.