Acabamos de llegar a Puerto Parry.
Son las 8 de la noche del 25 de noviembre. Pero es de dìa.
Este puerto es un pequeño asentamiento de la marina, con cuatro personas que vigilan la soberanía de nuestro país. En rigor, se trata de la única población estable de la Isla de los Estados.
Se encuentra en el fondo de una bahía de, aproximadamente, 7 kilómetros de extensión. Es sumamente angosta. Su ancho apenas llega a unos 200 metros, y está encerrada entre las laderas de montañas muy empinadas que caen violentamente al mar. Es una vista impresionante. Los picos, muy puntiagudos están cubiertos de nieve. Y por todos lados se ven caídas de agua cristalinas.
El capitán del buque, en este momento, está saliendo en el gomón hacia el destacamento para invitar a los solitarios habitantes a comer en nuestro buque.
Ayer, recorrimos cuidadosamente las costas de la bahía San Juan de Salvamento. Por momentos tuvimos lluvia, por momentos sol. Es una bahía magnífica, con cerros cubiertos de nieve, de donde caen pronunciadas cascadas muy angostas, de aguas blancas.
A mediodía de ese día, partimos de la bahía pasando nuevamente frente al Faro del Fin del Mundo, en camino a la bahía de Cook. Esta bahía es también muy angosta, pero no tan extensa como la de Parry. Al fondo de la misma todavía permanecen algunos restos de lo que se llama Puerto Cook, hoy una casilla abandonada prácticamente destruída. Allí todavía queda estoicamente una pequeña imagen de la Virgen Stella Maris, colocada en la década del 40.
Desde esa costa, caminamos uno o dos kilómetros y, por un extraño accidente de esta soprendente isla, llegamos al otro lado de la isla de los Estados, a las costas de la bahía Vancouver. En el camino, a lo largo de pequeñas hondonadas, se veían grandes árboles y unos pequeños vallecitos cubiertos de ray grass, más alto que nuestras cinturas. Resultaba impresionante la tierra que caminábamos cubierta de turba, tan mullida como un colchón.
Hoy, bien temprano, abandonamos la bahía de Cook y en dos horas arribamos a la bahía Belgrano.
Un grupo de trabajo de la Asociación, en compañía del veedor oficial Gustavo Gowland se dedicó a bucear la zona norte de la bahía, para buscar vestigios de naufragios, a una profundidad de unos 20 metros. La tarea era amenazante pues, pese a los trajes de secos, el frío era tremendo. No se pudo encontrar nada que indique algún naufragio.
Otro grupo de nosotros desembarcó en la playa norte de la bahía, sobre la desembocadura de una arroyo. Allí encontramos, algo enterrados en la arena, algunos restos de buques, probablemente desaparecidos en las bravas aguas externas de la isla. Tomamos varias muestras para investigarlas en el laboratorio.
Así también, remontamos el arroyo hasta acercarnos a una laguna llamada Dos Andrada. Caminar orillando este arroyo fue toda una aventura, pues se trata de una especie de quebradita con un clima totalmente diferente al de la Isla, más cálido y húmedo. Árboles enormes y huellas de ciervos por todos lados, fue lo que más nos llamó la atención. Es increíble, pero cuesta creer que el paisaje pueda cambiar tanto en tan poca distancia y así, de pronto, encontrarnos en medio de una selva.
Cuando volvimos a la costa, el viento golpeaba nuestras caras con tal fuerza que parecían piedras. Además llovía. Fue difícil volver al buque porque el mar se había puesto más movido.
De allí salimos a las 5:30 horas de la tarde.
Y ahora estamos fondeados en frente al pequeñísimo destacamento de puerto Parry.
Los días, en esta zona tan austral, son muy largos y la luz todavía es muy fuerte. Por eso parece más temprano. En cualquier momento vuelve el capitán con los marinos del destacamento. Para comer.
Va a ser una comida especial.