Ayer salimos de Ushuaia, navegando a lo largo del Canal de Beagle. Pasamos a pocos metros de las Islas Picton y Nueva. Al cruzar el Estrecho de Le Maire, el buque, como avezado delfín, mostró sus dotes marinas brincando sobre el agua. Acompañando el movimiento de las gigantescas olas.
Poco antes del amanecer, vimos con toda claridad la luz del Faro de la Isla Observatorio, donde emerge altivo el Faro Año Nuevo, inaugurado en 1902. Y que pese a su deteriorado estado, sigue cumpliendo su labor. Estoicamente.
Con el alba, apareció una inmensa isla. Era la Isla Misteriosa o Isla de los Estados. Pasamos frente a la Punta Lasserre donde se levanta, en una prominente meseta, más bien un peñón, el Faro San Juan de Salvamento, conocido como el Faro del Fin del Mundo.
A instancias del Comandante Luis Piedra Buena (que fue propietario de la Isla, desde el año 1868), el Gobierno Nacional decidió levantar este Faro. Una expedición llegada en abril de 1884 lo construyó en ese mismo año.
Ya en medio de la fría mañana ingresamos lentamente a la bahía, con el saludo de violentas rachas de viento gélido. Pero a medida que nos adentramos en ella, las aguas se calmaron y el viento amainó.
Una vista espectacular. Sobre todo cuando el sol apareció. Picos agudos y escarpados, llenos de nieve, rodeaban al buque. Sobre las costas, y en las bases de las montañas, el bosque frondoso esperaba nuestro arribo.
Salimos en tres gomones. Desembarcamos en la costa, al pie del peñón del Faro, sobre el lado protegido de la bahía. Ascendimos con dificultad entre la maleza y los árboles de todo porte. Al acercarnos al lugar, fuera de la contención de la bahía, los árboles desparecieron y el viento comenzó al golpear nuestras caras.
Llegamos al Faro, reconstruido hace pocos años, luego de haber sido abandonado en 1902. Y que esta Asociación Civil contribuyó a mejorar su estado en un viaje especial realizado el año pasado.
Es un edificio circular de madera techado con chapa, coronado con una elegante bocha de hierro que finaliza en punta hacia el cielo. Una construcción estupenda.
Todo en excelente estado. Por dentro, todo lo necesario para ser bien recibido. Y en orden.
Cantamos el Himno. E izamos la bandera. Fue emocionante. El sol resplandecía al son de nuestras palabras que quién sabe a dónde fueron a dar con el cambiante viento.
Cuando comenzó a nevar corrimos tan ligero como nos dieron las piernas, pendiente abajo, y con mucha dificultad subimos a los botes para reponer energías en el comedor del Ice Lady Patagonia.
Desde los botes, pudimos ver pingüinos de diversos colores, caranchos y cóndores sobrevolando las costas, y sobre las aguas innumerables albatros y petreles. Una fiesta de aves multicolores.
Ahora es de noche. Sigue cayendo una suave nevada. Hasta hace poco era curioso ver la borda toda blanca. Las olas perseveran con sus golpes sobre el casco. Y qué agradable es el suave vaivén del buque.