Estamos en el puerto de Ushuaia. Desde nuestra amarra, vemos un permanente ir y venir de turistas de todo origen, australianos, ingleses, franceses, italianos y de otras tantas nacionalidades que, mientras sus enormes buques se aprestan a salir hacia la Antártida, recorren esta pintoresca ciudad.
Los habitantes de Ushuaia agradecen la presencia de estos contingentes turísticos que, fascinados con la idea de conocer el continente helado, aprovechan para visitar los innumerables recovecos de la ciudad y sus alrededores.
Un lugar, prácticamente, obligado es la Cárcel de Ushuaia, hoy devenida en Museo.
Esta cárcel es la que dio origen a la ciudad. Sus presos realizaban tareas en los campos aledaños, principalmente, como leñadores de lengas y guindos, que extraídos de las montañas circundantes, eran trasportados hasta la ciudad por un pequeño tren de trocha ultra angosta.
Pero, en fin, la cosa no es contar lo que pasa en Ushuaia, sino por qué estamos aquí.
Conformamos un grupo expedicionario, de la Asociación Civil Buque Austral Patagónico, creado para promover la cultura del mar argentino. Ya embarcados en el buque argentino “Ice Lady Patagonia”, nos preparamos para salir hacia la Isla de los Estados, al oeste de la Isla Grande (Tierra del Fuego). Vamos hacia la isla que Julio Verne inmortalizara con El Faro del Fin del Mundo, la última luz hacia lo desconocido.
Los preparativos han sido muchos, puesto que llegar a ella no es tarea fácil y tiene sus riesgos. Son las 12 horas. del mediodía del 22 de noviembre del año 2002.
La autorización para zarpar ha sido dada. El silbato resuena con potencia inusual por el frío eco de la Bahía Ushuaia. Vamos a recorrer el Canal de Beagle, que compartimos con la vecina Chile.
Somos 25 tripulantes. Uno de ellos es violinista. Sobre la borda, y ya en el infinito silencio, éste se sienta en la proa y comienza a tocar.
La música nos estremece. Miramos el trasfondo montañoso de la austral ciudad y, entre rápidas nubes, aparece el pico Olivia, cuya aguda punta lleva nuestra vista hacia el cielo. Las nubes nos ocultan por momentos el límpido cielo austral. La música de Haendel y el golpe de las olas contra la proa nos regalan un espectáculo sobrecogedor.
¿Qué nos espera en este día? Navegar las tranquilas aguas del Canal de Beagle hasta su finalización sobre la Isla Picton. Desde allí, y ya en mar abierto, buscaremos el refugio cercano de las orillas de la Isla Grande.
Calculamos llegar al Cabo Buen Suceso, sobre la Isla Grande, para cuando comience el sol a perderse en el horizonte.
A partir de allí enfrentaremos el temido estrecho de Le Maire, cuyas olas han tragado incontables buques a lo largo de la historia. Como antesala obligada para acceder a la Isla de los Estados, nos espera una agitada jornada.
Algunos de nosotros nos preguntamos ¿qué haremos? ¿Lo vamos a cruzar de noche o, más bien, esperaremos en el Cabo de Buen Suceso a que llegue el amanecer?
Mañana lo sabremos.