Sirvió para explicar, algo toscamente, la integración de los recientes actos masivos de protesta contra el gobierno nacional. Fue objeto de exaltación y vilipendio por parte de los comunicadores oficialistas, a los que terminó llamando a silencio la propia Presidenta , al proclamar que ella también pertenecía a la clase media.

Contribuyó a fortalecer la perplejidad un reciente informe del Banco Mundial, según el cual la clase media se había duplicado en nuestro país en la última década, estableciendo como frontera de pertenencia un ingreso de 10 dólares por día y per cápita. Si estos datos son ciertos, y la clase media nacional es una caudalosa y móvil marea que se extiende desde la Presidenta hasta el empleado o peón que gana 300 dólares por mes (oficiales o clandestinos), no hay motivo para preocuparse: los pobres y las burguesías oligárquicas prácticamente no existen.

En realidad, las cosas no son tan sencillas. No es seguro que el criterio del ingreso personal, obviamente necesario para la investigación estadística, sea el único y excluyente para determinar la inclusión dentro de una clase. Por ejemplo, la clase media. La teoría marxista, de gran influencia en este terreno, habla de propiedad de los medios de producción y de división del trabajo. Lo que se presenta fácil de definir en las sociedades más atrasadas, donde no hay más de dos clases, la de los explotadores y los explotados, se torna más arduo en estructuras sociales más complejas, con subgrupos diversificados. En lugar de clases, muchos sociólogos prefieren utilizar conceptos más elásticos, como los de sectores o estratos sociales.

Tampoco garantizan demasiado los niveles (u ostentaciones) del consumo. Un Rolex de titanio, una cartera de Louis Vuitton o unas suelas rojas de Christian Louboutin no son infalibles encasilladores. Quizá sólo se limiten a dar cuenta de un nuevo rico.

Podría decirse que hay, en la Argentina, un mito y un contramito de la clase media. El primero es positivo y ensalzador; el segundo, sarcástico y denigratorio.

El mito positivo se sustenta, a partir de fines del siglo XIX, en la presencia refundadora de una clase media surgida desde la inmigración masiva, de origen europeo. Los hijos de inmigrantes serían para esa concepción, básicamente, los artífices de la construcción de la nueva clase, articulada en los valores del trabajo, el ahorro y la educación. A ellos estaría destinado el discreto protagonismo del período de oro de una Argentina progresista y culta, reconocida entonces como una de las grandes promesas del escenario internacional.

Forzando un poco la terminología marxista, sería lícito hablar aquí de una clase que fue "para-sí", es decir, plenamente autoasumida en su identidad e intereses, y dispuesta a defenderlos.

El contramito, en cambio, parte de 1945 para cuestionar con severidad a las clases medias, calificándolas de egoístas, dependientes y cultoras de un falso europeísmo. El momento histórico es el de la irrupción de masas trabajadoras del interior, llegadas a los centros urbanos para hacerse cargo de la ola industrializadora motivada por la sustitución de importaciones. Las clases medias se convierten ahora en el "medio pelo", descripto con malignidad y perspicacia por Arturo Jauretche. Las clases medias, en el contramito, tienen otro defecto: no votan lo suficiente al peronismo. Y son una clase "en-sí"; o sea, carecen de autoconciencia y capacidad de actuar.

Al margen de este panorama de conflicto, una versión más amigable, y por lo menos tan comprensiva como el análisis académico, la ofrecen la literatura, el arte y la comunicación popular. Si el lector quiere adentrarse en las manías y los prejuicios de nuestras clases medias, recorra, si no lo ha hecho todavía, novelas como Los premios , de Julio Cortázar, o La traición de Rita Hayworth y Boquitas pintadas , de Manuel Puig. No se arrepentirá. Y si aún le queda tiempo, busque, por favor, la colección de CD en que Juan Carlos Thorry dialoga con ese genio argentino que fue la actriz y guionista (¿no será mejor decirle escritora?) Niní Marshall, socióloga de la cultura sin saberlo y, en estado de gracia, la mejor que hemos tenido.

Sí, fue la clase media la que estuvo en las calles. No era la multitud del viejo mito ni, mucho menos, la del contramito. Era una nueva multitud . No reclamó aumentos de sueldo ni subsidios ni asignaciones. Exigió, en la suma de sus consignas -y de sus deseos-, una democracia de más calidad, con menos corrupción y sin prácticas mafiosas. Quizás estemos incurriendo en una nueva mitologización, pero esta nueva multitud o clase media, si sostiene sus convicciones, podría impulsar un paso adelante de la sociedad argentina en materia de superación de falsas disyuntivas o antinomias, como las planteadas por el populismo. No hay, no debe haber incompatibilidad entre división de poderes y justicia distributiva, o entre firmeza de gestión y diálogo institucional.

No importa si la multitud todavía no tiene líderes. Los creará, o los seleccionará a su imagen y semejanza, de entre los existentes.