¿Por qué no pudo eliminar una factura monumental en subsidios al transporte una de las economías que más crecieron desde 2002, que aumentó el empleo, tuvo muchos años seguidos de superávit fiscal y comercial y hasta se dio el lujo de pagarle por anticipado y sin quita al FMI?
Probablemente porque no se quiso asumir en su momento el costo político de hacerlo. Una suba de tarifas en 2002 o 2003, con una situación política muy delicada y gobiernos débiles, seguramente habría tenido efectos catastróficos.
Pero resulta que no haberlo hecho en los años posteriores y continuar aumentando la cuenta en aportes a los prestadores ha tenido un resultado también catastrófico: déficit fiscal, insuficiencia de inversiones, servicios lamentables, escándalos millonarios de corrupción y tragedias históricas por la cantidad de víctimas.
La Presidenta y su equipo necesitan ser increíblemente hábiles para detener el monstruo que inventaron.
Los ex presidentes Carlos Menem y Fernando de la Rúa no quisieron abandonar el ancla cambiaria con que controlaron la inflación cuando ya el problema no existía y el remedio comenzaba a mostrar todos sus efectos indeseados.
Algo parecido sucedió primero con Néstor Kirchner y ahora con la gestión de su viuda.
Menem primero y De la Rúa después intentaron "devaluar por vías indirectas". Cristina Kirchner trata de pasar el ajuste a otras jurisdicciones, que están también sin dinero y le reclaman ayuda hasta para poder pagar los salarios con regularidad.
Las recetas que garantizaron a los ojos de los gobernantes un cierto nivel de poder político son muy difíciles de abandonar, incluso cuando comienzan a ser un lastre, en lugar de una ayuda.
Sobre la convertibilidad o sobre los subsidios puede preguntarse legítimamente: ¿por qué no se hizo otra cosa? Pero es desconocer la historia argentina. En los dos casos, los caminos alternativos ya habían fracasado.
Pero, como en medicina, los tratamientos para salir de un mal momento no pueden ser permanentes. Está específicamente indicado que así sea. El subsidio generalizado y creciente de las tarifas no puede ser permanente si no se quieren enfrentar problemas más grandes que los que originalmente se solucionaron.
Círculos viciosos
Se han activado entonces algunos mecanismos difíciles de romper y a los que Juan Llach suele llamar "círculos viciosos de la decadencia". Salir de los subsidios es cada vez más costoso, pero quedarse atado a ellos también lo es, y encima tampoco aparece una fórmula más o menos inocua para ponerles techo.
¿Quién tiene el poder y el liderazgo político de hacerlo, de imponerle el sacrificio a la población haciéndole saber que de otro modo las cosas serán aún peores para los supuestos beneficiarios del actual esquema? ¿Quién podía a partir de la recesión de 1998 hacer aceptar una salida ordenada de un esquema fiscal y monetario que no daba más? Nadie pudo.
La situación internacional actual para la Argentina no es ni siquiera parecida a la tormenta perfecta que se desató en 1998 y no dejó de empeorar hasta mediados de 2002. Cristina Kirchner tiene en eso una enorme ventaja, aunque ella culpe al mundo de los actuales sinsabores económicos.
Sin embargo, la Presidenta, que en octubre último obtuvo más de uno de cada dos votos válidos, no tiene, por ahora, posibilidad de un tercer mandato consecutivo, lo que erosiona su poder cada día que pasa. La economía local está en recesión según las estadísticas oficiales, el único escenario en el cual el kirchnerismo pudo ser derrotado en las urnas a nivel nacional.
Recortar subsidios con la actividad y el empleo en baja parece suicida. No hacerlo en medio de una crisis fiscal que sólo se financia con "maquinita" e inflación, también.
Una vez más, para quien está en la Casa Rosada, un sistema que le garantizó poder y respaldo durante años parece haberse transformado en el principal enemigo de su futuro.