Los mariscales de esa guerra son los mismos que batallaron con fracasos y victorias durante una década: Eduardo Duhalde y Carlos Menem. Carentes de un interlocutor confiable para ambos, el diálogo y la negociación son un lujo que no se dan, por ahora.

Todo lo demás (consejo de conducción partidaria, congreso peronista, la propia Justicia y el Parlamento) son herramientas, confusas y contradictorias, de esa contienda sin alma. El peronismo está actuando con los reflejos históricos: empapa de pejotismo, según el neologismo de Néstor Kirchner, a la nación política. Revolea trompadas de ciego desde que se convenció que el próximo turno presidencial le caerá sin remedio en sus manos. Todo es igual a su historia: ¿son iguales la sociedad y el país tras el default y la crisis?

Están meneando la fecha electoral y ése es uno de los problemas que han puesto obstáculos nuevos al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Esas ambiciones sin medida ni límites ocultan lo esencial: restan sólo dos semanas para que la Argentina firme ese acuerdo o entre campante al default con los organismos multilaterales. Si el FMI no tiene certezas sobre el calendario electoral, ¿qué negociaría con este gobierno y qué dejaría para tratar con el próximo?

Funcionarios del Departamento del Tesoro hablaron más de una vez en los últimos días con el Ministerio de Economía para saber cuándo los argentinos elegirán al próximo gobierno. Silencio y fuga; tal fue la respuesta de los economistas oficiales.

El vicencanciller, Martín Redrado, volvió de Washington con una buena noticia: el Departamento de Estado se convenció de la necesidad política de presionar al Tesoro y al FMI para que no permitan una segunda caída de la Argentina. Pero la novedad se perdió entre los pliegues de una interna de insolación.

Hay cuestiones que aún no están resueltas: ¿cómo se hará el reajuste de las tarifas de los servicios públicos? ¿Habrá un aumento de entre el 20 y el 30 por ciento, como sugirió el FMI? ¿O habrá, acaso, dos aumentos de menos del 10 por ciento, cada uno, en un período de aquí a marzo, como ofertó Roberto Lavagna? ¿Habrá un final previsible para el conflicto con los amparos judiciales que podría poner en jaque al sistema financiero? ¿Avanza o retrocede una negociación, hecha bajo densos velos de secreto, entre Lavagna y algunos miembros de la Corte Suprema de Justicia? Quince días es todo el plazo que resta para dar respuestas a esas preguntas.

Si hay algo que a Menem no se le puede negar es la claridad de su objetivo: quiere volver al poder. Está dispuesto a tender puentes con sus peores enemigos con tal de reconstruir el mando político. Ya le mandó decir al propio Duhalde que está dispuesto a respetarle su liderazgo bonaerense, a ofrecerle gajos de una eventual administración nacional y a garantizarle que nunca iniciará acciones judiciales contra el actual presidente.

Pero Duhalde tiene también el mérito de no dudar sobre uno solo de sus proyectos: impedir el regreso de Menem al poder. ¿Por qué? Hay de todo. No cree que Menem sea una respuesta adecuada a la crisis de este momento, pero también quiere tomarse una revancha por la traición de 1999, cuando lo condenó a la derrota, dicen los que tratan con el Presidente.

Menem presiona y va dejando hechos consumados para que se cumpla el cronograma electoral. Si fuera así, competirá en la interna peronista, el 15 de diciembre, sólo contra Adolfo Rodríguez Saa. El ex gobernador puntano lo salvó en el instante final del aislamiento y el bochorno cuando decidió presentar su propia fórmula en un registró en el que sólo figuraba Menem hasta ese momento. Su compañero de fórmula, Juan Carlos Romero, despachó luego la integración de la junta electoral partidaria en una conversación telefónica de tres minutos.

La jueza María Servini de Cubría lo hizo transpirar de pavor al gobierno hasta la tarde del viernes último, después de que canceló el congreso extraordinario. El duhaldismo propuso entonces una reunión desopilante: continuar con una reunión de ese congreso, que entró en cuarto intermedio en Lanús hace un año y de cuyo recuerdo no quedan ni rastros en la memoria de nadie.

La magistrada lo sometió al apoderado del congreso, Jorge Landeau, a una sesión de sudor y lágrimas, cuando caía la noche del viernes, hasta que le aprobó una reunión destinada a la impugnación. Servini de Cubría no enviará inspectores ni veedores a esa reunión. Todo lo que se resuelva podrá ser, por lo tanto, revisado por la justicia.

Carlos Reutemann los hirió a los dos combatientes cuando escribió su renuncia a la presidencia del congreso con el argumento de que a él le pasa lo mismo que a la sociedad y al propio peronismo: está harto de la disputa eterna entre Menem y Duhalde. Antes había recibido una carta llena de reproches de su más viejo amigo en el peronismo, el gobernador de La Pampa, Rubén Marín, por haber convocado al congreso extraordinario.

¿Por qué le hiciste eso a Reutemann? , le preguntó a Marín el ministro del Interior, Matzkin, pero aquél dio tantas vueltas que terminó enrollado en argumentos que daban pena. El borrador de la carta fue escrito por el propio Menem, aunque después decidió que Marín era una firma más autorizada que la suya ante los ojos de Reutemann.

Menem convocó al consejo partidario, que preside, para mañana, un día antes del congreso llamado por Duhalde. El Presidente quiere prorrogar los tiempos electorales y llevar la interna partidaria hacia fines de enero. Tal vez no quiere interna. ¿Cómo se elegiría entonces al candidato peronista? El duhaldismo desempolva ahora el viejo proyecto de Romero: que cada candidato peronista vaya a las elecciones generales por la suyas, sin la estructura del partido, para que los dos más votados terminen en una segunda vuelta.

La idea tiene sus riesgos: cuatro candidatos con muy pocos votos cada uno podrían dejar la segunda vuelta entre candidatos no peronistas. ¿Carrió y López Murphy, por ejemplo?

El representante de una poderosa empresa europea sondeó a un ministro de Duhalde sobre la posibilidad de que éste accediera a la candidatura de Menem. "Si me está diciendo que para ustedes Menem es rubio, de ojos azules y tiene 50 años, le tengo que anticipar que yo no creo eso", lo atajo el ministro. "Dígame quién es el candidato de ustedes y lo apoyaremos", aguijoneó el empresario. Pausa y mutismo en el otro lado del teléfono.

Habían llegado, por fin, al centro del problema. La aspiración de Duhalde de trabar el regreso de Menem encuentra siempre el mismo impedimento: no tiene un candidato para contraofertar desde que se quedó sin Reutemann. El propio presidente da vueltas, ronronea y duda: podría haber seducido a Kirchner y al ministro de Justicia, Juan José Alvarez, para integrar una fórmula. Pero todavía quiere investigar una mezcla entre Kirchner y José Manuel de la Sota; el problema es que los dos aspiran al primer lugar.

Ni el congreso ni el consejo partidarios ni la justicia ni los empresarios resolverán el océano de nada que cerca al peronismo: no tiene un candidato consensual para la sociedad argentina y carece de la posibilidad inminente de un acuerdo político entre sus fragmentos. Los próximos destellos serán, por eso, sólo juegos de estrépitos y luces.