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Dos factores confluyen sobre el ánimo y la decisión de producir de los productores agrícolas. Es como tener una moneda que de un lado quema y del otro enfría. Por eso, según se comporte el dólar, desde el campo el productor tendrá que aguantar un frío sudor por la espalda.

Por una lado, ahora apareció el Problema Brasil que, hasta que defina su nuevo plan de gobierno, cuando asuma la nueva autoridad allá por enero próximo, va a ser un permanente factor de inestabilidad en el tipo de cambio.

En tal contexto y sin un acuerdo claramente a la vista con el FMI, es muy probable una nueva suba en el valor del dólar, aún cuando el gobierno esté preparado para contrarrestar tal alza con medidas de política económica internas.

Si el dólar sube más, obviamente más crecerá el precio de los granos. Y habrá mayor tentación a retener mercadería por parte de los productores.

En tal caso, la amenaza de un nuevo aumento en el nivel de retenciones a la exportación vuelve a tomar un cariz muy serio.

Todavía los productores tienen acopiados granos por un volumen próximo a 11,5 millones de toneladas. Esto representa un valor de u$s1800 millones. Se trata de una cifra muy alta, inédita para esta época del año.

Cuando ingrese la nueva cosecha de trigo, lo que debería suceder es que los precios bajen. Sin embargo, la alta propensión a retener y una eventual escalada del dólar echan un manto de dudas sobre tal comportamiento.

Si la tendencia a retener sigue siendo tan elevado, ella misma va a sostener el precio dentro del mercado local. No está escrito lo que puede suceder, pero al menos estamos tomando en cuenta nuevas posibilidades para prever lo mejor posible el futuro inmediato.

Retenciones

El efecto perverso de los derechos de exportación (retenciones) sobre la producción es manifiesto. Caen sobre el valor de la producción sin que, fácilmente, el productor advierta la quita aplicada a los precios de su esfuerzo.

Al ser todos los bienes del agro transables, no sólo la parte que se exporta sino también la que se destina al consumo interno recibe el impacto de este impuesto claramente antiproductivo.

Lógicamente, en un contexto de aguda falta de recursos, donde el cuadro fiscal representa uno de los peores problemas, estos impuestos pasan a ser la panacea frente a los resultados de una alarmante falta de medidas estructurales.

Además ellos tienen una respuesta fiscal y sobre el nivel de precios altamente favorable.

Pero debe quedar claro, esta presunta respuesta positiva es únicamente de corto plazo. Pues en rigor, estos impuestos atentan sobre la productividad y la expansión de la frontera agropecuaria de la producción, paradójicamente, destinada a la exportación.

En la medida de que el sector exportador va declarando sus ventas externas, la aplicación de retenciones tan altas como las actuales van permitiendo un ingreso de fondos a la AFIP de forma visiblemente creciente.

Resulta tan atractiva la suma a cobrar que, obviamente, en el espíritu de todo emprendedor agropecuario subyace el temor a nuevas modificaciones. Con un cuadro de subsidios internacionales en alza, este esquema impositivo aplasta todo entusiasmo para motorizar la exportación argentina.

La realidad es que las llamadas retenciones no sólo afectan la rentabilidad del agro sino que nublan el horizonte económico del productor como empresario. Esta falta de previsibilidad es la que atenta contra la inversión, en un sistema productivo cuyo retorno sólo se advierte una vez superado un período no menor a los 8 meses.

Bien podría decirse que resulta mayor el daño que ocasionan los interrogantes y fantasmas aparejados que el monto en sí de estos impuestos. Por ello, debe establecerse un compromiso sobre el nivel que tendrán a lo largo de la campaña, mediante ley nacional o elemento similar que brinde certidumbre.