Además de la expansión de la frontera agrícola, el fenómeno se explica por el incremento de productividad. Ciertamente, éstos han sido años de progreso.

Pero la moneda tiene otro lado, claramente negativo. Las consecuencias están en los suelos. Una pronunciada baja de materia orgánica y una tendencia a la acidificación y a la reducción de fósforo y otros minerales son la otra cara de la moneda. Para colmo de males, el cultivo de la soja acentúa el problema pues realiza un escaso aporte vegetal y tiene un sistema radicular insuficiente para mantener la estructura de los suelos. Por ello, resulta imprescindible la rotación donde se alterna la soja con la siembra de maíz, trigo y sorgo, entre otros cultivos.

Considerando el nitrógeno, el fósforo y el azufre, se puede afirmar que la soja de primera tiene los valores más extractivos; le sigue la secuencia trigo-soja de segunda y, en tercer lugar, el maíz. Un esquema productivo no puede ser sustentable si no hay rotación. Solamente con alta proporción de gramíneas, mediante rotación, puede alcanzarse el aporte de carbono necesario para equilibrar las pérdidas de materia orgánica. Las gramíneas comprenden a los pastos y, también, al trigo, a la cebada, al centeno, al maíz y a la avena. Y la soja no es una gramínea.

La rotación favorece la conservación del suelo, mejora la economía del agua, disminuye la variabilidad de los rendimientos y permite obtener mayores beneficios de la fertilización. Para considerarse sustentable, cualquier esquema debería cumplir con tres requisitos: la siembra directa, la fertilización y la rotación. Con el primer requisito, el país camina sobre rieles; y si bien en materia de fertilización, hay mucho por hacer todavía, la patética realidad se manifiesta en la rotación. En los últimos años, ha ido quedando al costado. Quien recorra el cinturón maicero, tendrá dificultades, paradójicamente, para encontrar lotes con maíz. En el partido de Pergamino, por ejemplo, hace unos 25 años, la superficie dedicada a este cereal era similar a la destinada a soja. Ahora, representa aproximadamente un 10% del área sojera.

La siembra de maíz o de trigo como parte del esquema rotativo, debe ser tomada no sólo como una opción sino también como una tecnología de conservación del suelo. Las raíces de gramíneas contribuyen a regenerar la estructura del suelo, y mejoran la capacidad de infiltración de agua y de almacenaje de humedad en el suelo.

A pesar de este cuadro, la política económica e impositiva se desarrolla a espaldas a la rotación. Es más, incentiva prácticas a favor de aumentos de ingresos para el corto plazo que son enemigas de la rentabilidad en el largo plazo. El sólo hecho de que los recursos se clasifiquen en renovables y no renovables constituye hoy una suerte de anacronismo. De hecho, la tierra como recurso “renovable” es en el largo plazo “no renovable” si no se toman los recaudos necesarios.

Lo inaudito de la política agropecuaria es que, a consecuencia de la intervención en los mercados del maíz y del trigo, justamente estos cultivos son los castigados. Justamente los que se consideran gramíneas. Además del derecho de exportación, el maíz tiene un castigo por la intervención que se aproxima al 15%. Para el caso del trigo el porcentual es mayor aún. No es intención dramatizar el cuadro, pero la realidad es cruda: la tierra es finita y no admite abusos. Por ello, el tema debiera encuadrarse en un mandato constitucional.

Si viviese María Elena Walsh, valdría preguntarse si no hubiera incorporado una frase acerca de este disparate en su obra El reino del revés.

Por Manuel Alvarado Ledesma
Economista