Los países exportadores de materias primas se encuentran beneficiados por la fuerte demanda de alimentos desde Asia, con China a la cabeza, que se acentúa por la política estadounidense de mantenimiento de un dólar barato en términos de las principales monedas.
Este es el lado del cuadro mundial ciertamente auspicioso para nuestro país. Si se sabe tomarlo adecuadamente, el fenómeno al que asistimos es un fuerte promotor del desarrollo local. Pero existe otro lado que trae sinsabores y es el de los precios internos de los alimentos que golpea duramente en los bolsillos de los argentinos más humildes.
Un principio elemental de la economía muestra que, frente a una demanda sostenida, para reducir o atemperar toda suba de precios se requiere aumentar la oferta. Si la producción de alimentos crece, los precios tienden a caer.
Por este motivo, cualquier obstáculo o veda en la exportación y la aplicación de retenciones terminan afectando negativamente la oferta. Sin embargo, nuestros gobiernos suelen caer en este tipo de instrumentos ya que los aumentos en la oferta -por razones técnicas y biológicas- llegan con retraso frente al ímpetu de la demanda. Este desajuste, que se manifiesta en los precios, no puede ser corregido o atenuado mediante herramientas que contradicen la economía. Porque, luego de transcurrido un tiempo donde los resultados parecen buenos, ellas agravan el cuadro. Y así, los precios suben aún más.
La historia revela claramente cómo en la medida que el aparato productivo,
simplemente, es liberado -aunque sea parcialmente- de trabas e imposiciones de
discutible licitud, su respuesta es, en términos de productividad, contundente.
Por ello, el país ha logrado pasar a los primeros puestos del mundo y aprovechar
-aunque no totalmente- la creciente demanda impulsada por las economías
emergentes.
Preocupado por los precios, el Gobierno ha tomado medidas presuntamente favorables para la canasta familiar. Y aunque se pretenda ocultarlo, la verdad es que tras ellas se esconde la avidez por recursos de fácil recaudación, que atenúen los problemas fiscales derivados de un alto gasto público que por su ineficaz asignación no logra disminuir la inequidad existente.
A quien lo necesita
¿Cómo salir del callejón?
Además de permitir el crecimiento de la oferta mediante un encuadre jurídico-institucional estable, debería contemplarse la aplicación de mecanismos que, en lugar de subsidiar la producción dirigida al mercado interno o de castigar lo que va al exterior, apunte a la demanda doméstica. Se trata de que la política económica se dirija a quienes realmente lo necesitan para alcanzar una adecuada alimentación. Para ello, la política económica debe soltar sus brazos sobre la oferta y, mediante criterios de equidad, asistir selectivamente a la demanda, en primer lugar y, en segundo lugar, induciendo a una nueva composición alimenticia en favor de los productos más baratos, sin que ello implique pérdida de calidad.
Por supuesto que el camino es complejo. Y nadie dice que pueda ser llevado a cabo rápidamente. Mientras se lleva a su gradual implementación, habrá que desmantelar poco a poco la malla de trabas y tributos a la exportación que afectan la oferta y, al mismo tiempo, mejorar el esquema tributario, sobre todo en lo que se refiere a impuestos a las ganancias.
El beneficio, en el mediano y largo plazo, será elevado pues no sólo se incrementará la oferta alimenticia sino que, también, las cadenas de valor involucradas habrán de desarrollarse tanto hacia atrás como adelante, mediante nuevas industrias de bienes y de servicios. Esto debería alcanzarse en pos de un cuadro de mayor desarrollo regional y generación de fuentes de trabajo, donde la pequeña y mediana empresa tienen mucho por hacer.
El autor es economista y consultor