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El campo no se distrae. Tomó con filosofía el nuevo apriete de la AFIP, que con una circular impuso la obligación de informar con 48 horas de anticipación los lotes donde se va a cosechar la soja.

Lo viven como un nuevo apriete, continuidad del provocador discurso de la Presidenta en la apertura de sesiones del Congreso, un par de semanas atrás. Allá había dicho que el campo paga menos impuesto a las ganancias que los colegios privados… cuando sólo por retenciones dejó en la Aduana 10.000 millones de dólares. El 35% de la soja. Uno de cada tres barcos, hundido.

La alícuota máxima del impuesto a las ganancias es del 35%. De las ganancias. Es decir, con las retenciones, que siempre se cobran, está pagando mucho más de lo que correspondería si en lugar de haber acertado con la elección de producir soja, hubiera apostado a coser pelotas de futbol. ¿Cuánto más creen que puede dejar la soja? Asumamos que puede haber evasión, elusión, mercado negro. Está bien luchar por el blanqueo. Es la misión del Gobierno. Pero la soja y todo lo que se exporta, al final paga. “Te espero en el puerto”, dice la Aduana, y allí no se zafa. Es la ley del embudo. Ya lo hemos propuesto infinidad de veces: las retenciones pueden ser una forma de cobrar el impuesto a las ganancias.

Los que cuestionan esta idea sostienen, precisamente, que el 35% es mucho más de lo que corresponde. Tienen razón. Es fundamental bajar la alícuota. Como se planteó el año pasado en el Congreso, cuando logró consenso para eliminar la de los cereales y bajar de inmediato la de la soja del 35 al 25%, para seguir reduciéndolas paulatinamente hasta su desaparición.

Pero si el Gobierno necesita estos recursos, lo que corresponde es pedirlos prestados. Un ahorro forzoso, pagando con un bono, como tendría que darle a un acreedor cuando busca financiamiento a través de la licitación de letras. En mi barrio, cuando alguien necesita pide prestado, y los vecinos que pueden le dan porque saben que le devuelven. Con ese bono se pueden hacer muchas “políticas activas”, de las que les gustan a los economistas del Gobierno y de la oposición.

El Estado no perdería capacidad financiera, y en lugar de que sea la Anses la que orienta los recursos hacia las empresas amigas, o los sectores que “les parece” a los funcionarios políticos, movidos por la tentación del bien, serían los genuinos empresarios los que asignarían los excedentes.

Entonces, la producción crecería más rápido. Tuvimos un lindo ejemplo esta semana, en la jornada “A Campo Abierto” de la poderosa cooperativa ACA en Junín. Una expresión de la voluntad de ir para adelante, con casi mil productores viendo la impactante propuesta tecnológica de esa entidad para la ganadería intensiva.

Está la tecnología, desde el destete superprecoz y la inseminación a tiempo fijo, hasta los mixer verticales, pasando por los híbridos de maíz con genes apilados y las nuevas variedades de alfalfa. Está el interés, y están los recursos, pero estos se derivan al cordón vereda y el corte de cintas del proselitismo suburbano, escamoteándolo al país productivo en nombre de los pobres. Pan para hoy, hambre para mañana.

No son ideas políticamente correctas en un año electoral. Pero más allá de nuestras fronteras, hay un mundo que sigue esperando. En el fragor electoral el Gobierno hostiga a los productores y también al gremio de trabajadores rurales. Lo que logró es consolidar la alianza de su líder “Momo” Venegas con la dirigencia y los productores del campo.

Esta semana salió al ruedo mostrando una vez más los números del Renatre, remarcando que arrancó con un gremio de 15.000 afiliados, y ahora hay 800.000 trabajadores registrados. El más grande del país.

Pero en lugar de entender que esto es parte del crecimiento del sector más dinámico, y en consecuencia al que más habría que cuidar, el Gobierno se empeña en hostigarlo. Es lo políticamente correcto en un año electoral. Es lo que hay.