La fuerza viene de la mano de la demanda. Y, por lo que se advierte, esta presión va durar todo el año.

Es cierto que en poco tiempo más, va a ingresar al circuito comercial la cosecha de Europa, EE.UU, Canadá y el resto del hemisferio Norte. Pero así todo, la demanda superaría las posibilidades de la oferta.

Además, no hay indicios claros de una breve recuperación de stocks. El informe del USDA acaba de disminuir sus estimaciones sobre la producción y los stocks en el mundo.

Y el miedo sobre el futuro, a consecuencia de imprevistos climáticos, es pan de todos los días en los mercados, ciertamente sensibilizados por las catástrofes sufridas durante el año pasado.

En este cuadro, los países trigueros se hallan de parabienes. Los precios van a ser buenos. Pero hay una excepción: la Argentina.

Para muestra, sólo falta un botón: el FAS Teórico oficial gira en torno a $1030 la tonelada. Pero el precio que efectivamente se materializa sigue estando muy por debajo de ese valor.

En el país, no sólo se perderá volumen, también habrá de perderse calidad. El desánimo que proviene de la política económica es tan grande que cualquier pronóstico negativo puede quedar chico a medida que transcurran los meses, si no hay un giro en la estrategia oficial.

Es curioso: tanto se preocupa el gobierno por mantener un saldo positivo en la cuenta corriente de la balanza comercial y, por otro lado, pone todo tipo de palos en la rueda del trigo. Parece confirmarse que la autoridad cumple la función del escorpión. Y la rana, la de la producción agrícola, en la famosa fábula.