La foto de la actualidad triguera argentina es para llorar.
El destino del trigo es casi con exclusividad Brasil, en un mundo ávido de mercadería, que no encuentra abastecedores. Este cuadro que debiera ser grato, no lo es pues nuestro país se halla imposibilitado de capitalizarlo.
El mundo demanda trigo. La oferta mundial no puede abastecer los requerimientos crecientes y hay problemas serios de calidad.
Miremos a Australia. Como sabemos, es uno de los cuatro principales exportadores del mundo. Según Australian Crop Forescasters, la cosecha llegaría a alrededor de 25 millones de toneladas de trigo en 2010/11, lo que, pese a los problemas climáticos, muestra una suba respecto al año anterior.
Pero… ¡guarda! Cerca de la mitad de este volumen sería de muy baja calidad. Desde este país, lo que va a faltar es trigo de alto proteína. La clave en los próximos meses será la calidad del trigo disponible.
A los serios recortes en la producción de Alemania y Canadá, se agrega la baja calidad del trigo australiano.
La oferta mundial se presenta con un cuadro difícil. No sólo cuantitativo, sino también cualitativo. La oportunidad para la Argentina es envidiable: precios altos, y en alza para lo inmediato. Pero la estamos dejando pasar.
¿Qué está pasando?
Desde que comenzara la intervención en el mercado triguero, la tendencia a la baja en el volumen productivo ha pasado a ser la protagonista de la producción.
No hace mucho superábamos el nivel de 16 millones de toneladas. En el 2008 sólo alcanzamos a 8,4 millones de toneladas, el 2009 a 7,5 millones y este año, con el viento a favor que proviene del clima, llegaremos a poco más de 14 millones.
A las autoridades, a quienes se les llena el agua la boca con la actual cosecha, habría que recordarles que hace unos quince años alcanzábamos 16 millones de toneladas. ¡Hace quince años!
Si la tendencia hubiese sido positiva, lo lógico sería que hoy estuviésemos por encima de 25 millones de toneladas, dados los adelantos técnicos existentes y la imperiosa necesidad de mantener una política de rotación.
Las exportaciones siguen restringidas y eso permite que el precio recibido por el productor tenga un castigo de aproximadamente u$s 50 por tonelada. Este castigo lo sufren, sobre todo, quienes no pueden demorar sus ventas. Es decir, básicamente, los más pequeños.
Entonces, además de la retención explícita, existe otra (cuasi) retención. La diferencia entre una y otra es que el resultado de la segunda va a dar a las arcas de otros agentes privados en la cadena de valor, en tanto que el primero, al menos, se dirige a la financiación del gasto público.
La cantidad de compradores queda reducida a unos pocos y así se tiende al oligopsonio, esto es a aquella situación donde existen unos pocos compradores del producto lo que les permite obtenerlo a un precio menor al que tendría que comprarlo si estuviera en un mercado competitivo.
En esta situación, aparece la protesta de los productores. Ahora no es contra la voracidad fiscal sino contra la redistribución de una buena porción de sus ingresos, que termina en los exportadores y molinos, sin que se advierta ganancia alguna para el consumidor argentino.
¿Qué clase de progresismo es éste? Estamos, en rigor de verdad, frente a una política que promueve la concentración pasando por encima de los derechos de propiedad. La justicia, algún día, habrá de ser muy dura con sus autores.
Frente a la presencia de una política regresiva, queda pensar que la autoridad apuesta a embromar al campo por el sólo hecho de embromarlo. ¿Será ello una estrategia política a la hora de las elecciones?
Si Maquiavelo se levantara de la tumba, agregaría un nuevo capítulo a El Príncipe.