La permanencia sistemática de los subsidios no hace otra cosa que profundizar la brecha entre los precios y condiciones de aquellos que subsidian y aquellos que se mueven con el mercado. Esta es la paradoja del nuevo mundo tan globalizado.

Cuando se aprecia la evolución histórica del monto de subsidios, a lo largo de los últimos años, se advierte claramente cómo éste crece en la década del noventa. Curiosamente, en la década de la globalización y la caída de trabas al comercio, son los países industrializados los que protegen con mayor ímpetu su producción en desmedro de los países emergentes.

La brecha, existente entre el nivel de precios que reciben los productores subsidiados y aquellos que operan según las reglas de mercado, depende en una buena parte de las perspectivas futuras de las producción mundial y de los precios de los commodities

A medida que los precios tienden a caer o que se estima que lo van a hacer, los gobiernos suben los niveles de subsidios y viceversa. Este mecanismo, ciertamente negativo, contribuye a deprimir los precios internacionales.

Cuando los precios bajan la producción debiera caer. Sin embargo no lo hace por el aumento consecuente de subsidios. En consecuencia, el mercado no puede operar para que en la siguiente etapa dichos precios suban.

Así se conforma la trampa de aquellos que sólo se mueven dentro del mercado.

Ya han pasado cinco años desde que terminara la Ronda Uruguay del GATT y de la institucionalización de la OMC (Organización Mundial del Comercio) y los cambios que se propusieron en aquella oportunidad brillan por su ausencia.

La Ronda acordó limitaciones a los subsidios en tres áreas: soporte interno a la producción, subsidios a las exportaciones y sobre aranceles y medidas para-arancelarias. Pero hecha la ley, hecha la trampa: a partir de la Ronda, las naciones industrializadas crearon nuevas formas de protección con disfraces llenos de imaginación.

No habiéndose acordado limitaciones a las políticas de aliento a la producción interna, EE.UU. estableció un sistema de pagos deficitarios, sin compra gubernamental de la producción.

Como tampoco quedaron establecidas limitaciones sobre los programas de ayuda alimentaria y al financiamiento de las exportaciones, tanto EE.UU. como la U.E aprovecharon para sacar partido. Así, ambos bloques llevaron adelante programas de subsidios a las exportaciones bajo la forma de ayudas alimentarias y practicaron el financiamiento subsidiado de las exportaciones en reemplazo de los subsidios explícitos a las mismas.

Otro espacio aprovechado por el oportunismo proteccionista vino de la mano de la ausencia de limitaciones para los programas de ayudas por emergencias.

El dumping y las excusas sanitarias, también, fueron una práctica usual durante estos años. Como se dictaron normas claras de determinación, los países industrializados idearon todo tipo de trabas para imposibilitar la importación de productos a fin de proteger la producción local.

En tal contexto, fácil resulta advertir que los montos por subsidios no disminuyen. Se nota claramente, en el área de los alimentos, una vocación por eludir la libertad de comercio y ninguna intención seria de eliminar los mecanismos de intervención.

La década del 90 muestra una cifra promedio anual del orden de 350 mil millones por año en concepto de subsidios al agro otorgados por los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Sólo en los años 1996/98 tal cifra se ubica levemente por debajo de tal nivel, cuando los precios internacionales alcanzan valores históricamente elevados, mientras que en los demás la supera siempre.

Actualmente tal monto se aproxima de u$s360 mil millones y nada hace prever que tienda a la baja, ni menos que exista ánimo de reducirlo. De hecho, la Ley agrícola aprobada por la Comisión de Agricultura de la Cámara de Representantes de EE.UU. presenta una respuesta contundente a cualquier duda.

La tozudez de EE.UU., que se niega a dejar este papel proteccionista en tanto no hagan lo mismo sus rivales de la UE, asegura un camino difícil para nuestro negociadores. Mientras tanto, la guerra tiene perdedores y ellos son los productores genuinos que pueden ofertar lo suyo sin intervenciones.

El panorama es tan escéptico como desafiante.

En esta lucha tan despareja como hipócrita, la Argentina enfrenta la batalla desde el Mercosur y el Grupo Cairns.

Pero lo paradójico, en este contexto de agresividad comercial, es la política económica del gobierno nacional que, para llevar fondos a las arcas fiscales y para atenuar las subas de precios en alimentos, ha reimplantado los derechos de exportación. Ellos se suman, entonces, a la estrategia de los países avanzados de atacar la producción de alimentos de Argentina.

Es de esperar que, al menos, sea definida una estrategia de niveles de derechos que permita a los productores realizar sus cálculos con cierta previsibilidad. Mientras tanto, la falta de certeza sobre cómo podrán evolucionar no hace otra cosa que frenar el espíritu de empresa del sector agropecuario.