Cuando parecía que la cosa comenzaba a calmarse, pues los mercados ya habían pasado el trago muy amargo de lo sucedido en Rusia y en la zona agrícola del Mar Negro, empezaron a emerger nuevos datos sobre la producción mundial del trigo. Ciertamente preocupantes.
Son hechos que, por las condiciones climáticas, agravan los inconvenientes de la ex Unión Soviética y de Europa del Este.
En estos nuevos datos, Australia, gran jugador en el partido del trigo, sufre una falta de humedad que hace peligrar los rendimientos esperados.
Además, y aunque parezca de ciencia ficción, Alemania tiene problemas con las precipitaciones en exceso.
Así, el efecto trigo volvió a entrar en escena.
Un dato que potencia las mejoras en los precios es la noticia de que Rusia extendería la veda en sus exportaciones. Y, además, como el cereal norteamericano ha comenzado a ser muy demandado, los precios se han afirmado, sobre todo por la compras de Egipto y Alemania que ha importado, por primera vez, después de tres años de inactividad al respecto. Este es un hecho de gran simbolismo para los mercados granarios.
Y como si Dios fuera realmente Argentino, llegaron las lluvias a la pampa húmeda. En buena parte los daños son irreversibles, pero, en una mayor parte, los trigos muestran una sorprendente mejoría.
De cualquier forma, y aunque es un tanto apresurado, podría decirse que la cosecha no superará el nivel de 11 millones de toneladas.
¿Qué pasa entonces con la soja? En este cuadro, los precios de la soja se dejan empujar por la bonanza de los valores del trigo.
La última palabra la tendrá el rinde que vaya a darse en la cosecha ya inminente de EE.UU.
Sea lo que fuere, la realidad es que estos valores son elevados. Y aunque algún lector haya refutado lo dicho en el anterior informe, vale reiterar que el comportamiento de los precios internacionales, en términos reales, de las dos últimas décadas, ha sido claramente ascendente.
La suba se hace patente sobre todo en los años más recientes.
Respecto a la llamada enfermedad holandesa, vale agregar que, aún cuando se acepte la validez de esta teoría, no sería aplicable a la situación actual.
De hecho, hoy no existe un balance comercial de signo violentamente positivo. En rigor, el saldo tiende a cero y éste es uno de los graves problemas de la política actual.
Contrariamente a lo que requiere la enfermedad holandesa, para ser tal, el valor del dólar tiene un futuro más bien de alza que de baja, básicamente por los problemas que muestra la cuenta corriente de la balanza de pagos.
Por esa razón, se presiona sobre los importadores. Para que achiquen sus compras.
Y si el país no exporta más trigo y maíz, es porque la política se centra en aplacar, mediante discrecionales intervenciones, los valores internos. Las restricciones al comercio de estos granos, a su vez, empujan hacia la sojización.
Y si no se exporta más soja es porque, fundamentalmente, esta producción encuentra límites en la necesidad de rotación agrícola. Por supuesto, hay otras razones que se desprenden de la falta de horizonte y de estímulos.
Pero volvamos a la balanza comercial y a la cuenta corriente. Si bien el saldo viene siendo positivo, la verdad es que desde el tercer trimestre de 2007, los movimientos de capitales muestran fuertes fugas al exterior, aunque con algunos trimestres de interrupciones.
Por ejemplo, en el primer trimestre de este año, según el Banco Central, U$S 3.800 millones salieron del país, luego de la calma del último trimestre de 2009. Entre el tercer trimestre de 2007 y el último de 2009, la fuga de capitales fue de U$S 45.800 millones.
Pese a ello, el tipo de cambio no sufrió una estampida. Porque el saldo de balance comercial, en el mismo período, fue positivo. Gran parte de este saldo permitió financiar la fuga de capitales.
El dólar, así, está en camino hacia el trampolín. Y no está en el tobogán.
El cuadro es preocupante. No para lo inmediato, pero sí para dentro de unos meses.