El grafico es elocuente:
De la mano de Asia, sobre todo de China y de India, los precios agrícolas se encuentran en una fase de ascenso.
La demanda de China pareciera ser una cuestión de largo plazo. Algunos se preguntan si en definitiva no es un fenómeno cíclico por el que este país vuelve, luego de siglos, a ocupar su lugar de relevancia en el mundo.
Veamos el gráfico de M. Blejer, basado en A. Maddison.
Lo que para nosotros debiera ser una oportunidad, para elevar nuestro grado de desarrollo y equidad, se ha convertido en un problema y en un factor de conflicto social.
En muchos países, la alta productividad de las empresas de commodities pareciera invalidar el avance de las industrias en general.
Este fenómeno, que algunos denominan la “maldición de los recursos naturales”, no se debe, en rigor de verdad, a la abundancia y riqueza del suelo, en sí mismo, sino que resulta más bien de las condiciones institucionales y macroeconómicas específicas de cada país (Banco Mundial, 2001).
Ejemplo de ello, son crecimiento económico que ha mostrado Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Países como éstos han construido eslabonamientos, a partir de la explotación de la tierra, logrando una matriz productiva de mayor valor agregado. Ellos han sabido dar las condiciones necesarias para que se desarrollen diferentes cadenas de valor agroindustriales, desde la producción de bienes agropecuarios.
Distinta ha sido la posición oficial argentina. Frente a este “problema”, a partir de 2003, el gobierno ha mantenido una postura extrema en materia distributiva con fuertes restricciones a las exportación cárnica, de trigo y de maíz, y con elevadísimas tasas de derechos de exportación a la soja y su complejo, para financiar un gasto público en su mayor parte compuesto, entre otros, por salarios, jubilaciones, subsidios al transporte urbano, a la energía y a los créditos para determinadas industrias.
Entre los argumentos esgrimidos para sostener tal estrategia, se considera la tesis de la enfermedad holandesa. Tal fenómeno es un concepto económico que trata de explicar la relación entre la explotación de recursos naturales y la caída del sector industrial. Por esta teoría, se cree que el incremento en los ingresos de un país provenientes de la exportación de algún recurso natural, más bien ligado al subsuelo (como puede ser el petróleo) generaría un proceso de des-industrialización, como resultado de una fuerte sobrevaloración de la moneda local. Tal apreciación de la moneda y su contracara, la depreciación del dólar, deberían hacer menos competitiva la producción de otras áreas, industriales. De esta forma tales industrias quedarían desplazadas. Para ejemplificar este fenómeno, suele citarse el caso de Venezuela y de los países árabes, productores de petróleo.
Se llama así por lo sucedido en Holanda cuando descubrió gas en la década de 1960 y a partir de allí sufrió una modificación en su estructura. Cuando un país pasa a exportar uno o varios productos cuyos precios internacionales alcanzan niveles muy elevados, la balanza comercial, con saldo altamente positivo, haría bajar el valor del dólar y, en consecuencia, los productores de los demás actividades perderían competitividad en sus exportaciones y otros sufrirían una fuerte competencia del exterior.
El proceso de “sojización” y su consecuente tendencia al monocultivo con sus implicancias ambientales, el tránsito hacia el comercio exterior primarizado y controlado por grandes corporaciones; los pueblos pequeños en vías de extinción, etc. son el resultado de estas políticas y no la falta de ellas.
Douglass C. North (premio Nóbel en Economía) nos abre la mente y nos permite entender que la cuestión del desarrollo es más compleja de lo que muchos economistas y políticos explican. EE.UU. o Canadá no quedaron encerrados en el problema de la enfermedad holandesa. Por el contrario, aprovecharon sus ventajas comparativas agropecuarias, en base a un cuadro institucional firme, con reglas de juego claras y estables, que incentivó la inversión en otras cadenas de valor. Y así lo demuestra.
Quienes plantean esta cuestión para la Argentina, se equivocan. La producción agropecuaria no presenta los efectos de la enfermedad holandesa. Por eso, la aplicación de derechos de exportación es un error. Porque los productos de este complejo son ( cuasi ) renovables. No son extractivos. Son el resultado del ingenio y la acción del hombre. Son el producto de la acción de muchísimas empresas que no pueden, con su oferta, ejercer presión en los mercados. Están sujetos a todo tipo de riesgos empresariales. Se trata no sólo de riesgos por sector/eslabón sino, también, geográficos. Los biológicos y los climáticos, como la lluvia, la helada, el granizo, por ejemplo, no son uniformes. Y amenazan a un inmensa cantidad de agentes económicos, tanto muy pequeños como grandes.
No se toman de la tierra, se crean, desde allí, pero con algo decisivo: la tecnología, la capacidad organizacional, el conocimiento, el ingenio, la innovación y el esfuerzo. Y para ello, demandan la asistencia de múltiples industrias donde operan pequeñas y medianas empresas, que se establecen en el área geográfica a donde corresponden, y originan también todo tipo de actividades manufactureras, aguas abajo.
Las cadenas de valor agropecuarias se originan en el campo y luego, a través de la creación de innumerables industrias, se desarrollan. Cuanto mayor es la producción agropecuaria, mayor es la tendencia a invertir en diferentes eslabones industriales, aguas arriba y aguas abajo.
Cuando se incrementa la producción, no se lo hace por el descubrimiento de yacimientos sino por aumentos en la productividad del complejo, en una superficie que es prácticamente finita. Las inversiones crecientes, en los eslabones –aguas arriba- de la cadena de valor, son las que definen el aumento de la producción. Y cada año que pasa, la demanda mundial exige sustanciales aumentos de productividad para satisfacerla, por lo que la cadena de valor debe incorporar nuevas industrias y actividades para incrementar la producción. Cada año que pasa, son más los eslabones y sub-eslabones que se levantan en la cadena de valor; Y ellos son industrias de alta sofisticación ubicadas, en general, en el interior del país; en muchos casos en localidades pequeñas.
No se trata entonces de castigar a los competitivos sino de promover las condiciones institucionales y de infraestructura para el desarrollo de otras cadenas industriales. No se trata de caer en la posición extrema de pretender una reforma impositiva de resultados inmediatos. Pero tampoco de abandonarse a la intervención estatal como remedio de nuestros males.
La clave está en plantear un plan de reforma impositiva, no traumático, a cumplir en etapas. Y para ello es imprescindible entender a la economía como un conjunto de cadenas de valor.